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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología, y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

miércoles, 27 de junio de 2018

Café Society: La agridulce victoria de la forma.

 POR YAGO PARIS





El debate sobre la puesta en escena en la última etapa del cine de Woody Allen parece infinito. Entrega tras entrega, siempre se colocan sobre la mesa los aciertos, y especialmente los fallos –más numerosos y notorios–, de su manera de rodar. Un estilo comandado por el descuido, las prisas y el caos en el rodaje, en el que resuelve el entuerto a la primera o a la segunda toma. Hablar de la puesta en escena en el cine de Woody Allen se ha convertido en un lugar común dentro de la crítica cinematográfica, que cada año es desempolvado para darle una nueva capa de reafirmación. Pues bien, esta crítica se zambullirá en dicho tópico, pero lo hará porque en esta nueva cinta, Café Society, no es un elemento pintoresco a señalar, sino la auténtica protagonista y la clave de lo bueno y lo malo de su último trabajo.


Del longevo realizador neoyorquino se destaca siempre cómo, con el paso de los años, ha descuidado la planificación en sus rodajes. Si bien su cine nunca ha destacado por una puesta en escena despampanante, parece irrebatible que hace tiempo, mucho tiempo –allá por los años noventa–, que está más centrado en el placer de rodar que en la elaboración de una cinta compleja. Tal planteamiento condenaría al estrépito a buena parte de sus compañeros de profesión, pero su lucidez para la narración en imágenes esquiva el fracaso, a pesar de que la calidad de sus películas se ha resentido. Con la llegada del nuevo siglo, y especialmente gracias a las bondades del cine digital, su filmografía ha sufrido una nueva transformación. Hacer cine es desde entonces más fácil que nunca, lo que ha aligerado más todavía sus sets de rodaje. A su vez, el cine digital también ha facilitado la obtención de una fotografía resultona, llamativa. Se podría decir, por tanto, que su puesta en escena ha mejorado, pues luce más, pero sería un error confundir una fotografía estética –esteticista, incluso– con una mayor elaboración en la planificación de encuadres, movimientos de actores en plano, duración de los mismos y demás elementos que conforman la puesta en escena. Lo cierto es que estas comodidades de rodaje han facilitado tanto la tarea, que Woody Allen se ha desinteresado más que nunca en tal oficio, por lo que en esta última etapa su puesta en escena es más deficiente que nunca.






Analizar su cine desde el purismo y la defensa a ultranza de las sagradas leyes de la realización cinematográfica llevaría a catalogar su última etapa como fallida, quizás no en su totalidad pero sí en innumerable cantidad de planos que componen cada una de sus obras. Sólo hace falta recordar algunos de los planos-contraplanos de su anterior cinta, Irrational man (2015), en los que el nivel de descuido a la hora de encuadrar a sus actores era tal, que provocaba que en algunos casos la mitad del encuadre quedara vacío, apareciera la nuca de uno de los intérpretes en el centro, y la cara de la otra persona escorada en una esquina del plano. Es decir, una serie de aberraciones intolerables desde el punto de vista del manual de realización. Defender las normas sin ponerlas en duda ni reformularlas no es el camino a seguir por este crítico, pero algo no funciona cuando lo que lleva a realizar semejantes planos no es la innovación sino la desidia. Sin haber demasiado que defender al respecto, también existen razones para apoyar dicho modelo de realización en su conjunto, pues sólo así, en un rodaje tan alocado, es cuando esos errores pueden ser compensados con auténticas genialidades que incluso se pergeñan sobre la marcha. Cuando hay libertad para crear, las ideas visuales compensan los errores del conjunto. Y es que hay pocas cosas más apasionantes para la crítica que una película imperfecta pero con ramalazos de ingenio, y de esas Woody Allen ha hecho muchas en los últimos años –incluso la habitualmente defenestrada A Roma con amor (To Rome with love, 2012) tiene más de una y más de dos ideas visuales virtuosas–.






