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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

martes, 17 de octubre de 2017

Retrato 2.


Woody Allen, por Miles Palmer.


EL SIMPATICO NEOYORQUINO

En estos tiempos en que los ocurrentes sostienen que para ser neoyorquino es preciso olvidarse de decir "lo siento", Woody Allen se disculpa más tarde que nadie. Hasta de ser él: el hombre siempre ha dicho que lamentaba no ser otra persona.

Allen Stewart Konigsberg nació en Brooklyn el primero de diciembre de 1935. Su padre fue sucesivamente camarero , chófer de taxi y grabador de joyería. Su madre llevaba la contabilidad en una floristería de Manhattan. Desde sus años de bachiller Woody escribía chístes, que vendía a una agencia de relaciones públicas la cual a su vez los hacía publicar en las columnas de cotilleo, puestos en boca de estrellas de cine que eran clientes de la agencia. Por esta época se cambió el nombre. En lugar de llamarse como la famosa cerveza, quiso evocar algo americano. En 1968, al cruzarse  los caminos de Woody con los del editor de films Ralph Rosenblum, ambos advirtieron que tenían mucho en común. En su libro "Al terminar la filmación empieza el montaje", Rosemblum, nacido en 1925, brinda una descripción objetiva y desapasionada de la comunidad judía de Brooklyn, dentro de la cual pasó los primeros veinte años de su vida:

Bensonhurst era más aseado, tranquilo y educado que el Bajo Este, siempre inclinado al jaleo, donde se apiñaban los inmigrantes pobres, cuyos usos y costumbres privaban. Se hubiese dicho que todos ellos aferraban desesperadamente al nicho que con tanto trabajo habían labrado para ellos. El provecho, el afán de superarse a sí mismos y una ruda noción de la practicidad regían todo. El régimen impuesto era poco alegre, acaso porque obedecía al peso de la gran depreción que se originaria en 1929. Diez años más tarde, cuando Woody Allen crecía en el mismo medio, los valores reinantes y su opresora conformidad eran aún los que prevalecían.





Al comenzar Woody su carrera de chistoso profesional, la tradición y la tecnología de la diversión habían alcanzado un desarrollo interesante. Buster Keaton, Harold Lloyd y Harry Langdon no dejaron de hacer reír hasta el advenimiento del cine hablado. En la década de los treinta, algunas de las estrellas de vodevil y de Broadway se pasaron al cine. Como ejemplos, basta citar z W.C.Fields, Jimmy Durante y Eddie Cantor. Más adelante, las tradiciones del vodevil iban a trasladarse al original y comediantes como Jackie Gleason, Sid Caesar y Milton Berle se transformaron en super estrellas del nuevo medio durante la década de los cincuenta.

En aquellos días toda la televisión se emitía en directo. Los actores no estaban protegidos por la tecnología, como hoy. Cada espacio de sesenta o noventa minutos era una revista cómica que vivía o perecía de momento en momento ante una audiencia real en los estudios y salía al aire tal como era captada por las cámaras. El rey de aquella época peligrosa fue un hombre venerado o, al menos respetado por sus colegas: Sid Caesar. Su humor era más sofisticado y satírico que el de sus rivales. Fue sin duda leyenda viva del show norteamericano, aunque apenas se le conozca fuera de los Estados Unidos, por razones que veremos.

Al dar comienzo el programa "Para usted, el show de los shows", el guapo de Sid aún no había cumplido los treinta años y era un dínamo. Un gran dínamo, puesto que medía más de un metro ochenta. Dijo de él Mel Brooks: "podría destruir un Buick sirviéndose sólo de sus manos. Le bastaría darle con el puño en el radiador". El éxito de Sid fue inmenso. El show de los shows se extendió por espacio de cuatro temporadas, tras las cuales hizo durante tres el espacio "La hora de César". El show de los shows contó siempre con excelentes guionistas: Mel Brooks, Lucille Kallen, Mell Tolkin y, durante cierto tiempo, Neil Simon y su hermano Danny. Entre quienes hicieron "La hora de César" se contaba Carl Reiner (quien más tarde dirigió "¡Donde está papá?" y más recientemente "El respingo", Larry Gelbart (creador de M.A.S.H.) y el precoz Woody Allen, quien se incorporó al grupo cuando contaba unos veinticinco años.

Al finalizar la última serie (Sid Caesar te invita), en 1959, el hombre tan ampliamente reconocido como el mejor comediante en la historia de la televisión, desapareció de las pantallas. De la noche a la mañana se esfumaba un gigante, obligado a un prematuro retiro. Sid se encerró en su mansión fortaleza de Beverly Hills. Diez años es toda una vida en televisión. El meteórico Sid se quemó en una década porque debía mucha de su gloria a quienes le acompañaban y al equipo que le escribía los guiones. Había alcanzado el estrellato con tal celeridad que no supo de adiestramientos. De haber comenzado por abajo acaso aprendiera a cantar, bailar y encarnar papeles teatrales. Como no fue así, se encontró con que le faltaba la versatilidad de otros, preparados con tiempo para cumplir largas carreras.

Esto contituyó tal vez una saludable lección para Woody, que había observado al poderoso Sid plantarse cada noche ante grandes auditorios sabedor de que cualquier equivocación que cometiera se vería en todo el país, de costa a costa. El hombre que fuera un héroe semanal durante diez años, de golpe quedó anticuado. Fue tal vez por entonces que Woody se planteó la necesidad de planificar una carrera teatral de larga duración, con especial apoyo en los éxitos que se pudieran cosechar a mediana edad.

Resultó que era capaz de usar su habilidad de escritor para transformarse en comediante y emplear su éxito de comediante para obtener trabajo como guionista de películas y, más tarde, como director.

La conocida crítica de cine Pauline Kael fue siempre una gran admiradora de Woody. Ha destacado en estos términos lo cortés que es y las maneras comedidas que le caracterizan:

Woody Allen se nos aparece como un adolescente golpeado y siempre temeroso. Un poco demasiado bueno y también demasiado sujeto a amenazas como para permitirse ser agresivo. Tiene la osadía muy urbana del renacuajo que se pone a usar el lenguaje como medio de protección para descubrir luego que el lenguaje posee vida propia. La guerra entre el manso y el subrreal --entre el asustado chico que trata de preservar la paz y el sabio cuyas fantasías subversivas no dejan escapar de su boca-- ha sido la fuente de la comedia en sus films.

