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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

sábado, 10 de febrero de 2018

Match Point.


Sus casi cincuenta films representan un cruce entre la época de gloria del cine independiente norteamericano y el sello introspectivo, personal, de un director que siempre, y por sobre todo, fue un escritor. Y, también, el estereotipo lúcido, sutil y neurótico del hombre urbano, hijo de una cultura signada por el psicoanálisis, el jazz y el europeísmo. Todo eso y mucho más encarna Woody Allen, el mismo que fue desnudando su mente y su sensibilidad en films inolvidables e imprescindibles como Annie Hall, Manhattan, Zelig, Crímenes y pecados o La rosa púrpura de El Cairo. En Woody, su biógrafo David Evanier cuenta la vida de Allen, reconstruye desde su niñez hasta los años de madurez, intenta descifrar algunos episodios oscuros de su relación con las mujeres y somete su cine a una revisión actual y necesaria.








Por Marcelo Figueras


Cuando un artista produce obra copiosa ocurre lo mismo que con una relación de larga data: tendemos a subestimarlas. Se tornan familiares en demasía; un paisaje que, por frecuentado, va invisibilizándose con el tiempo. Para ponerlo en términos que Woody suscribiría: dejan de correr el riesgo de integrar la Academia de Artistas Sobrevalorados, para caer en la órbita de los Menospreciados. ¿Cuántas veces hemos dicho durante estos años: Sus películas ya no son lo que eran, y hasta En realidad nunca fue tan grande?

En Woody, la biografía de David Evanier, el mismo Allen adopta este punto de vista: “Si uno mira lo que consiguieron los directores que de verdad han hecho cosas hermosas –Kurosawa, Bergman, Fellini, Buñuel, Truffaut...– y después mira lo que he hecho yo, está claro que no hablamos de lo mismo”. Ocurre que, al plantearlo así, lo que Woody hace es idealizar la obra de sus maestros tal como idealizó la Nueva York de Manhattan: también ellos filmaron mucho con suerte diversa, sin que uno recuerde más que sus obras maestras.

Las que Woody creó también acuden a la mente sin esfuerzo. Por mencionar sólo algunas: Annie Hall, Manhattan, Zelig, La rosa púrpura de El Cairo, Hannah y sus hermanas, Crímenes y pecados, Match Point. Su regularidad de reloj suizo –escribe y dirige una película por año, la que nos depara 2017 se llama Wonder Wheel– torna difícil separar la paja del trigo, pero a nadie escapa que entre la octava y la novena década de su vida produjo Midnight In Paris (2011) y Blue Jasmine (2013). Si algo probaron esos films fue que perseveraba en la búsqueda de siempre, exponiéndose a la incertidumbre que sólo cortejan los grandes artistas.
En cualquier caso, la difusión en Argentina del libro de Evanier concede una excusa para revisitar su obra. ¿Qué mejor que detenerse en tramos del paisaje que otrora contemplamos con liviandad turística, antes de que se lo lleve la Parca a la que elude hace cincuenta films –este diciembre cumplirá 82 años– y todos los artículos se conviertan en hagiografías?





ROBÓ, HUYÓ Y LO FILMARON

La obra fílmica de Woody Allen no forma parte de lo que acostumbramos llamar Hollywood –el mainstream de la industria del cine de los Estados Unidos– sino que ha sido concebida, más bien, en condiciones propias del cine independiente. Si algo aprendió Allen de sus incursiones iniciales en este rubro (películas como What’s New, Pussycat?, 1965, y Casino Royale, 1967), era que no había otra forma de proteger su trabajo que garantizarse ciertas condiciones de producción: la libertad de filmar lo que quisiese, con el cast que desease y conservando el corte final. A cambio, se manejó siempre con presupuestos acotados y entregó el film terminado en tiempo y forma. Desde el comienzo mismo –su debut como director, Robó, huyó y lo pescaron (1969)–, negoció como sólo negocia un artista: menos dinero a cambio de control absoluto. Algo que sólo Orson Welles había intentado antes, y con resultados no del todo felices.
El impulso no era nuevo. Woody ya había brillado como guionista y escritor cómico, hasta asumir que el material que le salía mejor era tan novedoso (en los incipientes 60, el escaparate del show business podía exhibir a algún iconoclasta como Lenny Bruce pero seguía atiborrado de antiguallas como Bob Hope) que nadie podía manejarlo mejor que él. Por eso se sometió a un proceso de aprendizaje que no podía ser sino doloroso, para un tímido proverbial: hacer stand up noche tras noche, durante un año entero, lidiando con gente que no callaba durante su actuación ni reía con sus chistes. Actuar no era un objetivo per se. Era, sí, la manera adecuada de presentar su material, protegiéndolo de lecturas equívocas.

Con sus films procedió del mismo modo. La intención original no era dirigir. Una vez que concluyó el guión de Robó, huyó y lo pescaron se lo ofreció a Jerry Lewis, llegando a tantear también a Arthur Penn. Como cosechó negativas, se trasladó a la silla del director creyendo que ese desplazamiento equivalía al mal menor. Su escritura era tan idiosincrática, que aun un cineasta novel la trataría con más tino que un profesional del ramo.  

Esta forma de comportarse revela que, en esencia, se consideraba un escritor. Todo debía estar supeditado a colaborar con el texto. Incluso el montaje, según aprendió con la colaboración del fogueado Ralph Rosenblum. Sobre la mesa de edición tenía lugar la escritura final, un proceso que podía ser mucho más complejo que una corrección.

A fines de los 70 filmó un guión al que había bautizado Anhedonia, a partir de la condición de aquel que es clínicamente incapaz de disfrutar. Pero en la sala de montaje, escogiendo entre el metraje ya rodado, descubrió una película totalmente distinta que terminó llamándose Annie Hall. (El final que compila los mejores momentos de la relación entre Annie y Alvy, mientras Diane Keaton canta “Seems Like Old Times”, fue sugerencia de Rosenblum. Y la narración que cierra el film fue escrita y grabada dos horas antes de una exhibición ante el público: esa que cuenta del tipo que tiene un hermano loco, convencido de que es una gallina, pero se niega a internarlo porque “necesita los huevos”). 

La profusión de films que escribió y dirigió es abrumadora, y empuja al espectador a quedarse tan sólo con aquellos títulos que disfrutó u odió. Pero vistas en sucesión cronológica, las películas de Woody trazan una curva de aprendizaje inapelable, con sus marchas y contramarchas y desvíos que parecen no conducir en ninguna dirección (films como Interiores o Septiembre, que llegó a filmar dos veces sin quedar satisfecho con ninguna versión) pero aun así representan jalones sin los cuales no habría llegado nunca a coronar sus picos. Si algo se tornó evidente a fines de los 80 mediante obras como Crímenes y pecados, era que Woody había aprendido a escribir con imágenes y edición además de frases ingeniosas o humorísticas; y que ya estaba en condiciones de crear –¡por fin!– un universo autosuficiente de profundidad novelística, que es lo mismo que, a su modo, habían hecho oportunamente Bergman y Fellini.

