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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

miércoles, 21 de mayo de 2014

"Mere anarchy"

El nuevo libro de Woody Allen.
A principios del mes de junio de 2007 se editó en Estados Unidos un nuevo libro de Allen. Está compuesto por artículos publicados por él durante estos últimos años que tratan sobre arte, sexo, comida o crímenes. Aquí uno de los cuentos:
Errar es humano; flotar, divino
Al borde de la asfixia, con la vida entera desfilando ante mis ojos en una sucesión de viñetas melancólicas, me encontré hace unos meses bajo el tsunami de correo basura que cada mañana entra a raudales por el buzón de mi puerta después de los arenques del desayuno. Fue Grendel, nuestra wagneriana mujer de la limpieza, quien, al oir un ahogado falseto desde debajo de miles de invitaciones a ferias de arte, cuestaciones y fabulosos premios que me habían tocado, logró sacarme de allí con la ayuda del absorbeinsectos.
Mientras archivaba el correo entrante en la trituradora de papel por riguroso orden alfabético, advertí, entre el sinfín de catálogos que anunciaban de todo, desde comederos para pájaros hasta reparto mensual de drupas y hesperidios, una pequeña publicación no solicitada con el título de “Mezcla mágica”. A todas luces dirigida al mercado new age, sus artículos cubrían un amplio abanico de temas, desde el poder de los cristales hasta la sanación holística y las vibraciones psíquicas, e incluía consejos prácticos sobre cómo conseguir eneregía espiritual, sobre cómo vencer el estrés mediante el amor, y sobre exactamente dónde ir y que formularios llenar para reencarnarse. Los anuncios, que parecían meticulosamente confeccionados para protegerse de los descontentos de la Brigada contra el Timo, gente poco razonable, ofrecían Ionizadores Terapéuticos, Vórtices Energéticos para el agua del grifo y un producto llamado Grobust Herbal concebido para potenciar, desde el punto de vista volumétrico, los melones de las señoras. Tampoco escaseaba la asesoría psíquica, brindada por especialistas tan variopintos como una “intuitiva y espiritual” mujer que contrastaba sus percepciones con un “consorcio de ángeles llamado Consorcio Siete”, o como una tal Saalena -así se la conocía en el entorno estriptisero- que se ofrecía a “equilibrar tu energía, despertar tu ADN y atraer la abundancia”. Naturalmente, despúes de todos estos viajes de estudio al centro del alma, lo propio era solicitar ciertos emolumentos para sellos o cualquier otro gasto en que el gurú pudiese haber incurrido en otra vida. Ahora bien, el personaje más llamativo de todos era sin discusión la “fundadora y guía divina del Movimiento de la Ascensión de Hathor en el Planeta Tierra”. Conocida entre sus fieles como Gabrielle Hathor -diosa autoproclamada que, según su redactor publicitario, era “la plenitud de los orígenes encarnada en una forma humana”-, este ícono de la Costa Oeste nos aseguraba: “Se está produciendo una aceleración en la respuesta kármica… La Tierra ha entrado en un invierno espiritual que durará 426.000 años terrestres.” Consciente de lo crudo que puede ser un largo invierno, la señorita Hathor había impulsado un movimiento para enseñar a los seres a ascender a “dimensiones de más alta frecuencia,” dimensiones en las que, en teoría, podían salir más por ahí e incluso jugar un poco al golf.


“Levitación, translocación instantánea, omnisciente, capacidad de materializarse y desmaterializarse, etcétera, pasan a formar parte con toda normalidad de las aptitudes del individuo,” prometía a los incautos el desmesurado palabrerío, declarando que, “desde estas dimensiones de frecuencia superior, el ser ascendido puede percibir las frecuencias inferiores, en tanto que aquellos situados en las frecuencias inferiores no pueden percibir las superiores.”
Se añaden unas fervorosas palabras de adhesión de un tal Pléyades MoonStar, nombre que me causaría no poca consternación si me enterase en el último momento que así se llama el cirujano que va a operarme del cerebro o el piloto del avión al que acabo de subir. Los acólitos de la señorita Hathor debían someterse a “un tratamiento de humillación”, parte de un método para disolver el ego y disparar las frecuencias. Los pagos en metálico no estaban bien vistos, pero por un poco de abyecta lealtad y trabajo productivo uno podía conseguir una cama y un plato de judías chinas orgánicas mientras adquiría conocimiento o lo perdía.
Traigo todo esto a colación porque más tarde ese día salía de Hammacher Schlemmer, harto de la compulsiva obsesión por gastar y de la indecisión entre comprar una prensa-pato computarizada o la guillotina portátil más afamada mundialmente. Cuando tropecé como el Titanic contra un viejo iceberg que había conocido en el colegio, Max Endorphine. Regordete en la mitad de la vida, con los ojos de bacalao y usando un tupé relleno con suficiente pelaje como para crear un trompe l’oeil pompadour, bombeó mi mano y se lanzó sumergiéndose en cuentos de su reciente buena fortuna.
- Que te puedo decir, galán. La pegué en grande. Entré en contacto con mi yo espiritual interior, y de ahí en adelnate fue la Ciudad de la Abundancia.
– ¿Puedes elaborarlo? -Inquirí, notando por primera vez su elegante y de tamaño tumor avanzado anillo rosado-.
- Creo que no he estado refunfuñando con alguien en una baja frecuencia, pero desde que fuimos para atrás…
– ¿Frecuencia?
– Estoy hablando de dimensiones. Aquellos de nosotros en los altos octavos estamos alertas para no malgastar iones saludables en mortales trogloditas entre los cuales tu calificas. No te ofendas. No es que no estudiemos las bajas formas, gracias a Leeuwenhoek, si entiendes lo que te quiero decir.
De repente, con el instinto de un halcón por su presa, Endorphine dio vuelta su cabeza hacia una rubia piernas largas en micro-minifalda que se esforzaba tratando de localizar un taxi.
– Mira la aparición con el berrinche state-of-the-art -dijo, con sus glándulas salivales hacia tercera base-.
– Debe ser un doblez del centro -lancé sintiendo un repentino ataque de calor-, mirando su blusa a través del cual se veía todo-.
– Mira esto -dijo Endorphine, mientras hacía una respiración profunda y se empezaba a alzar del suelo-. para mi asombro y el de Miss Julio estaba levitando un pie sobre la Calle Diecisiete frente a Hammacher Schlemmer. Buscando cables la joven cosita linda se dispuso a mirar el show de cerca.
– Ey, ¿cómo haces eso? -ronroneó ella-.
– Aquí. Aquí está mi dirección. -dijo Endorphine- Estaré en casa después de las ocho. Pásate. Te tendré levitando en poco tiempo.
– Yo llevaré el Petrus -ella murmuró, sentando la logística de su rendezvous en el abismo de la astucia y saludándolo con la cabeza mientras Endorphine bajaba al nivel del suelo.
– ¿Quién eres? -dije- ¿Houdini?
– Bien -suspiró benévolamente- …puesto que me digno a conversar contigo, igual te puedo decir todo lo planificado.” Luego hubo un audible pop y Endorphine se desvaneció. Contuve mi aliento y llevé la mano a mi boca abierta como una de las hermanas Gish asustada. Segundos después él reapareció contrito.
– Perdón olvidé que tu trasero no se puede desmaterializar y trasladar. Mi error. vamos al punto.
Todavía me estaba pellizcando cuando Endorphine comenzó su cuento.