Nada de esto es factible en Café Society; la última película de Allen cuenta entre sus filas con el mítico director de fotografía Vittorio Storaro –responsable de Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), El conformista (Il conformista, Bernardo Bertolucci, 1970) o El pájaro de las plumas de cristal (L’uccello dalle piume di cristallo, Dario Argento, 1970), entre otras muchas–. El trabajo del italiano es despampanante, y esta obra no es una excepción. De repente, lo que hasta entonces en el cine de Woody Allen había sido un descuidado rodaje, pasa a ser una sucesión de planos de sublime factura técnica, inteligente manejo de los movimientos de cámara a través de los espacios y emotiva iluminación. Hasta entonces, el ritmo alocado del rodaje se traspasaba al fotograma, en el que se podía vivir esa sensación de rapidez, de ajetreo, de prisas; ahora, el ritmo se reduce y la cámara toma protagonismo, tanto por el tipo de encuadre como por su mayor movilidad. El gran angular, estético por naturaleza, es la lente dominante en este relato que tanta importancia le da a los espacios como elemento narrativo. La iluminación, llamativamente oscura en este caso, contrasta con la radiante luminosidad que hasta entonces llenaba el fotograma de las películas de Allen. La luz es melancolía, como agridulces son los sentimientos de los personajes fotografiados. El claroscuro domina, y la habitualmente soleada ciudad de Los Ángeles se convierte en un terreno del atardecer nostálgico en el que los sueños se difuminan entre el ajetreo de la frenética vida hollywoodiense y su superficial lujo asociado.






De repente, todo pasa a estar planificado, nada se deja al azar, nada se decide sobre la marcha. La puesta en escena es excelente y destaca muy por encima del relato, cuando lo habitual en este cineasta es que sea un acompañante de los guiones que este escribe, y esto es así hasta el punto de que uno se podría atrever a asegurar que se trata de la obra de este director en la que más importancia se le ha dado a la forma –cuanto menos, en la que esta más luce–. Esta sensación se sobredimensiona al pensar en los automatismos que rigen el libreto de esta cinta, en el que no hay una conversación especialmente destacable o un trazado de secuencias que merezca especial atención. A fin de cuentas, Café Society es, a su manera, la victoria de la forma sobre el fondo. Sin radicalismos, sin experimentación, sin salirse de los márgenes del cine canónico, pero una victoria sin paliativos.






Y para este crítico, formalista empedernido y defensor de la necesidad de indagar en el cine como lenguaje, como fin en sí mismo, y no como simple medio para la narración de historias, la mayor sorpresa está en descubrir que no termina de convencerle esta nueva propuesta del autor judío. Esto se debe a que, a base de tenerlo todo planificado, a base de darle tanta importancia a la puesta en escena, el virtuosismo de Storaro se merienda la inventiva de Allen. Es una victoria de la forma sobre el fondo, sí, pero también es la victoria de Storaro frente a Allen, hasta el punto de que casi podría decirse que Café Society es más una película del primero que del segundo. Y, cuando la idea es ver una película de Woody allen, esto se convierte en un problema. Sí, es cierto que no hay pega posible que ponerle al planteamiento formal, y que hay dos o tres momentos que resultan apasionantes, pero el resultado final es una ausencia de esas ideas visuales a las que Woody Allen nos tiene acostumbrado. Al no haber hueco para la improvisación, para la genialidad imprevista, el cruce de cables repentino que da lugar a la maravilla se convierte en cortocircuito, y la esencia que caracteriza al cine de Woody Allen se apaga como en un momento de la película lo hace la cara de Kristen Stewart, al contraluz de una vela en una noche de corte de electricidad.



Fuente: http://cinedivergente.com/criticas/largometrajes/cafe-society



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Wonder Wheel.