Puede que este énfasis en la obra cinematográfica como escritura explique más de lo que aparenta. Porque el cine en sí mismo tiende a estructurarse como una creación colectiva, mientras que la escritura es y será siempre un acto solitario. Que Woody haya capitalizado su éxito inicial para cobrarlo al contado en términos de independencia equivale, pues, a decir que armó el esquema de producción que necesitaba para seguir filmando películas como si escribiese novelas o relatos en la intimidad de su casa. En ese sentido cuadran las innumerables anécdotas de actores que dicen que Woody no los dirige y les habla apenas. Es que, en su cabeza, ya los ha dirigido cuando los escribió y escogió: todo lo que les demanda es que se presenten en el set y hagan la tarea predeterminada.

O el hecho de que, aun cuando ha trabajado con numerosos directores de fotografía –maestros como Gordon Willis, Sven Nykvist y Darius Khondji–, se pueda caer in medias res a cualquiera de sus películas y entender el vuelo que se trata de un film de Woody Allen. Porque una cosa es identificar a simple vista una peli de Wes Anderson o de David Fincher, que trabajan para que cada una de sus imágenes resulte indeleble. Pero aun cuando ha contratado a brillantes diseñadores de producción –gente como Stuart Wurtzel, Mel Bourne y Santo Loquasto–, la típica puesta de una secuencia de Woody comunica una desnudez que sólo cabe describir como su mirada única e intransferible. Se trata siempre del personaje, la circunstancia en que ha caído o labró para sí, y poco más. Da la sensación de que despoja la escena de casi todo lo que no le es esencial: si le quitase un último elemento –una cortina, un movimiento de cámara, una sombra– dejaría de ser un relato naturalista para entrar en terreno alegórico.

Estén ubicados en el pasado o en el futuro, en calles sin nombre o ciudades icónicas, sus films transcurren siempre en el espacio virtual de la subjetividad de Woody. Por eso hay algo de profundamente anacrónico en su obra, aun cuando ponga de fondo un callejón que su director de arte no alteró ni en un detalle: porque Woody mismo es un hombre anacrónico, que ha vivido siempre en un tiempo otro donde el rock y sus convulsiones nunca tuvieron lugar. (Y eso que al despuntar los 60 tenía apenas 25 años. Pero sigue vistiendo como si fuese feriado en el Brooklyn de los 50 y correspondiese el casual sport. Quizás se deba a que siente que su alma pertenece a otra época, como el personaje de Marion Cotillard en Midnight In Paris. Alguna vez ha dicho: “Siempre me ha dado rabia haber nacido demasiado tarde para la Nueva York de los 20 y los 30”.)

Cuando filmó Manhattan, esa tarjeta del Día de los Enamorados dirigida a su ciudad natal, la Nueva York que pintó allí no existía. Si alguien quiere saber a qué se parecía Nueva York a fines de los 70, más le vale ver Taxi Driver. Pero esa joyita que todavía es Manhattan ha sido tan bien articulada (tan bien escrita), que consiguió que desde el 79 en adelante ese paisaje idílico sea y siga siendo más poderoso que the real thing.

Y eso –al menos en mi libro– se llama arte.






WOODY, EL NEURÓTICO


Woody el personaje era un neurótico adorable. Apareció cuando penaba haciendo stand up, como parte de la experimentación del comediante que se sabía un work in progress. Ese bufón nervioso, titubeante y dado al autoboicot captó la atención del público, haciéndolo reír al fin... ¡a pesar de que la rutina que actuaba no había cambiado una sola línea!

De algún modo había estado incubándolo desde la adolescencia, cuando desdeñó su nombre original, más bien romántico y grandilocuente (Allan –como Dwan o Poe– Stewart –como la casa real inglesa– Konigsberg), a cambio de un seudónimo. Inspirado, cuándo no, por una chica: Nancy Kreisman, que nunca le dio bola y a la que nunca se animó a hablarle pero tenía un perro llamado... Woody.

La máscara le granjeó fama, dinero y un cierto poder. Pero el Allen que trasluce el grueso de su obra es una criatura más compleja. “Hay una diferencia entre el mago y sus trucos”, dijo el crítico John Lahr. “Nunca fue una víctima. No es bobo ni torpe. No busca caerle bien a nadie”, dice el biógrafo Evanier. Cualquiera que lo trate al menos un rato percibirá que no tartamudea ni vacila, que tiene muy claro lo que piensa y que detrás de su cortesía no hay una onza de debilidad. (Yo lo entrevisté hace años en Nueva York, para un disparatado especial de la TV argentina. Recuerdo haberle preguntado por qué Leonard Zelig, que se mimetizaba siempre con sus interlocutores, nunca se había transformado en una mujer. Replicó que le parecía una muy buena observación. Razón por la cual –¡Woody elogió mi pregunta, Woody elogió mi pregunta!– nunca registré qué me contestó a continuación. Díganme si el gag no parece sacado de una peli de Woody Allen.) 

Muchas lecturas critican sus films, desde un punto de vista que los considera extensiones de una personalidad poco edificante. (En particular, desde que formó pareja con una hija adoptiva de su hasta entonces compañera). En efecto, los personajes de Woody pueden ser mezquinos, desleales, misóginos, lascivos y profundamente funcionales a un sistema que nunca cuestionan, porque siempre han sabido sacarle el jugo. (Alguien lo definió una vez, con perspicacia, como “una mascota inteligente pero inofensiva para la intelligentsia”). Si despojamos al universo Woody de sus ocasionales incursiones en el romanticismo y la fantasía, todo lo que nos queda es el salvajismo de Seinfeld.

Pero lo que uno demanda a una obra de cualquier género no es que sea edificante, ni que sus protagonistas sean parangones de virtud. Se espera, ante todo, que el artista cree una realidad alternativa que eche luz sobre algún rincón de la condición humana, con la mayor honestidad posible. ¿Alguien sabe a ciencia cierta si Bergman era buen tipo, si Fellini ocultaba una perversión, si Kurosawa tenía debilidades inconfesables? No vendría al caso, porque sólo atendemos a su obra. En el mismo sentido deberíamos considerar la obra de Allen, y no a Woody, como lo que es: una examinación de la humanidad a través del prisma –incompleto y sesgado, como todo prisma– de este artista particular, que ama formular preguntas difíciles mientras camina sobre el cable tendido entre la nada y la gracia. Por eso la forma que mejor le sienta es la tragicomedia. La rosa púrpura de El Cairo lo es de modo ejemplar: la forma en que Woody amalgama algo burbujeante y divertido pero también desolador, constituye –ni más ni menos– un prodigio narrativo.
 