Encontró un modo no agresivo de habérselas con las presiones urbanas: ser siempre simpático, no insultar jamás, (cosa que hace la mayoría de los comediantes neoyorquinos) y contar chistes sin incurrir en cinismo alguno. Nos deleita el espectáculo de su falta de defensas y aun su modo de actuar, en que siempre parece decir: "no deseo causar ningún mal a nadie; no quiero dañar". Nos deleita porque vemos en él a un arquetipo de cordura. Respetamos esa cordura... y es desde esa base desde la que Woody levanta el vuelo.


Otros chicos judíos de Brooklyn no han sido tan sensatos, Norman Mailer se transformó en un golfo genial, con una reputación de mal gusto y de inclinación por conducirse mal en público, que se ha extendido por tres décadas. Viendo a Mailer borracho y considerando sus alardes de matón al abrirse camino con los dos puños a través de orgías de inflada prosa y amenazando con estallar en una gigantesca explosión de autoengaño, nos preguntamos a veces si algún otro país fuera de los Estados Unidos podría haberle dado vida y hasta si otro país lo habría tan solo tolerado.


Hoy, los recientes films de Woody Allen triunfan en las grandes ciudades porque lo que en ellos describe, dramatiza y satiriza, resulta totalmente urbano. Las ciudades son infinitamente interesantes y divertidas; pero Nueva York ofrece especial abundancia de materia prima, como lo prueban los trabajos de Runyon sobre Broadway, los de Scorcese sobre el barrio Pequeña Italia y los de Allen sobre Manhattan.

En comparación, la vida de Los Angeles, donde se pueden esperar trescientos cuarenta días soleados por año y se dispone de cuarenta millas de playa, parece más apropiada para la música rock que para las películas. Me refiero a sentimientos pacíficos y sin problemas, a la rapidez con que es posible circular por sus calles y todo eso: ¡Algunas, como el Wilshire Boulevard, tiene más de veinte millas de extensión! El paraíso es el sol, los automóviles rápidos y el próximo encuentro con alguien del otro sexo. Los estilos de vida son agradables, despreocupados, pasajeros y, al final, tediosos. En cambio Nueva York es una ciudad estimulante, un centro de oportunidades, desafíos y subculturas; de parias, vida callejera y clandestinidad. Y de clubes. Hay clubes de jazz, música folk y de nueva ola; discotecas roqueras y teatros "off-off-Broadway"; galerías e infinidad de sucesos que sirven para inspirar historias y obras de teatro. Escenarios, naves y estudios permiten la experimentación y, al proliferar, se fertilizan entre sí.

En Los Angeles no hay movimiento "underground". Todo gira en torno a los grandes nombres y los grandes tratos. Resulta casi imposible ser descubierto allí. No se va a Los Angeles para consagrarse, sino para, una vez consagrado, conseguir mayor consagración.

Otro genio de la comedia brotado del barrio judío de Manhattan es Neil Simon, quien se fue a vivir a California con la actriz Marsha Mason tras la trágica muerte de su esposa Joan. El rey de los escritores de comedias se vió obligado a abandonar su medio para poder escapar de los fantasmas de su pasado y comenzar una nueva vida con su segunda mujer. La revista Play Boy le entrevistó al cumplirse los tres años desde que dejara Nueva York. Simon dijo que nunca podría convertirse en californiano, así viviese cincuenta años más en Los Angeles. Veía lo bueno de las dos ciudades, pero el problema era otro. "Hay muchísimas cosas que me gustan de California, pero echo a faltar la trepidación y la carga casi eléctrica que te impone Nueva York".




Los puntos de vista de Simon, como es característico en él, fueron ventilados con laconismo y buen humor: "Por ejemplo en Nueva York me gusta ir por las calles y encontrar gente que dice  ¿Cómo estás? ¿Que programa tienes para mañana a la noche? En cambio en Los Angeles no te encuentras nunca con nadie que vaya por ahí despreocupadamente. Si hallas a algún conocido, invariablemente está metido en negocios vinculados con el espectáculo y no sabe hablar de otra cosa. Y algo más: en California todos adoptan una especie de sonrisa de plástico y quieren hacer la vida agradable cueste lo que cueste. Le han extraído lo conflictual. Creo que en la baja California la gente se preocupa por hacer de sus vidas algo agradable, mientras que en Nueva York se interesan ante todo por hacerlas interesantes. Si tuviese que esbozar una comparación diría que cuando hay cinco grados bajo cero (Fahrenheit) en Nueva York, hay setenta y ocho en Los Angeles; y si hay ciento diez en Nueva York, sigue habiendo setenta y ocho en Los Angeles. Pero hay dos millones de personas interesantes en Nueva York y tan solo setenta y ocho en Los Angeles. Si hay más, son difíciles de hallar. En Los Angeles todo el mundo sueña con ser director de cine. Es lo único que oyes decir a la gente: Bueno, lo que realmente quiero es dirigir películas."

Muchos de los elementos más creativos de Norteamérica sienten el mismo impulso. Al Pacino sigue viviendo en el apartamento bohemio y en cierto modo modesto que ha ocupado durante largos años. De Los Angeles ha dicho el director Paul Mazursky: "La ciudad es cosa de las grandes productoras, de modo que es imposible no hablar de cine; pero la regeneración es posible. Surge ya del village, donde se prodiga humanismo y existen teatros y libros".

Al comenzar la carrera de Woody Allen,. éste no se sentía demasiado atraído por la vida algo indolente de la costa oeste. Woody siempre supo quién era, dónde estaba, lo que era y dónde quería permanecer. Sabía ya que Malibú te da masajes mientras Manhattan te vigoriza. Pensaba que California era algo que era preciso evitar, si se podía. "Cuando era un chico", dijo a la revista Time en cierta ocasión, "siempre procuré no dejarme seducir por la posibilidcad de escribir para la televisión. Ganaba ya mucho dinero pero sabía que estaba en una vía muerta. Si te dejas seducir por un estilo de vida y te mudas a California, a los seis meses quieres ser productor".