Por Xavi Mogrovejo


La cinta se abre con Mickey Rubin, un joven socorrista amante del teatro que narra la historia de Humpty y Ginny, un matrimonio que está en plena crisis y que, además, debe esconder a la hija de Humpty, Carolina, de un grupo de mafiosos que la está buscando. Como es costumbre en la filmografía de Allen, la trama sigue siendo un revoltijo de situaciones propias de la misma tragedia griega. Solo que, aquí, el director neoyorkino aplica ese concepto no solo a su historia, sino también a su puesta en escena. El film es puro teatro. Grosso modo, no parece un largometraje como tal, sino más bien una representación teatral donde los personajes, como meras marionetas, están sometidos a todo tipo de controversias y giros inesperados del destino que no juegan para nada a su favor. En ese sentido, Allen continua en plena forma. Construye unos personajes carismáticos a los que es imposible no querer para luego torturarlos a su antojo y recordarnos, ante todo, que la vida es cruel por naturaleza. El fatalismo es el tema principal de su discurso en Wonder Wheel. Una vida frustrada puede mejorarse si se le pone parches para sobrellevar mejor las situaciones pésimas a las que hay que afrontarse cada día, pero nunca podrá arreglarse por completo.

Esas desgracias, y pesimismo, se ven representadas de la mejor forma posible con una fotografía exquisita cuya iluminación tiene una importancia mucho mayor a la de llenar de luz la escena. Allen juega con distintas tonalidades de colores para darle a cada personaje un tipo concreto de ambientación según la situación sentimental por la que esté pasando en ese momento. Lo que todavía aumenta más esa sensación de estar viendo una obra de teatro en vez de una película. Y si a eso se le suma la increíble sutileza, delicadeza, y en resumen habilidad, que demuestra a la hora de mover la cámara mientras los protagonistas dialogan largo y tendido sobre temas que, quizás, no tienen absolutamente nada que ver con la historia principal pero que resultan ser igualmente atractivos, Wonder Wheel resulta ser impecable en sus aspectos técnicos. E incluso brillante en lo que a diálogos se refiere. Saca miga de cualquier tema, y se permite el lujo de desarrollarlo con paciencia. Claro que eso puede ser porque la historia, per sé, de Wonder Wheel no da para más y tiene que rellenar guion de algún modo. Pero sea como fuere, sus líneas de dialogo son una maravilla. Te puede estar hablando de algo totalmente ajeno al argumento de la cinta y, aun así, te mantiene enganchado a ella.




Y los encargados de protagonizar  esos diálogos están fenomenales. A cada cual mejor que el anterior, de hecho. Justin Timberlake quizás es el más flojo del elenco, a pesar de que sea el encargado de desdibujar la trama y explicar las claves del funcionamiento de la misma al público. Se mete en la piel del narrador, que a la vez es uno de los pilares fundamentales de la historia, pero no consigue transmitir una empatía ni siquiera cercana a la que Kate Winslet desprende en cada una de las secuencias que aparece. Da vida a Ginny, la absoluta protagonista de la función, una mujer con unas migrañas constantes que trabaja de camarera en un local de la Coney Island de los 50 que está asistiendo a una crisis matrimonial por la que, estoy seguro, muchos matrimonios pasan alguna vez. La diferencia es que a Allen le encanta el drama y también aplastar los sueños de sus personajes, por lo que esa crisis aquí está mucho más exagerada. Tanto por las ligeras, pero precisas, dosis de humor como por los inverosímiles giros de la fortuna. Suerte que cuenta con un marido ficticio esplendido, Jim Belushi, que, si no iguala a Winslet, se queda muy cerca. Por el contrario, Juno Temple se ve un poco ensombrecida por ese dúo tan poderoso que despliega años de experiencia ante las cámaras.
Según Allen, una persona no es responsable de sus desgracias, lo es el destino. O bien es culpa de aquellos con las personas con las que se junta. Wonder Wheel es una tragedia que, a grandes rasgos, habla sobre los amores de verano y las fatalidades que el amor arrastra consigo. Cuenta con inicio y un nudo bastante potente, aunque con un desenlace que parece inacabado. Sigue siendo igual de desgarradora que otras de sus cintas, y con casi las mismas moralejas, pero su puesta en escena, sus diálogos y su reparto son tan poderosos, que se hace muy difícil no quererla. O por lo menos tomarle cariño.
Fuente elpajaroburlon.com/cine-comedia/wonder-wheel
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martes, 26 de junio de 2018

Woody Allen y las musas que le dicen I love you.