Se dice que la capacidad de albergar contradicciones es un signo de inteligencia. De ser así Woody debe ser listo en grado superlativo, porque viene haciendo arte con ellas desde hace medio siglo: tanto a partir de sus grises personales como de las paradojas que empujan la existencia al cul de sac del absurdo. Una de las confusiones más frecuentes respecto de su cine pasa por el encanto que suelen tener sus protagonistas. Hay quienes le enrostran que es una forma de disimular sus defectos. Y como le ha puesto el cuerpo mil veces a sus protagonistas –ni Bergman ni Fellini actuaban en sus films, lo cual los eximía de este riesgo–, se suele identificar la máscara con su creador. 

Pero Woody no es Tom Hanks ni Ricardo Darín, por mencionar dos actores a cuyos personajes les perdonamos todo en virtud de su encanto personal. Desde los inicios de su filmografía, el personaje prototípico que suele encarnar –“Woody” es a Allen como “Charlot” es a Chaplin– puede ser divertido en su miseria, tener un punto tierno y hasta adorable y pasarse de autoindulgente, pero siempre es un hatajo de defectos metidos en una centrifugadora que gira cada vez más rápido.

Tan consciente parece Allen de que la gente, en su confusión, le perdona a sus personajes hasta lo que no debería, que en más de una oportunidad ha exagerado sus defectos hasta lo demencial. El cineasta que encarna en Stardust Memories (1980) es repugnante con sus fans. El protagonista de Deconstructing Harry (1997), concebido en pleno escándalo durante su batalla legal con Mia Farrow, funciona como el paradigma del egoísmo del artista, reclamando para sí todos los defectos del mundo (desleal, insensible, mentiroso, mal padre, drogadicto, putañero), al punto de embarcarse en discusión con el mismísimo Satán para dirimir quién es más hijo de puta de los dos.
Ninguno de nosotros sabe, ni probablemente sabrá nunca, si Woody Allen es o no un hijo de puta. En consecuencia, sólo podemos vincularnos con él como artista. En tal guisa, su obra nos ha entretenido y divertido pero ante todo nos ha conmovido –y nos sigue conmoviendo–, porque creó espejos que han sido útiles para examinar nuestras vidas, con más honestidad de la que poseíamos antes de atrevernos a mirar.



EL SENTIDO DE LA VIDA

¿Qué dicen los films de Woody en el siglo XXI, qué podemos leer hoy en ellos?
Sin perder nunca su delicioso anacronismo, la obra de Woody es hija de su tiempo. Hablo de la época en que el cine americano, que había sido el rey del relato objetivo –no narraba interioridades, sino hechos que a lo sumo permitían inferir la existencia de una interioridad–, se entregó a la subjetividad extrema del cine de autor. (Es el tiempo del primer Scorsese, de Cassavetes, de Altman. Puede que Woody sea el más europeo de todos ellos.) Hablo de la época en que los cantantes abrieron paso a los cantautores, que ya no se limitaban a profesar amor sino que se examinaban a sí mismos y a su mundo. (Es el tiempo de Dylan, de Paul Simon, de la genial Joni Mitchell.) Hablo de la época en que el periodismo se permitió los caprichos de Tom Wolfe y de Hunter S. Thompson y la literatura habilitó a alguien tan descaradamente autorreferencial como Philip Roth.

En más de un sentido, la obra de Woody representa la prolongada mirada introspectiva de un artista; alguien que examina el punto de inserción entre la condición humana, de la que todos participamos, y la peculiar encarnación que le ha tocado en suerte. Para la mayoría de nosotros, bichos de ciudad psicoanalizados aunque más no sea ocasionalmente, la universalidad de Woody resulta evidente. Pero en los Estados Unidos, potencia mundial de mentalidad provinciana, Woody es un fenómeno marginal (cuando en su país se habla de cine se piensa en Marvel o en Michael Bay, no en Allen) que, para colmo, no encaja en bando alguno. No forma parte de minorías desprovistas de derechos, no es un redneck. Ha sido ateo y apolítico demasiado tiempo como para buscar el calor de una institución o de una ideología. (En Hannah y sus hermanas se atiborra de merchandising cristiano para ver si se le contagia la fe, una escena que aun sigue siendo hilarante.)

El protagonista típico de las películas de Woody es un individualista a ultranza, que no se siente representado por nadie ni pretende representar a nadie; el nativo de una isla que no consigue superar el pensamiento insular. La tragicomedia de ese hombre pequeño se lee en el big bang de dos experiencias infantiles. Según su madre Letty, el niño Allen Konigsberg había sido perfectamente feliz hasta que, a los cinco años, algo cambió en él, convirtiéndolo en una criatura amarga. En Annie Hall, Woody dramatiza esa transformación de esta manera: la madre de Alvy Singer –el personaje que Woody interpreta como adulto– lleva al muchachito al médico, en busca de cura para su depresión. Alvy niño dice entonces que se ha enterado de que el universo se expande constantemente y que algún día estallará. “¿Qué sentido tiene (todo)?”, se pregunta. Si uno analiza fríamente las implicancias de vivir en un universo finito donde no hay justicia, se torna difícil encontrarle valor a esfuerzo alguno.

Al mismo tiempo, Woody recuerda vívidamente su primera experiencia en el cine. (Lo llevaron a ver Blancanieves y los siete enanos). Cuando la función comenzó, saltó de su asiento y corrió hacia la pantalla, para tocarla.

Es verdad que somos una mota de polvo en el arrabal de un universo negro. Pero aun así, a pesar de que ni siquiera sabemos explicar por qué, la mayoría de nosotros tiende a correr hacia esas cosas de la vida que identifica con la luz: el amor, la decencia, la dignidad que confiere una vocación realizada. En este cosmos que, como bien sabía el pequeño Alvy Singer, se expande constantemente, esas son las únicas cosas que nos acercan, que todavía nos ligan.
Woody Allen ha dedicado su obra a crear luz a la que podemos arrimarnos. A veces esa luz quema y nos abrasa, en películas descarnadas –lúcidas– como Crímenes y pecados. Pero otras muchas se trata de una luz cálida, un puente de partículas que une la pantalla con nuestros corazones y a estos corazones con otros. ¿Quién no guarda en su alma una escena favorita de sus films? Yo creo que hoy, en este mundo entre cretino y despiadado de los Trump y los Macri, la frase que Tracy (Mariel Hemingway) le dice a Isaac David (Woody) al final de Manhattan resuena más necesaria que nunca: “Deberías tener un poco de fe en la gente”.

De ser preciso un juzgamiento moral a su obra, yo lo anclaría aquí: aun a sabiendas de las bajezas de que somos capaces, Woody apuesta como puede –a veces bien, otras torpemente– a la mejor versión de nosotros mismos. Y la mejor versión de Woody está, sin duda alguna, en su cine. Con todo el miedo que dice tenerle a la muerte, el tipo ha creado algunos de los mejores finales de la historia. 
 El chiste vodevilesco que cerró Annie Hall a último momento –aquel del hombre que creía ser gallina y del hermano que no quería encerrarlo– vuelve a venir a cuento. Woody lo utilizó para ilustrar la noción de que las relaciones humanas, y por añadidura el mundo todo, suelen ser demenciales; pero que a pesar del sonido y de la furia que acarrean, la mayoría de nosotros, como el hermano cuerdo, sigue necesitando de esos preciosos huevos.

