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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

lunes, 25 de julio de 2016

Sueños de seductor, el cine y el amor.


 Por Julio Diz

     

En 1969 y durante 453 representaciones Woody Allen, Diane Keaton, Tony Roberts y Jerry Lacy interpretaron la obra teatral ‘Play It Again, Sam’, escrita por el primero de ellos. En verano de 1971, en la ciudad de San Francisco en lugar de Nueva York (debido a una  huelga), comienza la filmación de la adaptación cinematográfica, que contaría con el mismo cuarteto protagonista, llamando poderosamente la atención el hecho de que Allen no es el director del film, teniendo en cuenta que, primero, la obra no la conoce nadie mejor que él ya que es el autor, y segundo, hacía poco que se había estrenado como director, y venía de filmar ‘Bananas’, sin duda una de las películas más divertidas de Allen.

La película heredó evidentemente el título de la obra teatral, que como bien se sabe, es una referencia a ‘Casablanca’, una de las películas más míticas de toda la Historia, cuyo poder ha traspasado las fronteras del cine convirtiéndose en un auténtico fenómeno social. En nuestro país fue bautizada con el título de ‘Sueños de seductor’, y hoy es una de las películas más recordadas de Woody Allen actor.






La historia de ‘Sueños de seductor’ narra las peripecias de Allan Felix para relacionarse de nuevo con las mujeres, después de que su novia le ha abandonado. Para ello contará con la inestimable ayuda de un matrimonio amigo, formado por un hombre de negocios siempre muy ocupado en sus asuntos, y una mujer mucho más sensible, que ve con otros ojos los desesperados intentos de Allan por conquistar.

El texto de Allen remite una y otra vez al mundo del cine, a través de clarísimos homenajes a films clásicos. Esto puede verse no sólo en los diálogos, o como no, en el tramo final de la película, que es
una especie de parodia del final del famoso film de Michael Curtiz; sino también en detalles visuales, como el hecho de adornar el apartamento del personaje central con posters de películas antiguas como por ejemplo ‘Cayo Largo’ o ‘La condesa descalza’. Además, alguna de las ensoñaciones de Allan son acertadas recreaciones de films de antaño (sirva como ejemplo la referencia a ‘Nace una estrella’, perfectamente incrustada en la narración). De esta forma, Allen deja impresa en el guión su pasión por el cine, dando vida además a un crítico de cine realmente peculiar en su vida privada. No es que ridiculice con su rol el papel de las personas que se pasan la vida opinando con fundamento sobre su trabajo, más bien bromea con todo respeto una profesión (nombrada de pasada en cierto momento), conectando de forma muy directa con el lado cinéfilo del espectador.




Parte de las intenciones de Allen quedan bien patentes durante los títulos de crédito iniciales, en los que Allan visiona ‘Casablanca’ en el cine, y la mayor parte de la secuencia consiste en enfocar el rostro del personaje mientras oye los fantásticos diálogos (cada vez que me acuerdo de ellos, me da vergüenza ajena mucho del cine que se hace en la actualidad) finales de la película. Allan Felix ama el cine sobre todas las cosas. Posteriormente vemos como ese amor está muy presente en su vida personal, sobre todo en lo que respecta a las relaciones de la pareja. De esta forma se mezclan dos amores, el que siente por el cine, y el que atañe a las personas, y que muy bien podría escribirse con mayúsculas para destacarlo sobre todos los demás. En ese punto, la empatía del público ya es total, y cualquier persona puede sentirse identificada con el personaje central, sobre todo si es un hombre.



Todas las neurosis que han caracterizado el cine posterior de Allen como director, están presentes en el guión de esta película. El AMOR, ese sentimiento caprichoso de vida propia que anda a sus anchas haciendo y deshaciendo por el mundo, está tratado en todas sus fases. El enamoramiento, los celos, la seducción, la infidelidad, los remordimientos y demás elementos cobran más intensidad al ser tratados por el filtro de la comedia, sin caer jamás en la burla desenfrenada. Esto no quiere decir que ‘Sueños de seductor’ no contenga momentos humorísticos que rayan el absurdo (muy en la onda del Woody Allen de aquellos años); momentos que quedan muy bien en los pasajes oníricos del relato, y un poco exagerados en los que no lo son (el personaje central intentando ser un buen bebedor o poniendo poses ridículas).

