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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

lunes, 30 de enero de 2012

Respirar el mismo aire que Woody.

Por Jimmy Arias, Montreal, julio 25 de 2008

Y al fin, luego de un par de horas de espera y una larga fila, allí estaba el hombrecito menudo, enjuto, de pelo cano desordenado, y con las legendarias gafas gruesas, marco ineludible de sus ojillos de ratón acorralado. Y de ratón en el matadero, porque Woody, el gran Woody Allen, descendió del firmamento del cine mundial y osó poner su piececillo en un escenario distinto, exigente e implacable, muy lejano a sus amados sets de cine: el Festival de Jazz de Montréal.

Woody, sabiendo o tal vez no sabiéndolo del todo a lo que se exponía, después de un lobby de cerca de tres años, según los organizadores, aceptó la invitación del evento más importante del mundo de este género musical, para enfrentarse a conocedores, críticos y fanáticos del jazz, con su banda de New Orleáns, y su clarinete. Pobre Woody. Nada de cámaras, nada de argumentos, nada de claquetas,
nada de actores tras los cuales guarecerse. Solo el hombrecito gracioso de las gafas gruesas y su clarinete frente 2.300 pares de ojos y 2.300 pares de oídos comiéndoselo vivo.

El sólo, solito, evidentemente nervioso y un tanto vacilante, se entregó en cuerpo y alma a las fauces del auditorio, durante dos noches seguidas (29 y 30 de junio), con boletería agotada desde cuatro meses atrás. Y Woody sobrevivió, pero no su imagen como músico. O bueno, como músico aficionado sí sobrevivió. ¿Pero acaso qué esperaban? ¿Un virtuoso? ¿Un mago del clarinete? ¿Un visionario del jazz? Por favor, zapatero a tus zapatos, y antes estamos en deuda eterna con él, gracias a su maravilloso legado cinematográfico.

Y claro, la prensa de la ciudad le cayó al pobre Woody con todo: “le aconsejamos que se quede como director de cine”, dijo Alain de Repentigny, de La presse, el diario en francés más importante de la ciudad; “su sonido es almibarado y desprovisto de lirismo, es un amateur”, apuntó Philippe Rezzonico, de Le journal de Montréal; “lo hace bien, pero para seguir con sus amigos en el Café Carlyle de Nueva York, eso sí, se le abona  la intención”, comentó Claude Coté, de Le Journal Metro, en una nota titulada ‘Woody y los robots’.

Pero Woody siempre lo advirtió y lo repitió hasta la saciedad: “somos unos principiantes que amamos el jazz, no somos unos profesionales”, y al propio diario La Presse, en una entrevista anterior al concierto, le aseguró: “yo siento respeto por los músicos de verdad y hasta pena me da a veces estar en un concierto y enfrentar a un auditorio”.

Woody se presentó de pantalón y camisa caqui, con las mangas de esta última remangadas hasta la altura de los codos. Muy juicioso, sentado, como un buen muchacho disciplinado y aplicado, se despachó dos horas de música, sin siquiera descruzar la pierna derecha de la izquierda. A duras penas, nervioso, quizá, se tomó algún breve instante para alisarse los pliegues de su pantalón o sonrió cómplice con alguno de sus músicos. De hecho, solo habló un par de veces.“Estoy muy contento de estar aquí, gracias a todos, espero que les guste, vamos a hacer nuestro mejor esfuerzo”, y la otra, cuando presentó a los miembros de su banda, entre ellos Hedí Davis, en el banjo, y Gregg Cohera, en el contrabajo.De resto, su “mejor esfuerzo”, que desplegó por fanfarrias, aires de gospel, jazz y blues de New Orleáns, a lo largo de canciones como Down by the riverside (en el que interpretó un muy buen solo de clarinete), Over in the glory lord, Girl of my dreams y una versión de La vie en rose.

“No soy lo suficientemente músico como para llamar la atención”, dijo Woody Allen en el documental Wild Man Blues, filmado durante su gira de conciertos por Europa, en 1996. Y eso que estaba en gira, pero se equivocó, porque, fuera como fuera, llenó los dos días de concierto en el Festival de Jazz de Montréal. Eso sí, Woody no será un ‘maestro’, pero es un buen músico, divertido y, para nada, ‘chambón’, con una interpretación mucho más que ‘decente’ como algunos afirmaron.