 A pesar de sus imperfecciones, la mayoría de nosotros sigue y seguirá necesitando del cine de Woody Allen.


Fuente: https://www.pagina12.com.ar/57682-match-point

martes, 2 de enero de 2018

Vicky Cristina Barcelona, Un Woody irregular



Después de que nos riésemos muchísimo con el diario de rodaje de Woody Allen sobre ‘Vicky Cristina Barcelona’ y con el titulo del film –si Almodóvar hubiese titulado ‘Volver’ con el mismo juego, sería ‘Raimunda Agustina Alcanfor de los Infantes’— la propia película, que se estrenó ayer, 19 de septiembre, ha tenido menos capacidad de provocar carcajadas que lo que la rodea.


‘Vicky Cristina Barcelona’, protagonizada por Scarlett Johansson, Rebecca Hall, Javier Bardem y Penélope Cruz, cuenta la historia de Vicky y Cristina, dos
jóvenes estadounidenses (Johansson y Hall), a las que Juan Antonio (Bardem), un pintor español, les propone pasar un fin de semana de sexo y turismo en Oviedo.
Reticente una y deseosa la otra, aceptan. Cuando una de ellas lleva un tiempo conviviendo con el artista, aparece María Elena (Cruz), la ex-mujer de éste, y la relación se enrarece.

Allen, en su malograda visita a España, rueda unas cuantas postalitas de Barcelona, Oviedo, Avilés –sin alejarse mucho de cómo habría rodado Garci Asturias— y envía a sus personajes a todavía otro tópico turístico más: Sevilla.
Por supuesto, se retrata el temperamento mediterráneo con un toque de exagerada estereotipificación, que podría no entenderse así si se pensase que es la naturaleza de los artistas lo que el autor quiere representar como algo alocado y desbordante. La historia fluye, no obstante, por los huecos que dejan libres estas caricaturas y el film funciona, aunque probablemente mejor fuera de nuestras fronteras que aquí.

Funciona, sí, pero lleno de altibajos en cuanto a su calidad, indefinido en cuanto a tono o género y errabundo en cuanto a su narración. Si bien en un principio la historia tiene muy claro hacia dónde se dirige, el final desconcierta ligeramente, ya que la conclusión, sin llegar a ser inexistente, sí se podría considerar débil. Antes incluso de alcanzar ese final, ocurren unos hechos que claramente se han precipitado, como si algo obligase al neoyorquino a terminar la película ya, aquí y ahora y, por lo tanto, a echar mano de lo que más rápidamente le puede cerrar las tramas.




Existen dentro de ‘Vicky Cristina Barcelona’ varios momentos muy brillantes. No sólo son aquellos únicos instantes en los que Allen deja que su film se acerque a la comedia, sino también escenas de gran temperatura dramática o sensual en las que los actores logran una gran química y credibilidad. Pero decía que los altibajos abundaban porque estos buenos momentos están rodeados de mucho cine que, sin llegar a ser malo, es anodino y poco digno del Allen que hemos conocido en cintas anteriores.

Supongo que no merece mucha discusión que esos mejores momentos son aquellos en los que tenemos en pantalla a Penélope Cruz. Empeñada en hablar español a pesar de los ruegos de su ex-marido –tan claramente orientados a que la película se entienda en EE. UU. y poco justificados de guión que parecen otra de las bromas—, María Elena es una artista tan atormentada por su propia mente que sufre unos arrebatos capaces de poner la piel de gallina al espectador por su autenticidad. A la vez, la exageración es tal que no hay problema para echarse unas risas. Aquí supongo que sí tenemos ventaja los españoles y que en otros países no les harán gracia esas ocurrencias del personaje de Cruz. Parecido es el efecto que provoca el actor que hace de padre de Bardem, con el cual nos reímos por escucharlo hablar en nuestro idioma como si estuviese ajeno a todo lo que le rodea.

La interpretación de Bardem también está muy lograda, pues va teniendo ante nosotros la evolución que tiene a los ojos del personaje de una de las norteamericanas. Tanto su físico como su carácter son perfectos para el papel que interpreta. El personaje de Johansson no es fácil de llevar a cabo, ya que está lleno de contradicciones y la joven actriz y desempeña sin problema. Hall, que es el rostro menos conocido de los cuatro, da vida al ser más típico de los films de Woody Allen: una estadounidense algo neurótica y cultureta que quiere tener toda su vida controlada porque considera que así tienen que ser las cosas. También ella es perfecta para este papel que, mucho antes que el de Bardem, podría funcionar como ese trasunto suyo que Allen tiende a incluir en todas sus obras.




El quinto personaje, esa voz en off tan presente, se podría haber limitado a aparecer en el inicio y en el final para recalcar que parece que nada ha cambiado, pero eso es sólo aparente… o incluso podría no decirnos ni eso, pero es que a Allen le gusta dejar muy clara su tesis. La canción con la que se ilustran los créditos iniciales, que luego se sigue utilizando es algo molesta, también.

Vale la pena ver ‘Vicky Cristina Barcelona’ aunque sólo sea por la pobre oferta que nos propone la cartelera, pero también porque sus momentos de mayor calidad son suficientes para que se pase un buen rato y que no prevalezca la sensación de haber perdido el tiempo o el dinero de la entrada. La curiosidad de ver a Bardem y a Cruz discutiendo como pareja con tal veracidad que parece que han trasladado sus disputas reales a la pantalla también provocará en muchos espectadores las ganas de acudir a la sala y, de ser así, es imposible que se salga decepcionado. A pesar de ello, en la lista donde ordené las películas de Allen de menos buena a mejor, tendría uno de los puestos más altos.






Vicky Cristina Barcelona ¿Woody?


No me lo esperaba. Queda claro cuando en el post de los estrenos de la semana me relamía con la llegada a los cines de lo nuevo de Woody Allen. Uno de mis directores favoritos, uno de los principales responsables de mi afición por el cine. Y me encuentro aburrido en la sala. Primero paciente, luego resignado, finalmente abatido. Al salir del cine, mon amour me preguntaba qué día iríamos a ver la nueva de Woody. Mi respuesta a su sardónica pregunta fue la misma que le dediqué a la película que acabábamos de ver… una silenciosa mueca de desagrado.

Woody Allen viene a España para dirigir su nueva película y parece que se pierde por el camino. Antes de la que nos ocupa, había rodado tres en Inglaterra. No recuerdo haber notado, al verlas, que se demostrara que habían sido rodadas allí, no recuerdo que la narración de la historia estuviera supeditada a la exhibición de los encantos del país, como si de un vulgar publirreportaje se tratara. En ‘Vicky Cristina Barcelona’ sí. Parece hecha para turistas, con una vaga y aburrida reflexión sobre el amor como excusa.