‘Sueños de seductor’ supuso el primer encuentro cinematográfico de Woody Allen y Diane Keaton, una relación que nos proporcionaría algunos títulos imprescindibles, siendo "Dos extraños amantes" (Annie Hall) el punto álgido de la misma. Allen se encuentra muy cómodo dando vida al personaje de su obra, resultando muy chistoso, dotándolo también de cierta ternura para subrayar su carácter inocente ante la vida real, en la que se encuentra más incómodo que en la ficticia, en la que evidentemente él no toma las decisiones. Se produce en este punto uno de los aspectos más inteligentes de la película: Allan Felix es aconsejado por un Humphrey Bogart imaginario, salido de su mente cinéfila, que le dice como tratar a las mujeres (la imitación que hace al respecto Jerry Lacy es prodigiosa).





La película fue dirigida por Herbert Ross, director más bien mediocre cuyo mayor éxito fue dirigir ‘Adiós, Mr. Chips’, remake musical del mítico film de Sam Wood, quien se limita a poner en imágenes con total corrección el impagable texto de Allen, que parece filmarse solo. ‘Sueños de seductor’ es uno de los casos más escandalosos en cuanto a trabajo de dirección se refiere, ya que ésta apenas se nota. Nunca entenderé por qué el film está firmado por Ross y no por Allen, que es quien debió dirigirla. Aún con esto, se trata de una magnífica película que nada ha perdido con el paso del tiempo, manteniéndose fresca y original como el primer día. Y es que además de hablar sobre el tema más universal que existe, posee una gran carga melancólica reflejada en un enorme cariño hacia el cine clásico, prácticamente desconocido por las nuevas generaciones de cinéfilos.

                

          

sábado, 9 de julio de 2016

Woody entre luces y sombras.

 Crónicas desde Cannes 2016
'Café Society': Woody Allen estudia las luces y sombras del deseo amoroso
La película del director neoyorquino inaugura fuera de concurso la 69 edición del Festival de Cannes.
 
por Manu Yáñez      
      
Jesse Eisenberg  y Kristen Stewart
¿De qué va?: Años 30 del siglo pasado. El joven Bobby Dorfman (Jesse Eisenberg) llega a Hollywood con la intención de trabajar en la industria del cine aprovechando los contactos de su tío Phil (Steve Carell), un agente de estrellas de cine. Bobby se enamora de Vonnie (Kristen Stewart), la joven ayudante y también amante secreta de su tío. Phil duda sobre la posibilidad de abandonar a su esposa por Vonnie, mientras la joven empieza a intimar con el inocente Bobby. Un triángulo amoroso de incierto resultado.
¿Y qué tal?: Romántica y serpenteante, 'Café Society' pone en juego varios focos de nostalgia. El primero toma forma en el retrato idealizado del Hollywood de los años 30, que la cámara del director de fotografía Vittorio Storaro describe como un océano de luces cálidas y rostros iluminados por un resplandor de otro mundo: una versión amable del Hollywood que los hermanos Coen retrataron en 'Barton Fink' y '¡Ave, César!'. Eso sí, en la soleada Meca del Cine de Woody Allen y Storaro los potentes haces de luz generan una danza paralela de sombras. Luces y sombras que perfilan uno de los temas centrales de la película: la naturaleza esquiva del deseo, la vida sentimental como un claroscuro irresoluble. Cuestiones que vinculan 'Café Society' con la también interesante Medianoche en Paris', con la que Allen ya inauguró el Festival de Cannes hace cinco años.