Por Luis M. Alvarez



Muchos factores influyen en la cinematografía de Woody Allen: New York, su condición de judío, su afición por el jazz, las películas de los hermanos Marx, las películas de Ingmar Bergman, la literatura rusa, las películas de Federico Fellini, el psicoanálisis, la fascinación por la magia, la religión, el sexo, la filosofía… todos ellos son agentes constantes que evolucionan en su obra en la misma medida en la que él mismo evoluciona como persona.

Pero al igual que ya hiciéramos con la filmografía de Tim Burton, sí existe un factor que influye en mayor o menor medida en sus obras: sus parejas sentimentales. En su caso, porque muchas veces han ejercido claramente la función de musas, como es el caso de Diane Keaton y Mia Farrow, que interpretaron papeles en todas y cada una de las películas del cineasta neoyorquino en el período en que fueran, además, su pareja.

1. Etapa Harlene Susan Rose (1956-1962), sobre trabajo y humor

Es difícil calibrar la influencia de su primera esposa en su trabajo, más que nada porque no hiciera ninguna película en este período. Además ya había iniciado su carrera como guionista para otros humoristas. Quizás Harlene le diera el empuje suficiente para pasar del anonimato a la visibilidad de interpretar sus propios chistes, cosa que hace a principios de la década, para convertirse en uno de los cómicos de mayor éxito de su tiempo al hacer una combinación de humor físico con humor intelectual, pero esto es pura especulación.



2. Louise Lasser (1966-1970), sobre risas y diversión


"What's up, tiger Lily?"(Que pasa Tiger Lily?)
"Take the Money and Run" (Robó, huyó y lo pescaron)
"Bananas"
"Every Thing You Always Wanted to Know About Sex *But Were Afraid to Ask" (Todo lo que Ud. quiso saber sobre el sexo, pero temia preguntar)

Aunque voy a referirme en cada una de las etapas sólo a los títulos que dirige, es interesante señalar que casi a la vez que comienza su segunda relación matrimonial comienzan sus éxitos en el cine como actor y guionista, primero, y como director, después, en lo que parece que es un acercamiento desde fuera hacía dentro del entorno cinematográfico.

Probablemente sería en el rodaje de "What's New Pussicat" (Que pasa Pussycat?) en donde conoce a Louise Lasser, actriz y cómica neoyorquina que parece integrarse a la perfección en los primeros títulos de Woody Allen. Un tipo de cine que no es más que una prolongación del trabajo que lleva realizando como cómico y con ninguna pretensión más allá que la de hacer reír.

Una etapa breve en la que se puede apreciar la influencia de los grandes cómicos de la era del cine mudo como Charles Chaplin o Harold Lloyd, pues muchos de sus gags son visuales y, en el caso de "Bananas", estaría incluso inspirada en un título de este último, Why Worry.

Aunque, casualmente, se divorcia de Louise Lasser en 1970, esta continuaría interveniendo en sus películas hasta que conoce a su siguiente musa.





3. Diane Keaton (1972-1980), sobre comedias, dramas y homenajes


"Sleeper" (El dormilón)
"Love and Death" (La última noche de Boris Grushenko)
"Annie Hall" (Dos extraños amantes)
"Interiors" (Interiores)
"Manhattan"
"Stardust memories" (Recuerdos...)

En 1980, buscando actrices para su obra de teatro, "Play It agrian, Sam", después convertida en una película dirigida por Herbert Ross, conoce y contrata a Diane Keaton, con la que inicia dos espléndidas relaciones, una laboral y otra sentimental.