En términos generales, Woody se muestra de acuerdo con Neil Simon. "Me gustan las ciudades", dice, "Y podéis creerme que cuando afirmo conocer el tema. Pero de todas cuantas conozco, Nueva York es para mí la mejor, simplemente porque es excitante y activa. París suscita sensaciones parecidas: podría vivir allí muy feliz. En cambio no me gusta Los Angeles. No es una ciudad. Viví en Londres unos ocho meses y me va muy bien; pero prefiero París. Lo que siento sobre Nueva York no es nada fácil de explicar en pocas palabras. Creo que tiene que ver con le ritmo urbano. Lo sientes en cuanto pones un pie en la calle. Hay en Nueva York centenares de buenos restaurantes, miles de pinturas brillantes. Puedes ver todos los films antiguos y todos los nuevos... Sin embargo no se trata sólo de eso. No es eso lo que la diferencia tanto de otras ciudades. Tiene un ritmo intangible. París lo tiene parecido. Londres no. Es algo que tiene que ver con los nervios, con la presión sanguínea de la ciudad. Es peligrosa, bullanguera. No es pacífica ni relajada y a causa de ello te sientes más vivo en ella, más vinculado a lo que la gente, según se supone, ha de sentir con respecto al mundo. En cierto modo es más darwiniana. Se suscitan en ella más conflictos que en cualquier otra parte. La lucha por la vida es aquí mucho más apasionada que en Los Angeles, para seguir con el ejemplo. Allí todo es agradable. Quiero decir... bueno, toda esa gente sentada en sus bañeras. ¿Puedes imaginarte eso?".

Woody vierte muchos elogios sobre los comediantes ingleses. En un ejemplar de Film´78 le dice al productor Lanin Johnstone que siempre ha sido partidario fogoso del humor inglés. "Siempre me han chiflado esas películas de los cincuenta y también, en parte, las de los sesenta. Las de Peter Sellers y Alec Guinness son estupendas, sensacionales. Soy un hincha incondicional, absolutamente incondicional de la comicidad inglesa. Alistair Sim, los actores de Beyond the Fringe... Hasta hoy no han dejado de hacerme reír. Cuando veo a Cook en Nueva York le encuentro siempre graciosísimo. Y, si puedo, no me pierdo a Monty Python".

También ha sido bueno y generoso con sus asociados. El editor Rosenblúm dice que ha hecho progresar en sus carreras a muchos de ellos y que es pródigo con la gente que él valora. "Ex-esposas y amiguitas desempeñan a veces papeles estelares en sus films y algunos actores con papeles irrisorios figuran en grandes letras en el reparto. El reconocimiento que hizo de mi trabajo en Annie Hall y en Interiores son, que yo recuerde, los únicos ejemplos en que un editor ha recibido tal honor".

El año pasado, la sala de cine llamada New Yorker Cinema en Broadway y la calle Ochenta y ocho, dedicó una temporada a Woody, la cual se publicitó como Festival de películas de Woody Allen en el New Yorker. Se pasaron nueve films suyos y los aficionados pudieron ver hasta seis de ellos en un sólo día, ¿Deseaba aún ser otra persona? Probablemente. Al menos Fassbinder no tiene que aguantar las acometidas contínuas de los pelmazos a quienes no conoces de nada y que se te pegan en la calle para dar palmaditas a lo que, según se estíma, es un verdadero hervidero de risas. Y tampoco tiene que escuchar su nombre gritado a cada instante desde los autos y los camiones que pasan.



Extraído de Woody Allen, biografía ilustrada, por Miles Palmer, Los libros de Plon, Barcelona, Septiembre 1981.

lunes, 16 de octubre de 2017

Soñar, soñar.

Medianoche en París, de Woody Allen


Medianoche en París, de Woody Allen
 
por Sebastián Santillán
Yo no quiero realismo, quiero magia.”
Blanche DuBois en Un Tranvía Llamado Deseo
Desde su origen la historia del cine ha estado íntimamente ligada a la urbanidad. La ciudad, epicentro material y conceptual de la modernidad, excedió desde un comienzo el carácter de eventual telón de fondo. Las ciudades tienen su propia personalidad, determinan no sólo el espacio sino también las relaciones posibles que se establecen entre las personas. Así, el cine ha mantenido un vínculo especial con dos ciudades, New York y Paris, sin dudas las más representadas en las pantallas cinematográficas (también Los Ángeles, aunque como brillantemente expuso Thom Andersen en su seminal Los Ángeles plays itself el cine operó sobre ella una sistemática falsificación).
Con Medianoche en Paris, su película más popular en bastante tiempo, Woody Allen, el cineasta que mejor ha expuesto la psicosis que caracteriza a New York (o, mejor dicho, la que el cine nos ha enseñado que la caracteriza), desembarca en Paris, la otra gran ciudad cinematográfica, sin ocultar en ningún momento una mirada marcada por la fascinación e idealización. La Paris de Allen no es la de Sarkozy, el ascenso de la derecha conservadora y los graves conflictos raciales, sino la Paris de la cultura, los ideales, el buen vivir y la vida de ensueño (aunque no se lo explicite como personaje, la figura de André Breton atraviesa toda la película).
Así establecido, el comienzo del film de Allen deja en evidencia que su recorte tendrá que ver con el ensoñamiento: vemos una serie de imágenes de lugares turísticos habituales de Paris (el Sacré Cœur, el Moulin Rouge, la catedral de Notre Dame, etc.), cual postales listas para enviar. Ese cliché turístico de la ciudad definirá un pacto explícito con el espectador: la visión que se propondrá será la del extranjero, del que aún puede asombrarse.
Esta vez Allen delega su rol de soñador en Gil Pender (Owen Wilson en una de sus mejores interpretaciones, a la altura de esa subestimada gema que es Los Rompebodas), guionista estadounidense con cierto prestigio en la escritura de guiones industriales, que está comprometido (por razones no establecidas) con una insoportable señorita de clase alta tilinguera, y que tiene la mala suerte de visitar su amada Paris junto con los padres de ella, estereotipo de la familia conservadora, que incluso simpatizan con el Tea Party. Todo sigue el sinuoso camino que tal combinación de personalidades anticipa, hasta que acontece el suceso fantástico, añorado y a la vez inesperado: un vehículo cada medianoche le brindará el ticket mágico para transportarse a la Paris de los años veinte, su época añorada, la de la bohemia a flor de piel, donde los artistas, intelectuales y marginales se entremezclan. Cada encuentro con afamados le significará una revelación, ya sea con la visionaria editora Gertrude Stein, el pasional Ernest Hemingway (que se roba las mejores líneas) o un dubitativo Luis Buñuel (el chiste sobre el origen de El Ángel Exterminador se le computará entre los mejores de la carrera de Allen). Pero la revelación mayor la encontrará en una señorita anónima, olvidada por la historia, cuya belleza inspiró a grandes maestros. De ella se enamorará, naturalmente, en un arrebato de amour fou, de los que Paris suele provocar.
Medianoche en Paris es una fábula que encierra en sí una metáfora sobre el cine mismo, el lugar donde se nos permite transportarnos en tiempo y espacio hasta los lugares más recónditos y añorados. Pero Allen, consciente de los riesgos de la nostalgia, deja una luz de esperanza. El presente, inexorable e inevitable, también puede ser un lugar de ensoñación, de caminatas bajo la lluvia en un puente mítico junto a una belleza radiante. Y allí está el cine para capturarlo. Porque, como decía André Bazin, el cine sustituye nuestra mirada por un mundo más en armonía con nuestros deseos. Y Medianoche en Paris también es una historia de ese mundo.

