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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología, y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Medianoche en París, la luz de los sueños.


Por Manu Argüelles



Es famosa la anécdota (exagerada) que cuenta Woody Allen para afirmar que sus films recaudan más dinero en París que en todo Estados Unidos. Así que, para regocijo de los parisienses y franceses por extensión, llega un bello y delicioso canto de amor a esta metrópolis que ya intentó homenajear en un frustrado proyecto en el 2006. Una representación flotante bajo el color ocre de la nostalgia, para cristalizar su reflexión sobre las ilusiones pero sin el regusto amargo de Conocerás al hombre de tus sueños (You Will Meet a Tall Dark Stranger, 2010). Salta en escena el Allen afectuoso e imaginativo mediante un Owen Wilson comedido, delicado y sentimental, con el que asume con serenidad lo misterioso e imperfecto del presente de la vida.

En mi instituto de enseñanza secundaria, yo tenía un profesor de literatura que nos decía que debíamos adentrarnos en la noche de la ciudad para descubrir el mágico entramado urbano, oculto a la luz del día. Parece que el genio neoyorkino está de acuerdo porque se sirve de los secretos que emergen al cierre del día para desplegar su mirada embargada a París como ciudad edénica, libre de disonancias. Si consideramos su obra como un continuo work in progress, Midnight in Paris podría entenderse como la obra mejorada de lo que no pudo ser Vicky Cristina Barcelona (2008). Si en esta última, Barcelona como espacio escenográfico quedó tristemente reducido a una sofisticada postal urbana, el París que vemos y sentimos en su último film tiene las fragancias de una de sus mejores películas, Manhattan (1979). De hecho arranca exactamente igual, mediante una sinfonía melancólica que sirve de pasador para un encadenado de diversas imágenes de la ciudad, desde el amanecer hasta el anochecer, para evocar una urbe benigna y blanca. Un espacio mágico, propicio para que la ciudad de la luz permita proyectar viajes en el tiempo y auscultar ese poder quimérico que el realizador, en más de una ocasión, otorga al cine como medio de evasión. Para entendernos, el mismo cariño y ternura de La Rosa Púrpura de El Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985), desplazando la capacidad imaginativa y de ensoñación al mismo espacio urbano donde localiza la acción. Si Tarantino se permitió matar a Hitler en Malditos bastardos (Inglourious Basterds, 2009), Allen querrá encontrarse con el París, cuna de artistas y de ambiente bohemio de los años 20, donde veremos desfilar a Scott Fitzgerald, Luis Buñuel, Dalí, Picasso, Cole Porter o Gerturde Stein, entre otros.





Porque las cajas de Pandora de la fantasía donde se proyectan los sueños, anhelos y obsesiones de los personajes principales, Gil (Owen Wilson) y Adriana (Marion Cotillard), les permiten surfear por el tiempo como si de un conjunto de muñecas rusas se tratase, en divertidos viajes que guardan mucho de aventura, a la vez que somatizan un malestar existencial en el entorno que les toca vivir. La constelación de espejismos fabulosos que van desfilando por Midnight in Paris se van orquestando de forma grácil, sin ceremoniosa densidad y un poco ridiculizando la aparatosidad de las superproducciones de ciencia ficción, en su absoluta sencillez para plantear el aspecto fantástico del film.

Woody Allen sigue creyendo en el poder evocador de la materia fílmica, por lo que prescinde de coartadas y de efectos especiales, pero manteniendo intacta la misma euforia candorosa del cine primigenio de Méliès en sus rutas hacia mundos desconocidos. La realidad pierde su estatuto compacto y monolítico, permitiendo que se abra una brecha para que se produzca un desdoblamiento, franqueado por el día y la noche. Es lo que permite una simultaneidad entre el ambiente en el que vive Gil, coronado por unos suegros conservadores (como es costumbre no faltarán las habituales puyas políticas, Tea Party inclusive), elitistas y adinerados, que desprecian todo aquello que no sea suelo americano, y el impulso vitalista de su propio universo referencial y mitificado. En las vísperas de su boda, Gil recupera del prototípico personaje alleniano su incertidumbre respecto a las metas a trazarse, encontrándose en un momento de indecisión después de haber renunciado a su trabajo de guionista de Hollywood. Eso le provoca una soledad en su desajuste con el entorno, para que acabe por no sentir el tiempo y el espacio de forma orgánica, sino como un movimiento parabólico, donde esa intrusión en la efervescencia cultural de los años 20, no es más que una proyección escapista de su propio mundo interno.