"Sleeper" no sólo es la primera película que hacen juntos, sino que inaugura uno de los sellos visuales característicos de su filmografía, los austeros títulos de crédito ---que esconden un revelado homenaje a Yasuhirô Ozu--- en los que el nombre de los intérpretes aparece siempre en orden alfabético, para no dar mayor importancia a unos sobre otros, con un fondo negro sobre el que se leen los créditos en tipografía Windsor. Una característica que perdura hasta la actualidad.

Sin dejar su característico tipo de humor visual, "Sleeper" introduce también los elementos intelectuales que inundarán el resto de su filmografía, el existencialismo, la religión, las relaciones de pareja, etc., etc.; elementos que irán ganado terreno en las obras de este período, como "Love and Death", que constituiría un irreverente y divertido homenaje a la literatura rusa, y que terminaría por encontrar su mejor y mayor exponente en "Annie Hall" ---película homenaje a la propia Diane Keaton.

Después de una de sus obras más aclamadas por crítica y público, Woody Allen sorprende con un giro radical, no muy bien entendido por todos en su momento, como sería "Interiors". Un homenaje al cine de Ingmar Bergman, para el que se apropia de su director de fotografía habitual, Sven Nykvist, y que conviviría en cartelera y nominaciones con un título del cineasta sueco, "Höstsonaten", casualmente de tono y temática muy similar.

No siendo muy bien recibido, Woody Allen retoma la balanza entre lo dramático y lo cómico en "Manhattan", homenaje a su ciudad natal, New York, y que se tornaría una película verdaderamente clarividente sobre su gusto personal hacia las lolitas, personificado en el personaje de Mariel Hemingway.

Inmediatamente después realizaría una impresionante y sincera, película reflexiva, "Stardust Memories" ---declarado homenaje al "8 1/2" de Federico Fellini--- en la que su personaje, un director de cine, se cuestiona sobre las relaciones de pareja que ha tenido hasta la fecha, planteándose, también, si debe hacer cine cómico o dramático, estableciendo una clara línea de conexión entre sus relaciones personales con las cinematográficas, como sucediera igualmente en la obra de Federico Fellini.






4. Mia Farrow (1980-1992), sobre dramas y tragedias


"A Midsummer Night's Sex Comedy" (Comedia sexual de una noche de verano)
"Zelig"
"Broadway Danny Rose"
"The Purple Rose of Cairo" (La rosa púrpura del Cairo)
"Hannah and Her Sisters" (Hannah y sus hermanas)
"Radio Days" (Dias de Radio)
"September" (Septiembre)
"Another Woman" (La otra mujer)
"New York Stories" (1989) (Historias de Nueva York)
"Crimes and Misdemeanors" (Crimenes y pecados)
"Alice" (1990)
"Shadows and Fog" (1992) (Sombras y niebla)
"Husbands and Wives" (1992) (Maridos y esposas)

Una relación más notoria públicamente por su ruptura que sus inicios, en algún momento de principios de los años ochenta comienza su periplo con Mia Farrow ---la pasiva agresiva, según la definiera en "Husbands and Wives" una película que contiene mucho de la verdadera pareja, según dijera su entorno en las fechas precedentes al estreno de la película---, lo que les conduce a una relación laboral de trece películas, en lo que sería el período más constante en temática y estilo, siendo además el más filosófico.

Una señal que se puede apreciar a simple vista es la ausencia de sentido de humor que se desprende de las interpretaciones de Mia Farrow, especialmente por contraste con la gracia espontánea de Diane Keaton, capaz de quitar importancia a la cita más solemne. No quiere decir que no haya títulos cómicos en este período, pero el humor, nunca viene por parte del personaje que interpreta su nueva musa, sino por el que interpreta el propio Woody Allen, o por las situaciones que se producen en la acción, como sucede en "Broadway Dany Rose" o en "Zelig".