'Café Society' también despertará la nostalgia de aquellos que disfrutaron con la emocionante (y en sí muy nostálgica) 'Adventureland' de Greg Mottola. Aquí tenemos de nuevo a Jesse Eisenberg enamorándose perdidamente de Kristen Stewart mientras ella mantiene un affair con un hombre mayor. Cambiamos el parque de atracciones de los años 80 por el Hollywood de los años 30, y Stewart ya no lleva camiseta y vaqueros sino un top y minifalda, pero la química entre los actores sigue intacta. De hecho, el personaje de Vonnie parece escrito para Stewart, que vuelve a encarnar a una chica enigmática, volátil a nivel emocional y tocada por un palpable pozo de amargura. Puede que el registro interpretativo de Stewart sea bastante limitado, pero la actriz sabe sacar provecho de sus virtudes. Por su parte, Eisenberg, que ya trabajó con Allen en la olvidable 'A Roma con amor', tiene problemas a la hora de representar la cara más inocente y enamoradiza de su personaje, aunque se resarce con creces en la segunda parte del film, cuando Bobby madura y medita sobre la sedimentación de la pasión juvenil en la realidad adulta. Durante el maravilloso tramo final de 'Café Society', a este crítico le dio por recordar el desenlace de 'Hannah y sus hermanas', donde el personaje de Michael Caine reflexionaba sobre la odisea sentimental que le había tocado vivir. La agridulce 'Café Society' se sitúa a varias décadas y estrellas de distancia de aquella obra maestra, pero la escritura de Allen, acompañada por un mágico fundido encadenado que superpone dos rostros melancólicos, todavía es capaz de lograr milagros.

Delineada con elegantes planos secuencia y delicados primeros planos, iluminada con poderosos focos y discretas velas, 'Café Society' es un producto 100% Allen. Suya es la voz en off que nos orienta por el elíptico relato; suyo es el Nueva York hacia el que nos conduce la historia, esta vez un Manhattan aristocrático, bohemio y también muy romántico; y son también muy suyos los chistes sobre judíos que aliñan la historia de Bobby y Vonnie. Para rematar el cóctel alleniano, uno de los cuñados del protagonista es un judío comunista con tendencias existencialistas, un personaje que introduce en la película unas pinceladas de reflexión moral. Todos estos ingredientes –incluidos unos anecdóticos guiños al cine de gángsters– tienden a distraer más que enriquecer la historia de Bobby y Vonnie. En un momento determinado, un personaje afirma que “el timing (el ritmo, el momento adecuado) lo es todo en la vida”. En cuanto al ritmo, 'Café Society' tiene algún que otro titubeo. En cuanto al momento adecuado para introducir un giro narrativo, un primer plano o una línea de diálogo (también un silencio), Allen demuestra dominar la materia.

 

domingo, 3 de julio de 2016

Woody y sus coguionistas.

Por Jesús Gil Vilda.

 Allan Stewart Königsberg, más conocido como Woody Allen, ha concebido y dirigido películas que constituirán un documento de estudio para la civilización alienígena que invada las ruinas de la Tierra dentro de miles de años. Cuando las contemplen (ambas, las ruinas y las películas), se preguntarán si el retrato pormenorizado de las neurosis de los habitantes de las grandes ciudades de la era del petróleo, con Nueva York como su máximo exponente, son una crónica realista. Cuando leemos a Dostoyevski hoy, alienígenas del presente, es imposible no creer que los pobladores de las grandes ciudades rusas del XIX eran como en sus novelas. La obra de Woody Allen constituye, en mi opinión, además de una inmensa obra de arte, todo un documento antropológico sobre buena parte de las neurosis de nuestro opulento y obeso (aunque el autor sea un tirillas) mundo occidental urbano.


 




 Si contemplamos al personaje en perspectiva, conviene tener presente que a los dieciséis años,

Woody Allen ya cobraba más que su padre, grabador de joyas y camarero, y que su madre, contable en una tienda de la familia, y lo hacía escribiendo chistes para una revista a la salida del instituto. Definido por su madre como un hiperactivo, antes de dirigir su primer largometraje en solitario, Toma el dinero y corre (1969)(En Argentina, Robó, huyó y lo pescaron) con 34 años, ya era una estrella total en EE.UU. Había empezado como guionista de monólogos, después como monologuista en clubs neoyorquinos y finalmente se había convertido en estrella mediática codiciada por las televisiones. Sus primeras películas como director pretenden ser sátiras sobre diversos temas: la delincuencia marginal, la ciencia ficción, las dictaduras sudamericanas, el sexo o la literatura rusa del XIX. En mi opinión, son una muestra de su desbordada creatividad, pero sin cauce alguno; dispara en todas las direcciones a ver si en alguna alcanza al público. En todas ellas, salvo en La última noche de Boris Grushenko, le acompaña un coguionista o un autor literario: Mickey Rose, David Reuben o Marshall Brickman. Parece como si los productores, o bien él mismo, no confiasen en su ametralladora de gags para concebir una obra dramática extensa.