Suponía que Woody aprovecharía la ocasión para soltar sus habituales chistes sobre España o nuestras costumbres, que no perdería la oportunidad de mostrar la belleza de la ciudad de Barcelona. Pero de ahí a lo que he visto en ‘Vicky Cristina Barcelona’ hay un mundo. Para empezar, pocas veces me ha molestado tanto una banda sonora como la de este film, que casi consiste en la irritante repetición de dos temas; especialmente insufrible resulta oír tantas veces el estribillo del tema compuesto por Giulia y Los Tellarini.

Eso sí, para molesta, la primero cansina y luego insoportable voz en off del narrador de la historia. No es que sea innecesaria, es que se dedica a explicarnos lo que ya estamos viendo, sin que la acción requiera ningún tipo de aclaración. Realmente incomprensible. Como también el que haya momentos, en algunas secuencias, donde se enfoca el fondo, en lugar de mostrar de forma nítida a los protagonistas. No me explico cómo puede ocurrir eso en una película como ésta. ¿Usaron cámaras de ultimísima generación y no encontraban el botoncico del enfoque automático? ¿Será una broma de Woody sobre el cine español? Puede ser.




Inevitable hablar del reparto, por la entidad de sus actores y por ser un apartado que brilla casi siempre en los films de Allen. En este caso, al ser una obra tan mediocre, el trabajo de los intérpretestambién está por debajo de lo deseable, aunque no tanto como otras facetas de la película. Por cierto, y para que conste claramente, para mí el principal culpable es el genio neoyorquino, el director, el que debe llevar el timón, que naufraga de lo lindo, seguramente por responsabilidades monetarias, con uno de sus peores guiones (¿lo escribiste tú realmente, Woody, o fue alguna becaria?). Así pues, como iba diciendo, del reparto… destacar muy por encima del resto a Penélope Cruz. La gran sorpresa positiva de esta película; la única que parece que sabe lo que está haciendo y porqué. La actriz española está soberbia, impresionante, bellísima siempre y desquiciada cuando toca. Javier Bardem también tiene momentos buenos, inspirados, de actor que está sobrado y lo demuestra cuando le da la gana, pero no hay constancia en ese buen hacer, a menudo está en la escena simplemente posando, como otra parte del paisaje más que debe ser mostrada a los futuros turistas. Sigo apuntando a lo escrito por Allen, muy flojo, lleno de diálogos vacíos y estirados de forma cansina.

Del resto de los principales, volver a subrayar lo que ya llevo diciendo desde hace bastante tiempo: Scarlett Johansson es un maniquí. Siempre hace lo mismo, posar con sus morritos y lucir ropa ajustada. ¿Dónde está su supuesto talento como actriz? Sí, es muy guapa, pero también lo son otras actrices que han demostrado que valen para actuar. Por cierto, ¿no había nadie que pudiera enseñarle a coger mejor una cámara de fotos? Y no hablemos de las dos escenitas en las que se lía con Cruz… vaya manera de “acariciarle” la cara, ¡si parecía que le quería sacar un ojo! Rebecca Hall está mejor, quizá sólo porque Allen está muy acostumbrado a escribir y dirigir papeles de ese tipo, casi una versión femenina de sus típicos protagonistas neuróticos; sin embargo, el personaje se gasta muy pronto, cuando está claro que ha traicionado sus convicciones y sólo le queda hacer lo obvio, cosa que tarda bastante en aceptar, demasiado, para que finalmente no sirva de nada (podríamos hablar aquí del final, pero está tan clara la simplona moraleja que tampoco hay para debate). Y lo de Patricia Clarkson es otra tontería más del guión; surge por ahí, dice dos chorradas sacadas de la manga para provocar que la protagonista actúe en contra de sus convicciones y se acabó.

Hace poco comentaba las mejores películas de Woody. No esperaba tener que modificar mi selectísima lista, pero tampoco, ni de lejos, que ‘Vicky Cristina Barcelona’ fuese la peor película del cineasta. Quizá el tiempo, quizá las revisiones, la sitúen un poco más arriba, pero las sensaciones que me produjo, encontrarme completamente fuera de la película, bostezando, aburrido, frustrado por no encontrar nada de valor en lo que estaba viendo, me hacen ser así de contundente. No puedo decirotra cosa. Y por supuesto, no recomiendo ir al cine a ver lo nuevo de Woody Allen. Pero, como él mismo dijo una vez, no pasa nada, el año que viene estrena otra.






'Vicky Cristina Barcelona', las dos americanas y el amor


Que ‘Vicky Cristina Barcelona’ se haya llevado el Globo de Oro a la mejor película comedia o musical resulta cuando menos, sorprendente. Ya no me refiero a que películas como ‘Escondidos en Brujas’ lo merecen muchísimo más que ésta, sino a que la categoría de “comedia” suena a cachondeo. Y todo por la necesidad de querer etiquetarlo todo. La penúltima película de Woody Allen se encuentra más dentro del drama que de cualquier otro género. Tema aparte es lo que haya querido ver la prensa extranjera en Hollywood, influenciados sobre todo por el personaje al que da vida una pletórica Penélope Cruz, cuyas incursiones en la trama pueden llegar a provocar la carcajada, pero parten de situaciones totalmente dramáticas (más de lo que parece a simple vista). De ahí a decir que ‘Vicky Cristina Barcelona’ es una comedia hay un trecho verdaderamente largo. El tono es el de una comedia, pero lamentablemente el film se queda a medio camino de todo, algo de lo que se ha sorprendido prácticamente todo el mundo. Que Allen, con tanto buen cine a sus espaldas, nos haya regalado una película como ésta, puede parecer un claro síntoma de cansancio del gran director, o simplemente demuestra que los genios también se equivocan. Pero no nos pongamos condescendientes. ‘Vicky Cristina Barcelona’ no hay por dónde cogerla.




Esta vez Allen deja de lado a sus personajes obsesivos, de profundo calado bergmaniano, y en esta parte del film (desde el principio hasta la irrupción de un personaje que cambiará el curso de la historia), Allen se inspira claramente en el bello film de François Truffaut, ‘Las dos inglesas y el amor’, una de las películas más emotivas del director francés, y que ha servido de inspiración a gente como Martin Scorsese (concretamente en ‘La edad de la inocencia’). La situación es prácticamente idéntica, cambiando evidentemente el lugar (aquélla acontecía en París) y la nacionalidad de los personajes. Hasta el uso de la voz en off tiene la misma intención. Pero si en el film francés, ésta era un perfecto complemento a modo de narrador externo a los hechos (interpretado por el propio director), con connotaciones literarias, en el film de Allen, la voz molesta más que ayuda o viste. No sólo subraya en algún momento lo que ya estamos viendo en imágenes, sino que en otras nos narra algo que la imagen es incapaz de transmitir y por lo tanto no vemos. Esta alarmante falta de claridad de intenciones se extiende a los demás elementos del film, probablemente el más desequilibrado y tambaleante de toda la carrera de Allen.

