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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología, y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

martes, 31 de agosto de 2021

La crisis de Woody Allen

 

La primera serie del cineasta neoyorquino tiene su marca pero parece dirigida por un

imitador cinematográficamente hueco.




Por ENEKO RUIZ JIMÉNEZ


Sin Woody Allen, no habría comedia de autor en televisión. Su influencia se respira en Louie, Girls, Atlanta, Transparent, Fleabag o Master of None. Así que la pequeña pantalla parecía un buen hogar para el maestro neoyorquino. O quizás no.

Woody Allen no quería hacer televisión. Es más, no debería haber hecho televisión. Al menos no obligado y con desgana. Crisis in six scenes, que estrena el viernes Amazon, es posiblemente uno de los puntos menos memorables de su carrera como cineasta y actor. No por aburrida o impersonal, sino por poco arriesgada. Sus seis episodios parecen escritos por un imitador nada inspirado y cinematográficamente hueco. El maestro quería dar una lección a sus alumnos, y se arrepintió nada más firmar.



Woody Allen se estrena en la televisión con ‘Crisis en seis escenas’ 

Los viejos cineastas nunca fallan

“A ciertas historias les sienta mejor la televisión”

Y eso que en esta crisis personal despliega sus señas de identidad y clichés. Hay triángulos amorosos, torpes robos y hasta enredos familiares con mensaje político. Son los turbulentos sesenta y el acomodado entorno del matrimonio Munsinger (Allen y la inmensa Elaine May) está a punto de dar un giro cuando la activista Lennie (la exagerada Miley Cyrus) se cuela por su puerta con ideas de revolución y utopías. El conflicto generacional se torna pronto en el motor. Pero el argumento no va mucho más allá de ese choque fácil de parodiar.

La añeja Crisis está llena de diálogos con exposición innecesaria y nunca sale de su zona de confort, ni en lo estético, ni en lo político ni en lo cómico. El responsable de Manhattan suena a aleccionador abuelo que piensa que la televisión no ha evolucionado desde que escribía para Sid Caesar. Que todavía cree que allí no hay libertad para experimentar y ser rompedor.

"Quizás debería dejar la tontería de la televisión y dar otra oportunidad a escribir libros", dice Munsinger en un largo monólogo. La frase es una broma interna. Aunque suena a Allen autoconvenciéndose. Lo imagino suspirando tranquilo cuando llega el minuto 21 de cada episodio. Y es que, pese a que en nuevos espacios como Amazon haya libertad en cuanto al tiempo, no rueda ni un segundo más de lo obligatorio.



La serie es ligera, reconocible y de rápida digestión. Disfrutar de Woody Allen como Woody Allen y escuchar sus frases neuróticas es un placer, pero no es lo que se esperaba de un genio del humor que, a sus 81, se atreve por primera vez con el medio. No queremos que cumpla un trámite y repita sus greatest hits. Debemos pedirle más.


Fuente: https://elpais.com/cultura/2017/03/18/television

Woody Allen. Un autorretrato en la era de la cancelación.

 

El cineasta estadounidense, siguiendo el tono satírico de Groucho Marx en sus memorias, da a conocer una autobiografía en la que indefectiblemente termina por cobrar protagonismo su defensa contra las acusaciones de abuso


Por Nicolás Mavrakis



Woody Allen sabe que su vida privada es la más perfecta de las tragicomedias escritas por él mismo. De hecho, esta es una percepción recurrente desde el principio de A propósito de nada, su flamante "polémica autobiografía". Aunque a los 84 años, podría tratarse del único desenlace sensato para una vida dedicada a reírse con inteligencia de las muchas contradicciones que lo más razonable, oportuno y discreto del espíritu debe aceptar cuando se somete a "lo que el corazón quiere", como dice citando al novelista Saul Bellow.

En todo caso, son sus películas las que muestran que en el mundo están quienes, llegado el momento, renuncian a lo que aman para hundirse en la angustia y la muerte, y quienes, en cambio, aceptan lo que aman para hundirse en la angustia y la vida.

De una u otra manera, en 1992, Woody Allen eligió a Soon-Yi, la hija adoptiva de veintidós años de quien era su pareja, Mia Farrow, y a pesar de las dificultades de público conocimiento, desde entonces sigue casado con ella (y respecto a esta notable perdurabilidad, remarca Allen, sería equivocado creer que Soon-Yi es algún tipo de cautiva: "Yo no duraría una semana en un campo de concentración sin mi esponja de baño; ella, por el contrario, en dos días tendría a la Gestapo llevándole el desayuno a la cama").