TítuloMedianoche en Paris
Titulo originalMidnight in Paris
Año: 2011
Duración: 100 minutos
Origen: Estados Unidos - España - Francia
Intérpretes: Owen Wilson, Marion Cotillard, Rachel McAdams, Carla Bruni, Kathy Bates, Adrien Brody, Michael Sheen
Director: Woody Allen
Guionista: Woody Allen
Director de fotografía: Darius Khondji
Montaje: Alisa Lepselter
Sitio oficial: http://www.sonyclassics.com/midnightinparis/
Estreno en Argentina: 30 de junio de 2011


Fuente: http://www.marienbad.com.ar/critica/medianoche-en-paris

miércoles, 4 de octubre de 2017

Para el sábado a la noche...

La comedia sexual de una noche de verano, de Woody Allen


No suele recordarse La comedia sexual de una noche de verano (A midsummer night’s sex comedy, Orion/Warner Bros., 1982) dentro de la ya vastísima filmografía de Woody Allen, cuando lo cierto es que se trata de una de sus mejores películas, incluso si solo nos centramos en la primera parte de su obra, aquella que cuenta con lo mejor de lo ofrecido por el cineasta.

Se trata de una película construida entre opuestos: una visión romántica (del romanticismo) frente a una realista; el poder de la imaginación como una forma de sentir y vivir, frente al frío racionalismo del positivismo; la esquizofrenia que dividió lo natural de lo sobrenatural.

Civilización y barbarie juntas, aspecto que en este caso correspondería a la ciudad (en este relato en off, salvo brevemente al principio), frente al contacto con la naturaleza y con la creatividad: el personaje de Woody Allen es un inventor que en la “civilización” trabaja en la bolsa (lo que da lugar a otro divertido comentario). En fin, toda una encrucijada que se resuelve de forma amena y vitalista.

La película plantea cuestiones muy interesantes, por ejemplo, hasta qué punto puede suplir el arte el vacío de las relaciones llamadas “sentimentales”, sobre todo en la búsqueda de un “igual”. En este sentido, el cerebral filósofo Leopoldo (magnífico José Ferrer) tampoco logrará alcanzar la plenitud deseada solo con el arte. Finalmente, sucumbirá a la pasión (de forma más civilizada, es decir, con modales más impostados, aunque el impulso del deseo sea el mismo), en un postrer y satisfactorio acto de humanidad. 


El otro gran tema de la película es el de las oportunidades perdidas, o si se quiere, el de las segundas oportunidades, encarnadas en Andrew (Woody Allen) y Ariel (Mia Farrow), los cuales descubrirán que no todo es cuestión de oportunidad, precisamente, sino de sentimiento, tanto en la juventud como en la madurez. Así, el regreso al lugar de su idilio se torna fastidioso, y una vez consumado el deseo de la atracción, el episodio no se resuelve como esperaban. Pero, del mismo modo, aprenderán que los auténticos lazos amorosos no pueden obviarse, persisten y se traban en el propio ser, como al final les sucede a Andrew y Adrian (Mary Steenburgen); ambos redescubrirán su amor después de liberarse del pasado.


El eje del relato es Leopoldo (el ya referido José Ferrer), el filósofo que reniega de lo “popular” por considerarlo vulgar y así poder abarcar únicamente aquello que es sublime: todos esos momentos de dignidad proporcionados por la condición humana a lo largo de los siglos. Para Leopoldo solo tiene razón de ser la razón fría de los datos empíricos, nada existe más allá de lo que es percibido por los sentidos.

Pero estamos, aún en el campo (que yo recuerde se trata de la única película del autor que se desarrolla fuera de la ciudad), en la época de los felices veinte, de los ingenios mecánicos, los avances médicos y los inventos domésticos… los paseos veraniegos con sombrilla; y aún queda espacio para lo mágico, lo maravilloso.

La labor de Woody Allen es impecable, destaca el gusto por la composición del plano, por unos personajes que aparecen y desaparecen del mismo, junto a su integración en el entorno por medio del plano medio-general.


Regocijante “Sturm und Drang”, La comedia sexual de una noche de verano es la película más optimista de Woody Allen. Probablemente la más hermosa. Ni que decir tienen que la belleza se une a lo útil por medio de la fotografía de Gordon Willis y el extraordinario acompañamiento musical de Félix Mendelssohn, el compositor al que sobraron las palabras.

Escrito por Javier C. Aguilera


http://bauldelcastillo.blogspot.com.ar/search?q=Woody+Allen

De Bergman a Woody Allen.


DE LA ANGUSTIA MODERNA A LA HIPOCONDRÍA POSMODERNA. 

POR PAULA LÓPEZ MONTERO


No es casual, que uno de los referentes que siempre se apuntan en las influencias filmográficas de Woody Allen sea Ingmar Bergman. Pero prefiero, antes de nada, que tal dialéctica surgida en los albores de mis reflexiones sobre ambos directores no sea tomada como teoría, sino como lectura a dos cineastas que profeso admiración y debo al menos la conmoción necesaria en todos los casos para bien-escribir.Una lectura que es -debo seguir excusando-personal y está arrojada a posibles y libres interpretaciones-siempre vuestras-. Cuando digo que no es casual, entonces aludo a que no es para mi casual y que tiene, en cierta medida, sentido lo que a continuación con cuidado os expongo.