La inteligente y original propuesta que Juan Antonio hace a las dos americanas presenta el primer conflicto de los personajes, al menos en teoría. Pero nada de eso, todo transcurre con la más absoluta tranquilidad y sin complicarse demasiado. Los personajes tienen reacciones que entran en la más absurda de las lógicas (nada que ver con los habituales personajes de Allen),y mientras tanto, el director neoyorkino se limita a ofrecernos un catálogo de Barcelona, como si no la conociésemos más que él (que demostrado queda con esta película que no la conoce en absoluto). Sus exteriores se limitan a lugares famosos; no es como cuando filma en Nueva York, que cualquier calle le vale para vestir al film con la atmósfera adecuada. Pero aquí no, y, o bien ha sido por su ignorancia con respecto a la ciudad, o porque simplemente Barcelona, por muy bonita que sea, no tiene el impresionante encanto que tiene Nueva York. De todos modos, éste es uno de los aspectos que menos importa en la película.




Cuando la ex-mujer del pintor hace acto de presencia, el film cambia de tono. Se vuelve casi una tragicomedia en la que nada de lo expuesto queda resuelto con convicción (lamentable el episodio de la pistola). Al menos podemos disfrutar de la brillante interpretación de Penélope Cruz, cuya actuación tapa los agujeros de un guión indigno de Allen. Es genial verla controlando a la perfección un personaje que sufre de desequilibrio emocional, no resultando histriónica en ningún momento, y ganándole la partida a unas perdidas Rebecca Hall y Scarlett Johansson. La primera da vida al personaje más típico dentro del universo Allen, y la segunda hace simplemente el tonto (no, no he encontrado otra forma de decirlo, limitado que es uno). Codeándose con todas Javier Bardem, con un personaje interesante, pero que termina convirtiéndose en algo muy, muy simple. A Patricia Clarkson y Kevin Dunn no merece la pena ni mentarlos, sus buenos nombres quedan manchados por lo puramente
anecdótico.





Al final la perplejidad se apodera del espectador, por decirlo suavemente. No me atreveré a decir que es la peor película de Woody Allen (servidor no puede con ‘Toma el dinero y corre’, por ejemplo), pero desde luego es la peor que ha realizado en los últimos años. La experiencia de rodar en nuestro país no creo que le haya satisfecho del todo (había tres proyectos para rodar aquí, y ya nada se sabe de eso). Ahora toca esperar ‘Whatever Works’, que ya tiene terminada, y con la que ha vuelto a su admirada Nueva York. Esperemos que el Greenwich Village le devuelva el talento por el que es conocido, y que en ‘Vicky Cristina Barcelona’ no asoma por ningún lado.
 
 
Extraído de Blog de Cine.

Si la cosa funciona, el último gran Woody.


'Si la cosa funciona', de la amargura al optimismo

Por Beatriz Maldivia



Comenzar a ver un film de Woody Allen es como un ritual. El mismo tipo de letra en los títulos de crédito y el mismo estilo musical de siempre nos sitúan, antes de mostrarnos ninguna imagen, en lo que vamos a presenciar a continuación. Las películas del neoyorquino, incluso las que más se despegan en argumento o género de su tónica habitual, suelen coincidir en elementos. Y en lo que siempre coinciden es en satisfacer, en mayor o menor medida. No he sido infiel ni una sola vez a la cita anual del cine de Allen y me extraña que alguien lo sea, pues el judío es un director y guionista que siempre puede aportarnos algo, que nunca se va a hacer duro de ver, que no pude decepcionarnos hasta el punto de perder el interés en lo siguiente que vaya a rodar… Es algo a lo que nos hemos acostumbrado, algo que, para una generación, ha estado ahí desde el principio. De momento, no nos podemos imaginar un año de cine sin un film de Woody Allen.


‘Si la cosa funciona’ —traducción más que libre de ‘Whatever Works’—nos habla de Boris Yellnikoff, un hombre maduro que siente que es demasiado inteligente para soportar la vida. Tras un intento fallido de suicidio, abandona a su mujer y se instala en un cuartucho, donde sobrevive dando clases de ajedrez a niños. Lo que no puede imaginarse es que una visita inesperada le cambiará la vida.

Tras lo resumido en la sinopsis, el argumento continúa avanzando, mostrando cambios, que se suceden tras esos acontecimientos, y continúa variando y modificándose, sin que, por ello, nos sorprenda lo más mínimo. Todos los sucesos serán lugares comunes en el cine de Allen o incluso similares a los de su vida personal. Los más estrambóticos serán, por el contrario, demasiado absurdos o casuales como para que nos los creamos. Así que nos los tomaremos simplemente como un chiste o como una crítica social, más que como el paso adelante en la evolución de los personajes que los sufren. En resumen: argumentalmente, ‘Si la cosa funciona’ no aporta nada, sino que todo lo bueno está alrededor de la historia narrada.


Podríamos dividir el cine de Allen en comedias y dramas, diferencia que él mismo estudió en ‘Melinda y Melinda’. Y sería difícil colocar de un lado o de otro ‘Si la cosa funciona’. Tiene bastante humor, pero menos, por ejemplo, que ‘Scoop’, por compararla con una reciente. Los comentarios sarcásticos que reparte por el metraje son de un nivel altísimo y están bien traídos. Allen vuelve a sus bromas sobre el judaísmo, la sociedad y sobre sus personajes. Además, recupera la diferencia social que había presentado en otras ocasiones, como por ejemplo en ‘Disparos sobre Broadway’ o ‘Un final made in Hollywood’, y se ríe de la incultura de los demás, sin llegar a ser ofensivo. He aquí ese aliciente que mencionaba en el párrafo anterior: aunque haya pocos, los chistes de esta película son lo que la convierte en buena.

Larry David es muy adecuado para encarnar al alter ego de Allen y hasta parecido en ciertos aspectos. Nos creemos muy bien en él la paranoia, la hipocondría, el sentimiento de superioridad… y los diálogos los transporta con perfecta soltura. Pero me parece alguien muy hierático en su forma de moverse y muy contenido en expresividad corporal. No sé si será en este papel o si será su manera de actuar en general —no lo he visto nunca en ‘Curb Your Enthusiasm‘—, pero el caso es que me faltó algo de dinamismo en su presencia. Y me dio la sensación de que estaba disfrazado, de que era alguien haciendo un personaje… no encontré una total naturalidad.


Evan Rachel Wood tiene una papeleta más difícil, pues su personaje cambia mucho en pocos minutos de metraje y no sólo tiene que comportarse de manera diferente, sino que, además, debe lograr que la veamos más guapa, según avanza el film. Lo consigue, transmite encanto y le sirve de maravilla como réplica a David, quien necesita lanzar sus ironías contra alguien y a quien no le vienen nada mal algunas contestaciones. Patricia Clarkson no tiene ningún problema en su transformación, similar a la de la hija, pero más extrema. Y lo mismo pasa con Ed Begley Jr. Para mí supone un descubrimiento Henry Cavill, aunque algunos a lo mejor ya lo han visto en ‘Los Tudor’, pues resulta tan irresistible como su personaje exige.