El detalle es que, durante esta peculiar historia de amor, Allen fue acusado de abusar sexualmente de Dylan, otra de las hijas adoptivas de la misma mujer (Mia Farrow) con la que mantuvo una de las relaciones laborales y afectivas más célebres en el star system de Hollywood. A partir de ahí, el director arrastra una nube amarillenta de conmoción moral y profesional cada vez que presenta un nuevo trabajo, circunstancia que se incrementó cuando, en pleno #MeToo, dos de los hijos de Farrow volvieron a acusarlo mediáticamente de lo mismo que su madre había hecho antes en una corte. Y aunque la justicia real de finales del siglo XX ya había comprobado que las acusaciones eran falsas (las dos instituciones más serias de investigación de crímenes sexuales en Nueva York concluyeron que el abuso nunca había ocurrido), la emergente cultura de la indignación y la censura del siglo XXI (también llamada, de un modo amable, "cultura de la cancelación") no dudó en declararlo culpable.

Es por esto que, mientras algunos insisten en renegar de haber trabajado con él, otros rechazan hacerlo y Amazon se niega a distribuir sus películas en los Estados Unidos, Allen decidió tomar la palabra. De lo contrario, remarca el director de Hannah y sus hermanas, "ciudadanos bienintencionados, rebosantes de indignación moral, están la mar de felices asumiendo noblemente una posición en un asunto del cual no tienen ningún conocimiento, de manera que teniendo en cuenta lo que todos estos cruzados saben realmente, yo podría ser tanto una víctima como Alfred Dreyfus como un asesino en serie".

Este es el trasfondo que se impone sobre casi todas las otras apariencias del libro, y también es el motivo por el cual, a pesar de presentarse como una autobiografía y admitir episodios en los que Allen relata eventos de su infancia y su carrera, A propósito de nada no es otra cosa que un ameno, reflexivo y valiente alegato autodefensivo con un objetivo: responder con una serie de hechos probados a las caóticas mentiras inventadas por Farrow (esa, insiste Allen, sería la "nada" sobre la que necesita escribir).




El libro, en este sentido, es menos una versión actualizada de Groucho y yo, las memorias en clave satírica que publicó en 1959 uno de sus mayores ídolos de la comedia, Groucho Marx, que una versión en tono humorístico de Toda la verdad, la autobiografía que el boxeador Mike Tyson publicó en 2013 para demostrar que la mujer y el jurado que lo enviaron a la cárcel por violación en 1992, en realidad, habían mentido y actuado en base a prejuicios.

Por supuesto, esto no impide que Allen pueda hacer chistes sobre su trato con las mujeres de su vida, como cuando, al recordar su matrimonio con Harlene Rosen, escribe que "me di cuenta de que me había metido en problemas cuando, durante un debate filosófico, Harlene logró probar que yo no existía", o cuando al mencionar su relación con Diane Keaton, de quien sigue siendo amigo, recuerda que "jamás vi a nadie, fuera de un campamento de leñadores, zamparse tanta comida como ella". La similitud con el estilo de Groucho es un homenaje constante, y para notarlo basta una línea cualquiera de Marx en su propia autobiografía: "No hay duda de que el sexo es la fuerza responsable de la perpetuación de la raza humana. Si no existiese, la vida desaparecería en pocas décadas, lo que tal vez no fuese mala idea".

Por otro lado, quienes quieran conocer los verdaderos detalles sobre la larga vida y obra de Allen, acerca de lo cual su protagonista revela poco menos que el artículo con su nombre en Wikipedia (y pasa por alto cualquier comentario sobre quienes ya no ven nada nuevo en sus más recientes películas), están todavía a mano las excelentes biografías oficiales publicadas por Eric Lax, quien funciona desde hace mucho como el auténtico iluminador de una existencia huidiza a la mirada del gran público con Conversaciones con Woody Allen (2007) y Woody Allen. La biografía (1991). Allen lo sabe, y por eso resulta impactante su esfuerzo por defenderse y contar, al menos en sus términos, todo lo que solo él puede conocer sobre su relación con Mia Farrow y Soon-Yi, y que nadie se animaría a preguntar.

Sin margen para las bromas, es ahí cuando señala que, además de tener Mia Farrow un hermano condenado y en prisión por abuso de menores, de los siete hijos adoptivos de ella sometidos, según los testimonios judiciales de Soon-Yi y distintas mucamas, a distintos maltratos físicos y psicológicos, dos se suicidaron y otra murió abandonada en un hospital.

Si Maridos y esposas o Manhattan perdurarán cuando sea su cinematografía lo único que ofrezca un testimonio sobre el hombre que las hizo es algo que, por ahora, no le interesa resolver a Woody Allen. Lo urgente es saber si él mismo logrará ver cumplida su famosa máxima, que dice que la comedia es tragedia más tiempo.


Fuente: Lanacion.com.ar