Hubo que esperar hasta 1977 para la metamorfosis que dio un giro a su carrera: Annie Hall. Esta película establece un puente formidable entre los gags de todo lo anterior y la temática y la estética posteriores. La grandeza de esta película se debe a muchos factores, pero fundamentalmente a dos: la fotografía y el guion. Gordon Willis, conocido como “El príncipe de las tinieblas” desde su trabajo en El padrino es el encargado de fotografiar una comedia como si fuera un drama. Willis seguiría trabajando con Allen durante una década, casi en exclusiva, hasta La rosa púrpura de El Cairo. Como coguionista figura el mencionado Marshall Brickman, que también había coescrito el guion de El dormilón. Es ésta la primera película autoconsciente de Woody Allen, la primera en la que pone su atención en las relaciones sentimentales de la clase media alta neoyorquina, a la que él pertenece. Consigue con ella un éxito clamoroso, ¿y qué hace después?, Interiores, un drama escrito en solitario en el que emula (por decirlo de una manera suave) el estilo de Ingmar Bergman. Tras el fracaso, vuelve a llamar a Marshall Brickman para coescribir lo que supone, en mi opinión, su mejor película, Manhattan, en la que ambos vuelven a poner la atención en esos artistas que deambulan por el Upper East Side cargados de inseguridades y obsesiones. Ni que decir tiene que la fotografía de Willis conforma un icono de la cultura del Siglo XX. De nuevo, éxito de público y crítica. ¿Y a continuación?: Stardust Memories (Recuerdos). Escrita nuevamente en solitario, constituye un homenaje, imitación o sátira de su admirado Federico Fellini. De nuevo consigue un fracaso rotundo.

 Pero no vuelve a llamar a Marshall Brickman en esta ocasión sino que se encierra a escribir sus propios guiones para películas de época. Sorprendentemente (una vez más), escribe y rueda:  Comedia sexual de una noche de verano, Zelig y La rosa púrpura de El Cairo. Pero el éxito rutilante no regresará hasta Hannah y sus hermanas, con la que continúa la temática iniciada junto a Brickman en Annie Hall y Manhattan, pero esta vez en solitario.


Marshall Brickman

Woody Allen está cerca de haber dirigido 50 películas de varios genéros, tonos y épocas, pero son sin duda las que retratan las neurosis de los artistas de las ciudades occidentales, que él conoce tan bien, las que constituyen una contribución significativa a la historia del cine. Además de las ya citadas, Maridos y Esposas, Crimenes y pecados, Los secretos de Harry o Conocerás al hombre de tus sueños abordan con gran acierto este género que después ha sido tan mediocremente imitado, salvo, quizás, en Cuando Harry conoció a Sally…, escrita por Nora Ephron.

 Llegados a este punto, cabe preguntarse quién es Marshall Brickman.

Allen y Brickman se conocieron en la tele. Éste coescribió junto con Mickey Rose (después coguionista de Toma el dinero y corre y Bananas) y el propio Allen un especial de The Kraft Music Hall que interpretaría Woody Allen cuando ya era una estrella. Marshall Brickman produjo y escribió varios programas de comedia para la televisión. Como curiosidad, fue guionista de Los teleñecos. Ha dirigido varias películas sin éxito, entre ellas Simon, una comedia de ciencia ficción al estilo de El dormilón. Es además coautor del libreto del exitoso musical de Broadway Jersey Boys.

Una cuarta película de Woody Allen tiene la firma de Brickman en el guion: Misterioso asesinato en Manhattan, que aunque se estrenó en los noventa, fue coescrita durante su colaboración en los años setenta, descartada entonces  y desempolvada después por Allen durante su crisis personal con Mia Farrow.
Ambos siguen vivos, Allen y Brickman. Alguien debería interrogarlos por separado (juntos no creo que quieran) sobre los procesos creativos que engendraron los guiones de aquellas dos maravillosas películas: Annie Hall y Manhattan. Alguien debería investigar de quién fue la idea de retratar a sus amigos neoyorquinos y si fueron autoconscientes de que estaba creando un género mientras lo hacían.


  Extraido de
http://www.nuvol.com/opinio/woody-allen-y-sus-coguionistas/