A pesar de que lo narrado es lo de siempre en Woody Allen, el tono trata de vendernos ‘Si la cosa funciona’ como una película profunda y reflexiva. Se podría entender así, ya que la voz del protagonista nos lanza pensamientos constantemente y cierra la película con un discurso a modo de conclusión. Hay a quien le han funcionado estas ideas y la ha percibido como emotiva. Sin embargo, para mí todo esto se ha quedado en el intento: la cosa no funciona. Supongo que dependerá de nosotros, más que de la cinta. Por ello, quizá muchos obtengáis más del film de lo que yo obtuve.



Por Juan Luis Caviaro


Todos los años acudo al cine, con gran ilusión, a ver lo nuevo de Woody Allen. Como ya sabéis, es uno de mis cineastas favoritos. Una de las ventajas de ser un fan del neoyorquino es que trabaja con una regularidad impresionante, así que no hay que esperar demasiado para ver su último trabajo. Claro que esto, paradójicamente, dota de una cierta irregularidad a su cine, pudiéndose uno encontrar con que un año entrega una película maravillosa, y al siguiente un entretenimiento pasajero. En todo caso, salvo alguna mala cosecha, el cineasta no suele caer bajo.


Precisamente, sentía especial interés por ver ‘Whatever Works’ para quitarme el mal sabor de boca que me dejó la que considero que es su peor obra, ‘Vicky Cristina Barcelona’, cuya mediocridad me dejó perplejo hace un año, planchado en la butaca. La primera vez que Woody Allen rodaba en España, sí, pero miremos lo que hizo cuando rodó en Londres… El cineasta debió revisar muy poco uno de sus peores guiones, y a los productores españoles les traería sin cuidado, pensando en lo que iba a recaudar una comedia donde Scarlett Johansson y Penélope Cruz se metían mano. En fin, un mal año. Desde hace una semana está en nuestros cines la siguiente, que afortunadamente es mucho mejor.

Decía Allen recientemente, mientras rodaba su nueva película (de nuevo en Londres), que nunca piensa en el título hasta que el trabajo ya está terminado, y ve el resultado completo. Entonces lo decide, según crea que es buena o mala, dando una pista al público, para que no se lleve un chasco. Si esto es así, y no otra broma de un hombre íntimamente vinculado al humor, parece que el director no apostaba demasiado por ‘Whatever Works’, traducida feamente en nuestro país como ‘Si la cosa funciona’.


En realidad, dejando a un lado las suposiciones, el título le viene estupendamente a la película. Primero, porque es una frase que el protagonista usa en varias ocasiones, para destacar la escasa relevancia (verdadera) de nuestros actos; segundo, porque la película, aun con sus errores y la modesta potencia de su motor, funciona, consigue su propósito, divierte y hace reflexionar. De hecho, el principal problema de ‘Whatever Works’ es que Woody Allen ya ha filmado otras como ésta, y le han salido mejores, más completas. Si por el contrario, esta película nos hubiera llegado un par de décadas atrás, el impacto sería mayor, y también su valoración.

Así podía haber sido, si Allen no llega a guardar el guión en ese famoso cajón a donde van todas sus ideas, hasta que llega el momento apropiado para rodarlas. Al parecer, escribió la historia de ‘Whatever Works’ pensando en que Zero Mostel interpretaría al protagonista; la muerte del cómico, en 1977, hizo que Allen se olvidara del guión. Treinta años después, ante la amenaza de huelga de los actores, el director de ‘Annie Hall’ se acuerda de la vieja historia de Boris Yellnikoff. La reescribe, actualizando las referencias políticas, y se lo entrega a su equipo de casting, con la esperanza de encontrar al protagonista adecuado.

A diferencia de lo que se ha aventurado en muchos textos sobre la película, Allen nunca se planteó dar vida a Boris, porque no se parece a él. Según sus propias palabras, el personaje es demasiado antipático para que él lo pudiese encarnar adecuadamente, el público no se pondría en su lugar, lo rechazaría; necesitaba a alguien que pudiera insultar y menospreciar a los demás, pero que al mismo tiempo cayera bien, resultara simpático. Cuando se le dio a Allen el nombre de Larry David, todo cobró sentido. David ya había trabajado para él en un par de ocasiones (en ‘Días de radio’ e ‘Historias de Nueva York’), pero ésta sería la primera vez que tendría un papel importante. Y lo cierto es que está perfecto, es justo lo que necesitaba este guión.



La película se beneficia del gran trabajo de Larry David, pero para que el conjunto funcionara era necesario igualmente encontrar a una actriz que encajara en el molde de Melodie St. Ann Celestine, una de las chicas clásicas del cine de Allen. Es la chica tonta, ingenua, muy viva y alegre (posiblemente por ser tonta), el contrapunto perfecto para el protagonista, pesimista y amargado, con la idea del fin del universo siempre en mente. Uno ve a David en el personaje y cree firmemente que el hombre no haya necesitado mucho esfuerzo para interpretarlo (recomiendo desde aquí su desternillante serie ‘Curb Your Enthusiasm’). No sé hasta qué punto Evan Rachel Wood es como Melody, pero lo cierto es que la chica está impecable. Al parecer, el acento sureño lo incorporó después de que Allen le diera el papel, lo cual viene a confirmar que Wood se tomó muy en serio el trabajo.

La película brilla cuando gira en torno a estos dos personajes, Boris y Melody, pero pierde fuerza cuando se desvía para contarnos otros encuentros, otros romances (Henry Cavill es muy guapo, pero tiene el talento de un muñeco de cera) y otras vivencias paralelas. Cuando el destino, siempre presente en el cine de Allen, trae a escena a los padres de Melody (Patricia Clarkson y Ed Begley Jr.), baja bastante el interés, pues aunque haya momentos simpáticos a costa de estos dos personajes, con los que el neoyorquino puede jugar ampliamente, se interrumpe lo que verdaderamente importa, la relación entre el tipo trágico y la chica cómica, dando la impresión de que se han unido, torpemente, dos historias en un mismo guión.

Pasando por alto la escasa fortuna de Allen en este aspecto, y que se llegue a un desenlace que me parece muy forzado, creo que ‘Whatever Works’ es una de sus mejores películas. A mi compañera Beatriz no le parece que funcione, y estoy seguro que no es la única que lo piensa. Es una película muy irregular, llena de imperfecciones, pero también, sobre todo, con grandes aciertos. Logró hacerme reír a carcajadas (creedme, no soy de los que se ríen fácilmente en una sala de cine) y las reflexiones del protagonista sobre la vida y la sociedad son viejas, pero no dejan de ser acertadas y necesarias. La vida puede ser triste y monótona, corta y fugaz, pero siempre podemos recurrir al cine de Woody Allen, profundo y divertido.