No obstante, y siendo honestos, todo el mundo estuvo allí por la curiosidad, más que por la expectativa artística, por “respirar su mismo aire”, como afirmó (muy acertada por cierto) Kate Molleson, crítica musical de The Gazzette, el único diario en inglés de Montréal.

“No importaba el instrumento, ahí estaban sus gafas, queríamos oírlo hablar, no oírlo tocar, saber que existe, que es uno de nosotros, que ese tipo divertido y genial de Annie Hall, de Manhattan, es real…”, afirmó Molleson. Y, pese a los críticos de pergaminos, la gente disfrutó del concierto y fue cálida con Woody, nadie se salió ni le hizo el feo a su presentación.

Claro que no todo fue garrote para el gran Woody, porque, por ejemplo, Guillaume Bourgault, del diario conservador Le Devoir, lo calificó como “un clarinetista de buen nivel, concentrado y aplicado”.

Woody, en múltiples ocasiones, ha confesado que su gran sueño siempre fue ser un músico profesional, desde que oyó, a los 15 años, a Sydney Bechet en la radio. Sin embargo, le tocó contentarse solo con su ‘banda de aficionados’ porque el cine colmó casi toda su capacidad creativa, gracias a Dios. Así que, admirado y ojalá eterno Woody, no hagas caso a los críticos mala-leche y sigue almibarando nuestros oídos, pero especialmente, nuestros ojos, que seguro, sin tus películas, no, nunca, serían lo mismo.

Fuente:  ochoymedio - fundada por Germán Pardo García-Peña

sábado, 21 de enero de 2012

Los films de Woody: El Testaferro.

[el+testaferro+2.jpg] [el+testaferro+3.jpg]Woody Allen, cajero, impostor y héroe.
Entre las películas que estuvieron vedadas durante mucho tiempo al público argentino, figura “El testaferro”, de Martin Ritt, donde el gran Woody Allen circunscribe sus responsabilidades en el film al área meramente interpretativa. Compone el personaje de un oscuro cajero de restaurant convertido en falso y exitosísimo escritor, al firmar los libretos de un amigo suyo perseguido por el maccarthismo.

En su búsqueda constante de nuevas formas de expresión –índice no solo de un sano inconformismo sino también de la necesidad de quebrar moldes que pudieran tornarse esquemáticos- el talento de Woody Allen significa para el público una permanente caja de sorpresas. Luego de la brillante etapa cómico satírica, donde se imponía el histrionismo del actor-director (Bananas, Sueños de un seductor, La última noche de Boris Gruschenko, Todo lo que usted siempre quiso saber sobre sexo…, Robo, huyo y lo pescaron), derivo a introspecciones valiosas como Dos extraños amantes, o deslumbrantes en su rigor: Interiores. En Manhattan, nuevamente su calidez e imaginación de realizador le ganaron encendidos elogios.

De alguna manera, quedaba atrás el intérprete. Simplemente, el intérprete, obediente en el acatamiento a un guion ajeno, a una dirección ajena. Desde Casino Royal –su revelación- Allen no había vuelto al rango de “soldado raso” en una producción cinematográfica. Sin embargo, ahora acepto serlo en “El testaferro” (The front), un film de Martin Ritt, con libro de Walter Bernstein, que se atrevió a dar un salto hacia el pasado para ubicar la acción, en la época de las famosas “listas negras” que se confeccionaron a inspiración del senador McCarthy. Precisamente, Woody Allen compone aquí el papel de Howard Prince, un oscuro cajero de restaurant en Nueva York, que “por debajo del mostrador” acepta apuestas llegadas para eventos deportivos.

De pronto, su vida se modifica en forma vertiginosa cuando su amigo Alfred Miller (Michael Murphy) –un escritor que ha sido incluido en la lista negra- le propone presentar libretos suyos para la televisión pero firmados con el nombre de Howard.