Bien es sabido que la angustia como tal ha sido uno de las grandes emociones que ha caracterizado al ser humano desde la caída del paraíso eterno, pero mucho más si puntuamos la fecha de muerte de Dios con el libro La gaya ciencia de Nietzsche escrito en 1882, pero que tenía como precursores en un clima latente a Dostoyevski en Los hermanos Karamazov (1880) y a Hegel con su Fenomenología del espíritu(1807). Apenas unos años después (1896) Edvard Munch pintaba su obra Angst. Tomo de éste último una frase que arroja luz sobre este estado:
“Me atenazaba el miedo a morir; el miedo me acosó durante toda la juventud.”

La muerte se presentaba como el final del final, ya no había salvación. La responsabilidad entonces caía sobre los hombros de todos los hombres, cuyo peso responsable de la vida se convertía poco a poco en debilidad, y por ello en angustia.

Angst, de Edvard Munch, 1896

Pero como hemos dicho, la angustia ya estaba latente en el ambiente antes de que el bueno de Nietzsche diese pistoletazo de salida a la desmantelación y desenmascaramiento de la religión, o que Heidegger hablase de la angustia como consecuencia de la caída del Dasein 1. Recuperemos por un momento en plena Edad Media la angustia ante la Parousía o la llegada del año mil, estupendamente reflejada por el maestro al que hoy hacemos alusión: Ingmar Bergman con El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1957). Rescato con el mismo motivo, y como alusión a la crítica expuesta ya sobre El séptimo sello un fragmento de Kierkegaard en Las obras del amor:
“ningún pensador puede con la vida tal y como lo hace con la muerte”.

Así Kierkegaard junto con Schopenhauer fueron los precursores de todo un clima desangelado, del que luego Nietzsche retomaría como catapulta a su voluntad de poder. Por cierto, en esta misma línea, hace cuatro años (2011) de la mano de Bela Tarr salía una obra mayúscula a propósito de Nietzsche y del clima de angustia: El caballo de Turín (A Torinói ló aka, 2011)


El caballo de Turín


Pero hablemos por un momento de Martin Heidegger, uno de los máximos exponentes -por no decir el máximo- de la filosofía del siglo XX. La angustia, para el filósofo, es lo que permite arrancar al Dasein (ser-en-el-mundo) de su estado de absorción en el Uno y en el mundo.

“El Uno aliena al Dasein en su ser y le oculta las posibilidades de desplegarse en cuanto tal, tras el efecto tranquilizador producido por la nivelación del ser en la medianía y en la cotidianidad”. 2

Además para Heidegger:
“la fobia no es sino la expresión de la angustia acotada y remitida a un objeto”. 3
Así:
“El miedo que ocultó lo originario de la angustia se descubre como angustia por estar-en-el-mundo” 4
Pero ¿cuál es el miedo originario, la angustia originaria? A lo que podríamos contestar, el miedo a la muerte, a la finitud, sobre el que versan todas las posibles explicaciones que pueda dar la filosofía y en su momento la religión. Pero para Heidegger la angustia no tiene un carácter negativo sino que conduce al Dasein hacia la libertad de escogerse.

Es esta libertad de escogerse precisamente de la que habla Nietzsche con su voluntad de poder, y es el peso sobre los hombros al que hacíamos alusión, ese que-hacerse continuo que ya no tiene la gracia o el don de Dios, sino que supone una constante batalla del individuo por lograr lo que es, o lo que quiere ser. Después como herederos de la barbarie del siglo XX, a nosotros, en pleno siglo XXI, no nos quedan más que las ruinas de una ética que fue destruida precisamente por ese mismo miedo, el miedo al otro, y al que sólo nos queda atenernos ante el vacío de responsabilidades y referencias, a ese clima de nihilismo y desasosiego donde surgen nuevos “grandes otros” como el capitalismo cultural, que no hacen más que reafirmar esa comodidad a la que hacía alusión Heidegger, o el propio Marx, a esa alienación, y a esa falta de libertad.

Bergman, entonces, como cineasta, lector, pensador de mediados del siglo XX, recoge en su filmografía toda esta angustia, que rescato yo en sus máximas obras como la mencionada El séptimo sello, o en Fresas Salvajes (Smultronstället, 1957), o en Persona (1966). Esta última quizá es la que se ancla con mayor precisión hacia una de las cuestiones más tratadas en el pensamiento occidental de estos tiempos, la personalidad, el ser, la esencia, el rostro y el otro como yo.


Persona, de Ingmar Bergman


Hablemos entonces de Woody Allen y de finales del siglo XX, comienzos de XXI. Allen, estadounidense -no podía ser de otra forma- donde la multiplicidad de referencias en pleno barrio neoyorquino, aquellos rascacielos, hacen al hombre sentirse a pleno ras de suelo cuando la máxima aspiración fue siempre, alcanzar el infinito. Sus películas, quizás él mismo, están teñidas de esa hipocondría y de, por supuesto, las referencias a casi todos los autores citados en este ensayo con anterioridad.
Pero ¿qué es hipocondría? El miedo infundado a padecer alguna enfermedad grave. El hipocondrio es un órgano que no se ve, ni se siente, y de donde se pensaba que salían unos vapores que producían este mal. Pues bien, es precisamente ese miedo a no saber, a no sentir, ante la falta de referencias y explicaciones que dan los casi treinta siglos de historia del pensamiento sobre la muerte, la enfermedad, la finitud, o el mal. La hipocondría entonces, y humildemente apunto, que podría venir de esa angustia heredada en conjunción al exceso o falta de referentes a los que atenerse. La cuestión es ¿podemos vivir sin Dios? O una pregunta más pertinente en la era que vivimos ¿podemos vivir sin internet, el consumo, el capitalismo, sin la moda?