Resulta muy significativo y revelador de la progresión de la relación que, si bien es la protagonista de sus primeros títulos, después de la gran película del período "The Purple Rose of Cairo" ---una película realmente trágica---, vaya perdiendo protagonismo, quedando relegada a personajes secundarios, llegando algunos de ellos a tener connotaciones negativas, como en "Shadows and Fog" y la referida "Husbands and Wives".

Ya en "Broadway Danny Rose" el personaje que interpreta Woody Allen se verá rechazado por el de Mia Farrow, algo que se vuelve a repetir en "Crimes and Misdemeanor". En "Hannah y sus hermanas", el protagonismo del personaje de Mia Farrow sólo está presente en el título, pues en la película tendrán mucha más presencia Barbara Hershey o Diane Wiest, además de que la pareja que forman está rota. Tan sólo "Alice" parece contener algún momento verdaderamente dedicado a la actriz, resultando, también, clarividente con su destino que le ha llevado a volcarse más en su labor humanitaria que en la cinematográfica.

"Husbands and Wives", pone el punto y final a la relación profesional y laboral entre ambos, siendo la última de una etapa, pero la primera ya de la siguiente, al revitalizar el estilo visual de Woody Allen con una liberalizada cámara en mano. Una película en la que vuelve a analizar las relaciones de pareja, tal y como hiciera en "Stardust memories". Una obra sincera que resulta tan dramática como cómica y que también se encuentra entre las preferidas del cineasta.






5. Soon Yi-Previn (1992-hasta la actualidad) sobre musas y viajes


"Manhattan Murder Mystery" (Un misterioso asesinato en Manhattan)
"Bullets Over Broadway" (1994) (Disparos sobre Broadway)
"Mighty Aphrodite" (1995) (Poderosa afrodita)
"Everyone Says I Love You" (1996) (Todos dicen te quiero)
"Desconstructing Harry" (1997) (Los secretos de Harry)
"Celebrity" (1998)
"Sweet and Lowndown" (1999) (Dulce y melancolico)
"Small Time Crooks" (2000) (Ladrones de mediopelo) 
"The Curse of the Jade Scorpion" (2001) (La maldición del escorpión de Jade)
"Hollywood Ending" (2002) (Final made in Hollywood)
"Anything Else" (2003) (La vida y todo lo demás)
"Melinda and Melinda" (2004)

Quizás debamos considerar la etapa posterior a "Husbands and Wives", la más auténticamente alleniana, no sólo porque Woody Allen esté ya sobradamente formado como persona y como cineasta, sino porque sus títulos posteriores carecen de una influencia constante, buena o mala, como la que tuviera de sus tres anteriores musas-parejas. Soon Yi-Previn ---hija adoptiva de Mia Farrow y su relación con el compositor André Previn--- no participa activamente en ninguno de sus proyectos, ni como actriz, ni como guionista, ni siquiera en breves cameo. Para cada uno de los títulos de este período tendrá que buscar a la actriz adecuada para el personaje, bien sea de comedia o dramático, la más oportuna para el tono que pretenda dar a cada película.

Así nos reencontramos con una divertida Diane Keaton en "Manhattan Murder Mystery", una recuperación que el propio cineasta agradeciera en su momento, precisamente, por esa frescura y espontaneidad que aporta la actriz, a la que no se había dado cuenta había echado tanto de menos. Recupera a Diane Wiest a la que proporciona un espléndido vehículo para su lucimiento en "Bullets Over Broadway", a la vez que consigue una de las más deliciosas interpretaciones de Jennifer Tilly, así como de Mira Sorvino para "Mighty Aphrodite", de Tracy Ulman para "Small Time Crooks, en la que nos descubre, también, a la magistral Elaine May ---nunca jamás en la vida nadie mejor para hablar del tiempo. Cada nueva película va en una nueva dirección temática y estética en su período más fértil, menos encorsetado, donde cabe cine de época y actual, en color y el blanco y negro.