Lanzadera de la que se sirve el realizador para trazar su devota caricatura de personajes terriblemente irresistibles como Hemingway o Dalí, o donde se permita bromas ingeniosas con Luis Buñuel, haciendo que sea Gil quien le sugiera al realizador español la idea de El ángel exterminador (1962), y el joven Buñuel no entienda el sentido de su futuro film. Este juego paródico y afectuoso con la historia está manejado con la humildad habitual del realizador neoyorkino, sin que sea estrictamente necesario que el espectador conozca a fondo a los artistas que desfilan por el film (aunque conocerlos permite que la sonrisa que nos deja sea más rica), ya que el humor está planteado para un espectador como si fuese una tabla rasa, sin que se sea necesario que lleve consigo un bagaje cultural previo. Y aunque Gil se sienta en ósmosis con ese París efervescente, dinámico y bon vivant, en su amor con Adriana comprobará que se trata de una unión de soledades compartidas, porque la felicidad no se consigue en el refugio de nuestras luces oníricas, sino en nuestra incansable lucha en el día a día.
Fuente: Aula Critica.

viernes, 20 de septiembre de 2013

'A Roma con amor', todos dicen I love you





Todo cinéfilo que se precie tiene, ya sea para bien o para mal, una opinión bastante definida sobre Woody Allen, el cineasta neoyorkino por excelencia. Por mi parte, ‘Manhattan‘ (1979) es una de las pocas películas que considero una obra maestra y ‘Annie Hall‘ (1977) es casi igual de sensacional, pero no tengo problema en afirmar que varios trabajos suyos son bastante flojos, y no sólo dentro de sus propuestas de los últimos 10-15 años, sino dispersas a lo largo de toda su carrera. Es cierto que no hay ninguna tan horrenda como ‘Contrarreloj’ (Stolen, Simon West, 2012), el otro estreno de esta semana del que ya os he hablado, pero ‘A Roma con amor‘ (To Rome with Love, 2012) tenía a priori bastantes boletos para poder entrar en ese poco estimulante grupo de películas de la filmografía de Allen. Ya adelanto que no es el caso.

El encanto italiano

Es evidente que uno de los puntos que potencia ‘A Roma con amor’ es la belleza de la capital italiana, ya que es algo habitual en sus últimas producciones. Y es que, dejando de lado su calidad cinematográfica, podría decirse que cintas como ‘Vicky Cristina Barcelona‘ (2008) o ‘Midnight in Paris‘ (2011) funcionaban perfectamente como postales publicitarias de la ciudad en la se ambientaba su historia, y eso es algo que persiste en ‘A Roma con amor’, donde pasa por multitud de lugares emblemáticos de la ciudad con la finalidad de embellecer las cuatro amoríos que nos cuenta. Eso sí, lo primero que debe quedar claro es que no estamos ante un ‘Midnight in Rome’, ya que el delicioso y mágico cóctel nostálgico de su anterior trabajo deja paso a una propuesta mucho más mundana.

Sin embargo, esta mayor normalidad no se traduce en que los cuatro relatos sean intercambiables entre sí, ya que Allen los diferencia tanto en tono como en objetivos: De la alocada absurdez de la que él protagoniza hasta el choque cultural de dos recién llegados de un pueblecito italiano, pasando por una reflexión sobre el mundo del famoseo y una imaginativa aproximación a una relación a tres bandas. Es obvio que mantiene sus constante habituales en cuanto a puesta en escena (nunca ha sido un gran virtuoso en esa faceta, pero sí muy cumplidor), pero se agradece que no haya apostado por ir con piloto automático en el guión como pasó hace bien poco con la anodina ‘Conocerás al hombre de tus sueños‘ (You Will Meet a Tall Dark Stranger, 2010), siendo quizá su mayor acierto la inclusión de un efectivo Alec Baldwin como un personaje fuera de las propias reglas cinematográficas, ya que interactúa (sobre todo) con Jesse Eisenberg con otros delante para intentar evitar que caiga rendido a los encantos de Ellen Page.
Allen ya había demostrado en otros trabajos suyos como la estupenda ‘Annie Hall’ (1977) que no tenía problemas en transgredir las convenciones narrativas del séptimo arte, pero no por ello deja de ser disfrutable que eche mano de ello para aportar comicidad y cierta carga reflexiva a una historia que corría el riesgo de ser monótona y demasiado previsible (es, de lejos, la que más se centra en retratar la belleza de Roma) de haberse desarrollado con normalidad. Además, la propia base de la misma muestra las raíces surrealistas de las cuatro propuestas: La novia de un estudiante de arquitectura invita a una amiga suya a venirse a Roma a vivir con ellos para sobrellevar su ruptura sentimental, pero al mismo tiempo no podría tener más dudas sobre que su pareja va a acabar enamorándose de ella. Esto se contagia a las otras cuatro con, por desgracia, bagaje algo desigual.
Romances (y otras historias) alargados en Roma
Hay una serie de pegas que convierten a la película en una producción irrelevante más allá de ser un buen pasatiempo. El más evidente es que ‘A Roma con amor’ aspira a más de lo que realmente es capaz de ofrecer, algo que la lleva a padecer una duración desmesurada que provoca que el interés vaya desinflándose a medida que avanzan las diferentes historias que nos cuenta. Esto afecta sobre todo a la trama protagonizada por un correcto Roberto Benigni, la cual era una buena pase para un sketch de, como mucho, unos 5 minutos, pero Allen lo estira sin más argumentos que alguna gracieta tan evidente que parece impropia de él. Algo similar pasa con la historia en la que una cumplidora Penélope Cruz da vida a una prostituta de alto target, ya que los giros de tuerca sobre la inocencia del matrimonio protagonista no dan más de sí, aunque aquí sí que incluye algunos gags efectivos que hacen la cosa más llevadera.
Este problema resulta mucho menos acusado en las otros dos bloques argumentales, siendo bastante evidente que Allen se ha esforzado más en la que él mismo protagoniza, ya que es done más ahonda en el absurdo de lo que quiere criticar, pero lo hace sin llegar a resultar redundante o perderse en cosas que no aportan nada. A cambio, el romance incluido en la misma está tan diluido que la presencia de Alison Pill, de actualidad en los últimos días por haber subido por accidente una foto en topless a su cuenta de twitter, no va más allá de lo anecdótico, algo de agradecer, ya que, tal y como estaba planteada, no daba mucho más de sí. No es que no haya fallos, como una resolución de la misma un poco pobre, algo que también afecta a la de una sexual Ellen Page y un algo atontado Jesse Eisenberg, la cual tiene un cierre muy obvio, pero es cierto que en la propia trama de la misma había una crítica implícita ante la previsibilidad de lo que iba a suceder, así que es algo más perdonable.