Este transa con el loable propósito de ayudar a su amigo, y los libretos son de inmediato aceptados. Prince debe presentarse en la emisora, donde conoce a la figura del programa, Hecky Brown (Zero Mostel), a la “script”, Florence Barrett (Andrea Marcovicci) y al productor Phil Sussman (Herschel Bernardi). La serie se convierte en un gran éxito y, desde luego, se le piden a Howard Prince más y más guiones. Llega una súbita celebridad, Florence se enamora de él, cautivada por su sensibilidad de escritor y Howard se enfunda complacido en los halagos de su falsa personalidad.



Cuando el talento debe disfrazarse

Crítica de Jorge Miguel Couselo

El director Martin Ritt se vale de la ironía para una crítica al maccarthysmo que hizo estragos en el mundo del espectáculo norteamericano. Sobre todo en diálogos filosos que revelan las tácticas intimidatorias que uso entre actores e intelectuales, “El testaferro” interpretado por Woody Allen no fue único y salvo a algunos de la desesperación.

De 1951 a 1958 el escritor Walter Bernstein, guionista de esta película, anduvo en eso de buscar testaferros que firmaran sus libretos destinados a la televisión. Estaba prohibido como consecuencia de la campaña represiva iniciada por el senador republicano Joseph McCarthy.

No fue el único en la pantalla chica o en el cine. El director Martin Ritt, y los actores Zero Mostel y Herschel Bernardi, entre otros créditos del film, integraron la lista negra confeccionada por el Comité de Actividades Anti norteamericanas y prestigiada por nombres como Charles Chaplin y Arthur Miller.

Aquella famosa caza de brujas pudo ser abordada desde la abierta protesta al reportaje de detallada fidelidad histórica. Pero Martin Ritt y Walter Bernstein prefirieron la ironía. Esta parte de un enfoque pequeño, casi ridículo. El hombrecito que muy bien interpreta Woody Allen pasa de humilde cajero y pasador de juego a personaje.

Ese rasgo exterior se lo adjudica la televisión para la cual el no cumple otro cometido que firmar y cobrar los guiones que los prohibidos no pueden suscribir. Como casi siempre suele ocurrir, los prohibidos son los mejores, de ahí el prestigio prestado de que se rodea el antihéroe.

Puestas ya en evidencia las tácticas intimidatorias que el Comité uso para presionar a artistas e intelectuales, hasta incitándolos a la delación (“es un honor ser espía de la libertad” se proclama), las cosas derivan a mayores. Debatiéndose entre el miedo, la tentación de ser confidente y la miseria, un actor se suicida. Es el único momento marcadamente patético del film, merced al extraordinario Mostel, que moriría en la vida real en seguida.

También en la mira policiaca, el testaferro no escapara a la sospecha de subversivo. De cómo reaccionara la nueva víctima depende el desenlace. No es licito aventarlo sino recalar la eficacia humorística del guion para hacerlo creíble e impactante en la figura de Allen.

Puede objetársele al conjunto una visión limitada de un ciclo intolerante cuya magnitud fue desgraciadamente extraordinaria en Estados Unidos de posguerra, con influencias y malos ejemplos hacia el exterior. A la vez no es poco que la sátira desempañe el espejo donde se han mirado los represores que en el mundo continúan. El acierto general es más de idea y libro que de realización. Los filosos diálogos, diciendo o insinuando, pesan sobre todo.

En la Argentina “El testaferro” estuvo prohibida durante cinco años.

Ficha Técnica

Titulo original: The Front
Dirección: Martin Ritt
Ayudante de dirección: Peter R. Scoppa
Producción: Robert Greenhut, Jack Rollins, Lester Persky, Martin Ritt, Charles H. Joffe
Guión: Walter Bernstein
Música: Dave Grusin
Fotografía Michael Chapman
Montaje: Sidney Levin
Vestuario: Ruth Morley
Intérpretes: Woody Allen, Zero Mostel, Michael Murphy, Andrea Marcovicci, Herschel Bernardi, Remak Ramsay
Origen: Estados Unidos
Año 1976
Género Drama, comedia
Duración 95 min.

Fuentes: Diario Clarín, Espectáculos, 30/9/79, 24/1/82 y 26/2/82