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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología, y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

lunes, 15 de julio de 2019

Ironías y absurdo para las peripecias de un antihéroe.

Napoleón y Tolstoi en manos del desopilante Woody Allen.






Escribe Agustín Mahieu

Uno de los peros que suelen esgrimirse contra el excelente cómico Woody Allen es que sus ideas -y consecuentemente sus historias cinematográficas- son brillantes pero sueltas, sin un desarrollo que podría darles unidad y mayor fuerza. Este carácter episódico permanece en "La última noche de Boris Gruschenko" (poco feliz traducción del original Love and Death, "Amor y muerte") pero no lo afecta demasiado. Tal vez porque sus gags y sus escenas son casi siempre notables; pero también porque esta vez su relato consigue una efectiva progresión imaginativa.

Ubicada en la época de la invasión napoleónica a Rusia, la historia del pacifico, esmirriado y filosófico Boris Gruschenko es una parodica y muy libre evocación de "La guerra y la paz", de Tolstoi. Tratándose de Woody Allen, naturalmente, su visión es bastante distinta. Curiosamente coinciden en un punto: las guerras son episodios históricamente enigmáticos, cuyo desarrollo es tan confuso como para despistar a mariscales y soldados y arrastrar a sus personajes a situaciones imprevisibles.





Como el fuerte de Woody Allen es la sátira y el absurdo impasible, el centro de la historia es la odisea de Boris, que parte a la guerra y trata por todos los medios de escapar, incluso escondiéndose en un cañón. Este peligroso refugio lo convierte en héroe por casualidad, cargado de condecoraciones. Este episodio no cambia su carácter. pero lo arrastra a una loca conjura (imaginada por su prima Sonia) para asesinar a Napoleón.

La conspiración fracasa, envuelta, en delirantes circunstancias, y Boris es condenado a muerte. Más allá de este hilo argumental, importa como siempre el personaje absorbente de Woody Allen, serio, apocado, desatado a veces como Harpo Marx en súbitas explosiones de erotismo. Pero como otro de los famosos hermanos, Groucho (al cual se ha dicho que este film contiene un homenaje), muchas de sus características se transmiten en una pirotecnia verbal. Son monólogos o diálogos incesantes, como las increíbles conversaciónes filosóficas con su prima Sonia, que mezclan con aparente solemnidad frases de Hegel, Kant, o ensaladas desopilantes de la terminologia existencial o estructuralista.





Reaparece en su nuevo personaje, asimismo, el humor judío, la obsesión por el sexo, la constante autoironia respecto de su físico desventajoso, o su timidez convertida en sarcasmo de la cobardía. Es, al fin, una figura completa y sutil, de un humor personalísimo, a veces irregular y desordenado, pero siempre brillante.

Sin convertirse nunca en un "pastiche", la historia patética y mordaz de Boris acude a ciertas citas artísticas y literarias ("homenajes", se ha dicho) que se revelan en diálogos alusivos a Dostoievsky, recuerden al Eisenstein de "Alexander Nevsky" mediante el uso constante de la música escrita para ese film por Prokofieff, o reflejan actitudes que transforman en clave satírica el mundo de Tolstoi o Chejov.



La ambientación, las ironías sobre el amor por su prima Sonia (que lo "quiere como un hermano") y la vasta reflexión sobre la guerra y sus absurdos, que incluye una insólita presencia de la muerte, hacen que esta obra de Woody Allen pueda considerarse mucho más ambiciosa que las anteriores. Sus alegorías (la muerte, la paz, el sexo, la antisolemnidad) son más elaboradas y sutiles. Pero su seriedad escondida no excluye la diversión y, el humor, más ácido cuando más revela la habitual locura de los hombre serios.


Fuente: Diario La Opinión, martes 24 de febrero de 1976.