Voy a remitirme en este punto a los imaginarios propios del cine. Hay que tener también presente, que al igual que de los textos nacen y vuelven a parar los contextos en una dialéctica histórica, hay que ser precavidos y reflexionar sobre la imagen, sobre todo en nuestra sociedad hiper-visual. De la forma que habitábamos los textos en la Modernidad, hoy habitamos la imagen, lo que genera unas condiciones de existencia que van mucho más allá de la palabra (signo) sino que ese signo -hoy imagen- es más fácil confundir con la realidad. De tal manera apuntaba Baudrillard en Cultura y simulacro, a que vivimos en una sociedad de simulacros, de hiperrealidad, donde se escapan los referentes, el anclaje al sentido originario (y por supuesto no totalitario-ni místico sino, quizá, social).

La imagen hoy es mucho más potente que la palabra porque no hay una necesidad de codificación-descodificación (es un lenguaje universal) pero desde luego entraña muchos más riesgos (de universalización, de destrucción de la mística, de los usos y abusos de su montaje y de la persuasión ideológica que ello conlleva).

Considérese en este punto a Woody Allen en su sinceridad, allí donde la monstruosidad de Hollywood sigue creando nuevas formas de perderse a sí mismo en la identidad de personajes, modelos todos ellos heroicos, en ideales de mujer, e incluso el ideal de hombre, donde nosotros los espectadores casi siempre inocentes, salimos de la sala queriendo ser algo que no somos. En ese punto, reafirmo la sinceridad de Allen, las relaciones humanas se parecen mucho más a Annie Hall (1977), Manhattan (1979), Hannah y sus hermanas (Hannah and her Sisters, 1986) etc. que a cualquier película de Marvel (léase aquí también la importancia de estas películas de entretenimiento que no pretendo criticar, sino hacer un juicio justo con la ética y la intencionalidad que pueda haber detrás). Quizá la película que precisamente pueda aportar esta misma visión compartida sea del propio Allen: La rosa púrpura del Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985).


La rosa púrpura del Cairo.


Con todo ello –me excuso con los que os quedasteis a leer este artículo con la intención de encontrar análisis detallados de ambos directores- considero que hay material suficiente en circulación con el que se puede complementar estos pequeños apuntes. Como mencioné al principio, la importancia de Bergman en Allen no es baladí, y permítanme de nuevo decir, que ambos son grandes cineastas con los que entender la cultura y el pensamiento de la Modernidad y la Posmodernidad.


Tomado de http://cinedivergente.com/ensayos/estudios/de-bergman-a-woody-allen

lunes, 2 de octubre de 2017

Muchas risas 22.



 
 
Extraído de Woody Allen 1
Un libro de humor
Editorial Nueva imagen, 1980

Leer, dormir, amar.

   
FRANCIA> La librería Shakespeare & Co


Tuvo dos fundadores, dos ubicaciones y miles de huéspedes que aún saben alojarse entre sus libros. Un auténtico mito parisiense, a metros de la Catedral de Notre Dame, que vio pasar toda la bohemia de la generación beat y se anotó la gloria de haber publicado el Ulises de James Joyce.

Por Silvina Quintans




El frente de la librería, hoy un mito parisiense y hasta escenario de películas, fundada por Sylvia Plath.

“No seas hostil con los extraños, quizás sean ángeles disfrazados” dice un poema de W. B. Yeats escrito sobre el marco de una puerta inexistente en la librería Shakespeare and Company. La frase no podría ser más oportuna, ya que este rincón de París es sitio de peregrinación para miles de lectores que husmean entre sus estantes, leen en los sillones y hasta se animan a pasar la noche en las camas escondidas entre las bibliotecas. Porque “la librería más famosa del mundo”, como se llama el libro del periodista canadiense Jeremy Mercer que recopila la historia del lugar, no es simplemente un local de venta de libros, sino un punto de encuentro para intelectuales, escritores, turistas y curiosos de todo el globo. Allí se venden y se prestan libros en inglés, pero también se puede dormir, escuchar lecturas, asistir a talleres, conocer escritores o espiar la bohemia de la colectividad angloparlante de París.

La actual Shakespeare & Co está situada frente a la Catedral de Notre Dame, en la orilla izquierda del Sena. Es fácil reconocerla: la entrada tiene un toldo verde y un llamativo cartel amarillo con letras negras algo despatarradas, pizarrones que despliegan frases escritas en tiza, mesas y estantes cargados de libros sobre la vereda. Muchos reconocerán entre sus espacios el lugar donde se filmó la primera escena de Antes del atardecer, de Richard Linklater, cuando Jesse y Céline se reencuentran después de nueve años, él convertido en un famoso escritor que viene a dar una charla a París. Otros identificarán aquí la atmósfera onírica de la película de Woody Allen Medianoche en París, y buscarán los fantasmas de Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald o Gertrude Stein.

UN CATÁLOGO SIN FIN El interior de Shakespeare and Company es un universo mullido y desaliñado donde se superponen libros, sillones, objetos y hasta un piano para improvisar algún acorde. La planta baja está dedicada a la venta de libros: en sus mesas y estantes conviven Orgullo y prejuicio de Jane Austen con Los juegos del hambre de Suzanne Collins; Hermosos y malditos de F. Scott Fitzgerald con El diario de Bridget Jones de Helen Fielding. El catálogo de la librería es infinito y ecléctico: entre sus estantes se pueden conseguir nuevos, usados, clásicos, best-sellers, traducciones, libros de ocasión y ediciones muy codiciadas.

La recorrida lleva al primer piso, donde hay un salón de lectura con sillones y escritorios antiguos para disfrute de los visitantes. En el fondo hay un ventanal con vista a la Catedral de Notre Dame y una mesita dispuesta con una máquina de escribir para inspirarse frente a las torres, gárgolas y campanarios. Entre las bibliotecas hay cientos de leyendas manuscritas que se disputan un lugar en las paredes, como si se tratara de botellas lanzadas al mar. Allí se esconde una frase de Julio Cortázar escrita en castellano: “París, la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres”. Otro mensajito de papel incluye un deseo más terrenal: “Un día voy a aprender cómo usar la máquina de escribir”. En el salón hay varias máquinas de escribir con carro que ya no funcionan, pero que ayudan a recrear la mística del lugar que en la década del 50 frecuentaban los escritores de la generación beat. Ajeno a la bohemia beatnik, un joven millennial se desparrama en un sillón con una computadora sobre la falda, mientras un gato duerme sobre una de las camas escondidas entre las bibliotecas.