También se evidencia una evolución de sus temas y planteamientos, pues si en algunos casos, plantea las mismas cuestiones que en sus épocas anteriores, la resolución es diferente, como se puede comprobar en "Anything Else" y después en "Scoop", en las que personjes similares tienen resoluciones diferentes. Además, crece una cierta tendencia a la desaparición de su personaje, asumiendo caracteres secundarios más pequeños, o no llegando a participar, y dejando sitio para otros actores en los personajes principales. Quizás esto no deba traducirse como un cansancio, sino más bien, como la intención de seguir hablando con personajes cercanos al público mayoritario. Que envejezca él, no quiere decir que lo haga su cine.






7. Sobre Scarlett Johansson, otras musas y vacaciones de cine


"Match Point"
"Scoop"
"Cassandra's Dream" (El sueño de Cassandra)
"Vicky Cristina Barcelona"
"Whatever Works" (Si la cosa funciona)

Probablemente, la presión de convivir con una persona treinta y cinco años menor que él, le condicione para iniciar cada vez mayor actividad fuera de su adorada ciudad natal, en una serie de proyectos que le llevarán a Londres, Barcelona o, más recientemente, París.

Anjelica Huston, John Cusak ---el sexo no tiene porqué llevarnos a variar el género de la palabra, así sucedía también en "Alice" en donde la musa de Mia Farrow era representada por Alec Baldwin---, Goldie Hawn, Judy Davis, Sean Penn, Helen Hunt, Téa Leoni, Christina Ricci, Radha Mitchell, Stockard Channing, Patricia Clarkson, Scarlett Johansson, Javier Bardem o Penélope Cruz son algunas de las musas que han favorecido los títulos de Woody Allen en estas dos últimas décadas ---la de Soon Yi y las musas de celuloide---, en las que, incluso el público que no le gustaban sus etapas anteriores, se ha reconciliado con un director que ha sabido evolucionar como cineasta a la vez que lo hacía como persona.

Qué duda cabe que podríamos considerar "Match Point" como un renacer ---su película favorita de las que ha realizado hasta la fecha--- en el que la relación profesional con Scarlett Johansson parece renovar la obra del neoyorquino también en "Scoop", aunque pareciera eclipsada, posteriormente, por la belleza latina de Penélope Cruz y su personaje en "Vicky Cristina Barcelona", título que, por otra parte, podría formar parte de otro ciclo, el del cine de vacaciones que le lleva a rodar por diferentes ciudades de Europa.

También podemos percibir su propia necesidad de renovación estética a través de la banda sonora, pues, en detrimento de su adorado jazz, recurre a la música clásica en "Scoop", a la música española en "Vicky Cristina Barcelona" y requirie los servicios de un compositor para "Cassandra's Dream", Philp Glass, en lo que sería su primera banda sonora original en casi treinta años.

Valorando en su justa medida todas y cada una de las etapas, ninguna parece ser, realmente, inferior a las demás, tan sólo diferente, teniendo todas sus altibajos, sus filmes mejores y peores, y las características propias de la contextualización al período en el que están realizadas. Lo que casi podemos afirmar es que no ha realizado ninguna película mala en toda su larga trayectoria, menor sí, pero mala, ninguna.

El pasado 27 de agosto se estrenaba en España su última película "You Will Meet A Tall Dark Stranger", (Conoceras al hombre de tu sueños)de la que habíamos adelantando cartel y tráiler y en la que hace gala de un nuevo reparto con el que no había participado en ninguna de su películas previas. Precisamente Woody Allen comentaba en rueda de prensa que hay mucho menos de él en sus películas de lo que la gente pueda pensar. Trabajador inagotable, tiene también proyecto nuevo, "Midnight in Paris" (Medianoche en París), cuyo rodaje acaba de terminar y sobre el que también estaremos atentos.





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Luis M. Álvarez
La cultura me alimenta, la calle me da vida. Ignatius J. Reilly siempre será mi modelo a seguir. Venero a David Lynch y David Bowie, a Philip Glass y Philip K. Dick. Puedes leerme en ALT1040 y en 400 Films. 


Fuente: extracine.com/2010/08/retrospectiva-woody-allen

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