Ficha técnica ampliada


Título: Si la cosa funciona
Título original: Whatever Works
Dirección: Woody Allen
País: Francia, Estados Unidos
Año: 2009
Duración: 92 min.
Género: Romance, Comedia

Reparto: Larry David, Adam Brooks, Lyle Kanouse, Michael McKean, Clifford Lee Dickson, Yolonda Ross, Carolyn McCormick, Samantha Bee, Conleth Hill, Marcia DeBonis, Evan Rachel Wood, John Gallagher Jr., Willa Cuthrell-Tuttleman, Nicole Patrick, Patricia Clarkson, Henry Cavill, Olek Krupa, Ed Begley Jr., Christopher Evan Welch, Jessica Hecht, Lindsay Michelle Nader, Armand Schultz

Web: www.sonyclassics.com/whateverworks
Distribuidora: TriPictures
Productora: Gravier Productions, Perdido Productions, Wild Bunch
Presupuesto: 15.000.000,00 $
Casting: Ali Farrell David H. Kramer Juliet Taylor, Laura Rosenthal
Coproducción: Helen Robin
Coproducción ejecutiva: Charles H. Joffe, Jack Rollins
Departamento artístico: Andrew Spagnoli, Anne Miller, Beth Kuhn, Glenn Lloyd, James Granger, Manny Sanchez, Mark Pollard, Richard Tenewitz, Rodney Sterbenz
Departamento editorial: Kate Rose Itzkowitz, Morgan Neville, Tim Stipan

Dirección: Woody Allen

Diseño de producción: Santo Loquasto
Efectos visuales: Charles Lapage, Dana Bloder, David Piombino
Fotografía: Harris Savides
Guión: Woody Allen
Montaje: Alisa Lepselter
Producción ejecutiva: Brahim Chioua, Vincent Maraval
Sonido: David Wahnon, Gary Alper, Jason Stasium, Jay Peck, Lee Dichter
Vestuario: Patrick Wiley Suzy Benzinger

Fuente: Blog de cine

martes, 12 de diciembre de 2017

Nuevo film, nuevo afiche.

Se conoció el primer afiche de la nueva película de Woody Allen, Wonder Wheel

El director, que tiene 82 años, se prepara para lanzar su nuevo trabajo




Está a punto de cumplir 82 años, pero jubilarse no parece una opción para su vida. A pesar de su edad, Woody Allen , sigue trabajando y realizando películas. El director se prepara para estrenar Wonder Wheel, y mientras ultima los detalles de post producción que faltan para el gran día, hizo el lanzamiento oficial del poster del largometraje.


Este film se trata del tercer proyecto que realiza para Amazon Studios, habiendo lanzado anteriormente Cafe Society y Crisis in Six Scenes en el 2016. Wonder Wheel está ambientada en los años 50 y transcurre en un parque de diversiones de Coney Island. Kate Winslet , Justin Timberlake , Juno Temple, Tony Sirico, Steve Schirripa, Debi Mazar y Jim Belushi conforman el elenco que le da vida a la historia. La película se estrenará el 22 de diciembre a nivel mundial, aunque se podrá ver unos días antes durante el Festival de Cine de Nueva York.


Fuente: www.lanacion.com.ar

Las actrices de Woody: Jessica Harper


  • Jessica Harper es una actriz, escritora, productora y cantante estadounidense. Nació el 10 de octubre de 1949 en Chicago, Illinois. En el cine, sin duda, ganó fama gracias a las películas de los años 70 entre las que destacan las películas de horror como: Suspiria de Dario Argento y El fantasma del paraíso de Brian De Palma, en la cual también destacó su potencial como cantante.

    Biografía

    Jessica Harper es hija de la escritora Eleonor Emery y el pintor Paul Church Harper. Empezó su carrera artística mudándose a Nueva York después de graduarse de la Universidad de Sarah Lawrence. Tiene un hermano gemelo, Charles y dos hermanas, Lindsay Harper duPont y Diane Harper.


Carrera

Su primer gran lanzamiento fue como suplente en la obra de Broadway "Hair". Después de ello siguió suplantando a otros actores como Diane Keaton, Keith Carradine y Meat Loaf.
Durante los años 70 y 80 se consagró como una reina de los filmes de culto siendo su primera aparición en El fantasma del paraíso de Brian De Palma, al lado de Paul Williams y William Finley. Luego apareció en la cinta Insertos de John Byrum, una polémica película al lado de Richard Dreyfuss, y por la cual se convirtió en la primera actriz en aparecer en una película teniendo sexo explícito. En 1977 aparece en uno de los clásicos de culto más aclamados de todos los tiempos, Suspiria, del italiano Dario Argento.
También apareció en dos filmes de Woody Allen, La última noche de Boris Grushenko y Recuerdos, en las cuales trabajó con actores como Diane Keaton, Marie-Christine Barrault y Daniel Stern.
En 1981 aparece en Shock Treatment en la cual demostró su potencial como cantante de rock. También coprotagonizó junto con Steve Martin, Dinero caído del cielo.
Al lado de Peter O'Toole protagonizó la comedia Mi año favorito dirigida por Richard Benjamin. Después su carrera como actriz se enfrió debido a que los directores no sabían como aprovechar o utilizar su extraño pero único talento.
Desde 1990 se ha dedicado a escribir libros para niños y componer canciones infantiles. Entre sus recientes incursiones en el cine destacan Sentencia Previa (Minority Report) de Steven Spielberg.

Vida personal

En 1989 se casó con el ejecutivo de Twentieth Century-Fox, Tom Rothman, con quien tiene 2 hijas Elizabeth (1989) y Nora (1991).

  • Recuerdos




  • Filmografía

  • Feature films
    AñoFilmRolNotas
    1972-1974Rameau's Nephew por Diderot Wilma Schoencarácter indefinidocine experimental
    1973The Garden PartyPeggyCortometraje
    1974InsertsCathy Cake
    Un fantasma en el paraiso Phoenix
    1975La última noche de Boris GrushenkoNatasha
    1977SuspiriaSuzy Bannion
    Hawaii Five-OSunny MandellTelevisión series, 1 episodio
    AspenKit KendrickMini-series
    1978Little WomenJo MarchTelevisión film
    1979The EvictorsRuth Watkins
    1980RecuerdosDaisy
    1981Shock TreatmentJanet Majors
    Pennies from HeavenJoan
    1982My Favorite YearK.C. Downing
    1985When Dreams Come TrueAnnieTelevisión film
    1986The ImagemakerCynthia
    1987Once AgainCarrieTelevisión film
    1988The Blue IguanaCora
    1989Big Man on CampusDr. Fisk
    Eat a Bowl of Teaprostituta americanaUncredited
    1993Mr. WonderfulFunny Face
    1995SafeJoyce
    1996BoysMrs. John Baker
    The Story First: Behind the UnabomberLindaTelevisión film
    1997On the Edge of InnocenceAlice WalkerTelevisión film
    2002Minority ReportAnne Lively
    2005Crossing JordanDorris Meisnerseries TV, 1 episodio
    2015Proof"Cat's" madreserie de TV1 episodio

  • Fuente: es.wikipedia.org/wiki/Jessica_Harper