La tradición que distingue a esta librería de otras es su hospitalidad: cualquier viajero que necesite un lugar para alojarse puede hacerlo a cambio de pequeños trabajos en la librería. También se sugiere leer un libro al día y escribir una breve autobiografía para guardar en los archivos. Se calcula que más de 40 mil personas se alojaron aquí. Según cuenta Jeremy Mercer en La librería más famosa del mundo, entre los huéspedes que pernoctaron en la librería alguna vez estuvo el joven y tímido Kurt Vonnegut, que por entonces aspiraba a ser cineasta, el escritor William Burroughs, que se documentaba en los anaqueles sobre deformidades patológicas para alimentar su novela Almuerzo desnudo, o un joven Allen Ginsberg, que robaba los mismos cuadernos ilustrados que le había vendido al dueño.

SHAKESPEARE AYER La primera Shakespeare and Company fue fundada en 1919 por la estadonidense Sylvia Beach en un local ubicado en la Rue Dupuytren, que luego se trasladó a la Rue de l’Odéon. El lugar fue un refugio para los escritores angloparlantes de la generación perdida como Ernest Hemingway, Ezra Pound, Gertrude Stein, James Joyce y F. Scott Fitzgerald. La dueña montó una pequeña editorial, que en 1922 publicó el Ulises de James Joyce, obra que había sido prohibida en Estados Unidos e Inglaterra. Quien hurgue hoy entre sus anaqueles encontrará a la venta una de las codiciadas primeras ediciones de 1924, pero tendrá que desembolsar 2500 euros para llevarla a casa.

La librería funcionó hasta 1941, y según cuenta la tradición debió cerrar porque Sylvia Beach se negó a vender el libro Finnegans Wake de James Joyce a un oficial nazi, bajo el pretexto de que era su último ejemplar. Poco después el alemán confiscó el local, que nunca volvió a abrir a las órdenes de su mítica dueña.

El 1951, el estadounidense George Whitman abrió otra librería anglosajona en París en la Rue de la Bûcherie, donde se encuentra actualmente. Por entonces se llamaba Le Mistral, pero en 1964 cambió su nombre por el de Shakespeare and Company en honor a su predecesora. En esta segunda etapa bajo el comando de Whitman, que no tiene parentesco con el poeta, el lugar también se convirtió en un faro cultural, en este caso de la llamada “generación beat”: Jack Kerouac, William Burroughs, Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Gregory Corso. También pasaron figuras como Samuel Beckett y Henry Miller.

La escritora Anaïs Nin describió así en sus diarios el ambiente del lugar: “Y allí junto al Sena estaba la librería… una casa de Utrillo, no demasiado firme en sus cimientos, pequeñas ventanas, persianas arrugadas. Allí estaba George Whitman mal alimentado, con barba, un santo entre sus libros, prestándolos, alojando a amigos sin dinero, poco interesado por vender, en el fondo del local, en una pequeña y abarrotada habitación, con un escritorio y una pequeña estufa. Todos se quedan a conversar mientras George trata de escribir cartas, abrir su correo, ordenar los libros. Una pequeña e increíble escalera circular conduce a su habitación o al dormitorio comunitario donde se espera a Henry Miller y a otros visitantes que se hospedan.”

Whitman manejó la librería durante más de cincuenta años con coherencia y generosidad. Solía cocinar para sus huéspedes, alojar a los viajeros, cobijar a nuevos talentos, prestar el lugar para eventos culturales. Había pasado su juventud viajando por el mundo, cultivaba un ideario socialista y apreciaba la hospitalidad con los extraños. Vivía en el piso superior de la librería donde murió en 2011, a los 98 años. Lo sucede su hija Sylvia Whitman (bautizada así en honor a Sylvia Beach, primera fundadora de la librería) que mantiene intacto el espíritu del lugar.

Una pizarra reproduce palabras del fundador de la librería: “Algunos me llaman el Quijote del Barrio Latino porque mi cabeza está tan en las nubes que me imagino que todos somos ángeles en el paraíso. En lugar de ser un vendedor de libros, soy como un novelista frustrado. Esta historia tiene habitaciones como capítulos de una novela, y el hecho es que Tolstoi y Dostoievski son más reales para mí que los vecinos de la cuadra”.

Hace dos años la librería cumplió un sueño que Whitman había acariciado durante años: abrió un café en otro local contiguo donde se sirve comida orgánica y vegetariana.

Cualquiera que se sienta desalentado frente a la belleza indiferente de la ciudad, o que como el protagonista de Medianoche en París busque la bohemia y el espíritu de otras épocas, puede probar con internarse en el cálido universo de Shakespeare & Co, donde los personajes saltan de las bibliotecas y nos recuerdan que, como en tiempos de Hemingway, París sigue siendo una fiesta.




Shakespeare & Co. tuvo dos ubicaciones: la actual está muy cerca de Notre Dame.
(Imagen: Oficina de Turismo de París)


Extraído de https://www.pagina12.com.ar/60516-leer-dormir-amar

martes, 19 de septiembre de 2017

Annie Hall según Emilio José Pazos Brenlla




Ya estamos de vuelta de las vacaciones, en Granada comienzo una nueva vida que me mantendrá más alejada de estos lugares cibernéticos, pero intentaré escribir de vez en cuando y pasarme por vuestras casas.


Película mítica del cineasta neoyorkino, Woody Allen, y por extensión del cine americano. Galardonada con lo que yo llamo el pócker de ases, es decir, oscar a la mejor película, mejor director, mejor guión, y mejor actriz.


Y es que esta obra cinematográfica, como comedia es un joya. Woody Allen, demostró con sus primeras comedias una maestría indudable, pero cuando llegó Annie Hall, todo quedaba pequeño frente a ella, y no eran comedias desdeñables. Me refiero a Toma el dinero y corre, El dormilón y Bananas. 


Cuando uno ve Annie Hall, sabe que ya ha entrado en otro mundo, ha dado un paso al frente.


¿Porqué tan derrepente, subimos un escalafón?, pues, además del inherente talento de Allen para la comedia, en esta cinta podemos ver datos autobiográficos del propio director, en cierta manera y escrito en comedia, Annie Hall viene siendo una autoparodia.