- OK -dijo-. Volvamos seis meses atrás, cuando el pequeño hijo de la señora Endorphine, Max estaba en un sube y baja emocional sobre una serie de tribulaciones, las cuales si cuentas mi mal colocada boina, le ganaban a las de Job. Primero, esta galletita de la fortuna de Taiwan, que estaba tutelando en un hidraúlico anatómico de ocho a seis veces más grande que yo, para un aprendiz de hacedor de pasteles, luego fui demandado por el tono de varios presidentes muertos por cocinar mi Jaguar a través de un cuarto de lectura de ciencia cristiana. Agrega a eso a mi hijo único de un matrimonio-holocausto que abandonó la práctica de la ley para volverse ventrílocuo. Por eso aquí estoy, blue and funky, por una raison d’être, un centro espiritual como eso era. Cuando de repente, fuera del éter, salgo en esta publicidad en el último número de Vibes Illustrated. Una conexión tipo spa que te liposucciona tu mal karma, llevándote a una más alta frecuencia donde tu puedes por lo menos mantenerte balanceado sobre la naturaleza à la Fausto. Como regla yo soy muy cauto para picar en una treta como esa, pero cuando enganché que el CEO era una diosa en forma humana, y entonces me pregunté ¿qué puede salir mal? Y es sin cargo. Ellos no toman pasta. El sistema está basado en una variación de la esclavitud, pero como recompensa obtienes estos cristales que te dan poder y todo el mérito de San Juan que tú puedas trenzar. Ah, me olvidaba, ella te humilla. Pero es parte de la terapia. De esta forma sus privados llegaron a mi cama y añadieron una cola de asno a la parte de atrás de mis pantalones sin que yo lo supiera. Por supuesto fui carne de risa por un tiempo, pero déjame decirte que esto disolvió mi ego. De repente, me dí cuenta que había tenido vidas previas, primero como un burgomaestre y luego como el Anciano Lucas Cranach… o no, me olvidé quizá fuí el Niño. De cualquier forma, lo próximo que sé es que me desperté en mi cruda camilla y mi frecuencia estaba en la estratósfera. Tenía como este nimbus alrededor de mi occipucio y era omnisciente. Quiero decir, enseguida pegué el doble en Belmont y en una semana dibujaba nubes cada vez que aparecía en en Vellagio en Las Vegas. Si alguna vez no estoy seguro sobre un jaco o dónde acertar o pegar al blackjack, hay este consorcio de ángeles en el que me meto. Quiero decir sólo porque alguien tenga alas y esté hecho de ectoplasma no significa que no puedan anotar. Sintonízala.
Endorphine sacó varios paquetes tipo fardo de billetes de mil de cada bolsillo.
– Ops, discúlpame. Dijo manoteando para recuperar algunos rubíes que se habían caído de su chaqueta cuando projo la cornucopia con los verdes.
– ¿Y ella no obtiene ninguna remuneración por este servicio? Pregunté, con mi corazón elebándose como un halcón peregrino.
– Bueno, tu sabes, así es la cosa con estos avatares. Son todos grandes compinches.
Esa noche, despecho con tumulto de imprecaciones, más una rápida llamada de ella a la firma de Shmeikel and Sons para chequear si nuestro contrato pre-nupcial cubría la aparición repentina de dementia praecox mediante, me encontré escalando al oeste al Sublime Ascension Center con Su Divinidad en residencia, una visión en Frederick’s de Hollywood llamada Galaxie Sunstroke. Ofreciéndome entrar a la capilla que dominaba su complejo, una granja abandonada parecida curiosamente al ranch Spahn de Manson Iore, puso a un lado su tabla esméril y se puso cómoda en el diván.
Delirantemente genial ¿no? El título del libro en castellano será “Pura anarquía”.

Extraido de http://woodyallenweb.wordpress.com/y-demas/