Keaton y Allen ya llevaban unas cuantas películas juntos, de hecho eran pareja, también en la vida real. Creo que este es uno de los datos más importantes, sino el que más para hacerse una composición de los personajes. Es decir, ni Allen ni Keaton tuvieron que actuar excesivamente.






Quizás fuese la única en aguantar y comprender a partes iguales a Woody Allen en aquel momento. Woody Allen la empleó en muchisimas películas de su factura, era perfecta para darle el contrapunto. Esa característica se emplea en Annie Hall hasta la extenuación, rompiendo los esquemas al personaje de Allen (Alvy Singer) a cada momento.


Diane Keaton, al ganar el oscar por Annie Hall, digamos que su cache aumentó de la noche a la mañana un cien por cien. Es cierto que ya había participado en las primeras entregas de El Padrino, pero era un papel bastante secundario, es un mundo de hombres. En esta ocasión ha tenido la oportunidad de lucirse, de demostrar tambíén que Allen era un director de primera línea. 


Allen siguió contando con ella, pero no tan asiduamente, con lo que tenía que cambiar de musa, últimamente se había fijado en Scarlett Johanson, como la mujer de sus películas. Como podréis apreciar, de Scarlett, siempre quiso sacar ese halo intelectual, como si fuese el patrón de mujer que necesita, como si quisiese siempre volver a Annie Hall.







En realidad esta película es una pseudo-biografía estilo Allen. De hecho se remonta a su infancia con una ligereza descomunal, metiéndose como adulto en las escenas de sus recuerdos, como psicoanalizándose a sí mismo. Los actores miran a cámara como si le hablasen a él mismo. Toda la cinta está llena de regresiones, disgresiones, estructura rasgada, hasta se parodia a la Disney con una secuencia de animación.


La cinta en sí, es la radiografía de una pareja compuesta de un cómico neurótico de Nueva York y su pareja sentimental, una niña bien con buena educación, que vive de forma cosmopolita. Una mujer moderna, que está tan neurótica como él.


Debo reconocer que para mí fue un impacto ver a Diane Keaton en esta película, porque su look, era como un puñetazo contra lo establecido. Una mujer liberada que puede inmiscuirse en el mundo de los hombres y hablarles de tú a tú, que puede vestir como ellos e incluso intimidarlos. Ella ha conseguido un halo, andrógeno, sensual y con estilo.







Cuando hablabamos de esta cinta en el cineclub, muchos amigos y yo discutíamos sobre la originalidad de Allen, me explico, indudablemente, esta película sí que es innovadora, cien por cien. Pero lo que nos preguntábamos era que si con esta película, Allen sentaba las bases de todo su cine, para luego hacer pequeñas innovaciones. La verdad es que a tenor del tiempo la idea que teníamos se va concretando más.


A lo largo del tiempo, Allen fue repitiendo o homenajeando a esta película en el resto de su filmografía, lo que me da a entender que el mismo Allen, incluso en contra de sus declaraciones, consideraba a Annie Hall, la joya de la corona. Sabe, que con esta película no hay errores, casi en su plenitud es perfecta. Allen aquí es Allen en estado puro, lo sabemos ahora con los años. En esta última película "Medianoche en París" Allen vuelve a ser Allen sin ninguna duda. En los último años, sobre todo por este periplo europeo, sus cintas a excepción de Match point, la verdad es que dejaban mucho que desear. A Woody se le reconoce, cuando todo es mágico y subrrealista, donde todo está patas arriba, donde sus personajes están perdidos. Esta última película me recuerda mucho a Annie Hall, en las disgreciones. En una se vuelve a los recuerdos, y en otra se exploran los deseos, y además de una forma alucinante, mágica yo diría.







Cuando veo las comedias disparatadas de hoy en día y veo que acusan a Allen de subrrealista, de que no se le entiende, que no tienen ni pies ni cabeza. Miro Annie Hall y no quiero ver más comedias.


Es cierto, que muchas veces, para seguir el humor de Allen, no hace falta ser un gafapasta, pero si tener un poquito de cultura general. No lo digo porque en el caso contrario no se entienda, que es mentira. A Allen lo entiende todo el mundo, el caso es que se disfruta más. Esto lo digo para romper barreras estúpidas y tópicos para acercárse a la filmografía del director de New York. 


En este sentido, una de las escenas que más me gustan es la del cine, donde hacen cola y Alvy Singuer no puede aguantar al paisano de detrás, porque le resulta insoportable la manera pedante que tiene al hablar del cine y de la película. Este discute con el de atrás que habla a cámara y Singer, se acerca a una imagen de cartón, promocional, de estas que miden 2 metros, y de detrás saca al director de la película para explicarle al paisano que está equivocado. Genial, genial, genial.


Seguramente en esa escena, Allen se parodiaba a sí mismo y a su imagen, es decir, Allen sabía que los que viesen sus películas podrían adoptar este comportamiento, de esta manera evitaba cualquier identificación con el personaje.








Otro de los asuntos que puede albergar la escena del cine, es el hecho de la devoción de Woody Allen por Igmar Bergman. De hecho, la película que van a ver es Cara a cara del propio Bergman. Desde su etapa estudiantil cuando comenzó a visionar el cine del cineasta sueco, ya se haría incondicional. Era tan incondicional que de hecho comentó que para él, el mayor honor, cuando estaba grabando Manhattan, es que un día cenó con Igmar Bergman.


Como una de las curiosidades más destacadas, esta película en su concepción inicial duraría más de dos horas, porque Woody quería abordar unos fracasos amorosos anteriores, pero el productor quiso cortar para no hacerlo tan largo y acortó las escenas de las novias anteriores, apostó por Annie Hall. De esa forma bautizó a la película, que de lo contrario llevaría el nombre de "Anhedonia", que es como se dice en griego ausencia de placer. Además, la trama incorporaba una investigación de unos raros casos de asesinatos, que al final se optó por descartar y quedó como argumento de otra película, "Misterioso asesinato en Manhattan" otra buena comedia del director, y la primera que vi de su filmografía, desde ella ya me enganchó.


Para todos aquellos curiosos de las anécdotas, la actríz Sigourney Weaver debuta con esta película en una aparición minúscula y fugaz de medio minuto aproximadamente.





http://cinemafilmesclub.blogspot.com.ar/2011/08/annie-hall.html