En definitiva, ‘A Roma con amor’ es un buen entretenimiento para todos los amantes de la obra de Woody Allen, pero también es una película demasiado larga y un tanto irregular, un fallo recurrente en varias de sus películas. Sigue habiendo bromas o diálogos bastante simpáticos por su absurdez, en especial en la historia protagonizada por el propio director, pero también hay varias situaciones que no aportan nada y otras que acaban resultando un tanto cansinas por redundantes con lo ya visto minutos antes. Vamos, una tontería agradable para pasar un buen rato, ni más, ni menos.
 Fuente: Blog de Cine

jueves, 12 de septiembre de 2013

"La única manera de sobrevivir es contarse mentiras"..



Por Álex Vicente París
¿Ser feliz implica tener talento para contarse esas mentiras?
Por supuesto. La felicidad depende del grado de habilidad que tengas para el autoengaño. En ese sentido, el amor es el principal mecanismo de supervivencia que nos ha dado la naturaleza.
¿El cine es otra mentira que ayuda a que el trago sea más llevadero?
Las películas te permiten distraerte y dejar de pensar sobre lo terribles que son las cosas, ni que sea durante una hora y media. Te metes en una sala, observas a Fred Astaire o a Penélope Cruz en la pantalla y la vida se vuelve un poco más bonita durante un rato. Cuando sales del cine y vuelves a la vida real, te sientes un poco más fresco. El cine es como tomarse una bebida fría en un día de un calor sofocante.
¿Se acentúa el escapismo en tiempos de crisis económica?
Uno de los pocos efectos buenos de la crisis es que ha provocado que el cine vaya mucho mejor. En tiempos de dificultades, la gente necesita más distracción y espectáculo. En la Gran Depresión de los años treinta sucedió exactamente lo mismo. Esta crisis no está siendo tan dura como aquella, pero tampoco está nada mal.
“Envejecer es un mal negocio: intenten evitarlo si pueden”, ha dicho. ¿No tiene nada bueno?
De joven me preguntaba por qué todo el mundo odiaba hacerse mayor. Ahora lo entiendo. No hay nada bueno en la vejez. De nuevo, es una de esas mentiras que nos contamos. El cuerpo empieza a fallarte, tus opciones disminuyen, el futuro se acorta, te vuelves sordo y pierdes la vista. Ya me dirá qué hay de bueno en todo eso.
¿Tal vez la experiencia?
Contrariamente a lo que se dice, al hacerte mayor no te vuelves más sabio. Yo siento la misma ansiedad hoy que a los 20 años. Claro que aprendes cosas sobre la vida, pero son cuatro tonterías prácticas y poco más. Por ejemplo, con la edad aprendes a utilizar una lente u otra para rodar una escena. En cambio, en lo que se refiere a las relaciones humanas, las mujeres, la familia, el amor y los asuntos existenciales, no tienes la mínima idea ahora ni la tendrás nunca. Nadie ha tenido nunca la menor idea sobre esto. Ni los filósofos griegos ni Dostoyevski ni nadie.
¿Se ve capaz de rodar sobre la guerra en Irak o en Afganistán?
La política me interesa como ciudadano, no como cineasta. Podría hacer una película sobre Irak, pero no me dice nada. Todos estos asuntos son efímeros. Hoy estamos convencidos de que tienen una importancia desmedida, pero en años se quedarán anticuados. Es como el divorcio, la infidelidad o el aborto. Hoy nos parece ridículo que en otra época la gente se escandalizara por cosas así. Los temas de actualidad caducan. En cambio, dentro de 100 años seguiremos interesándonos por los temas de los que hablo.
Es decir, por la muerte.
Por la muerte, la angustia y todos los demás problemas existenciales. El resto de cosas tienen solución. Otra cosa es que seamos tan estúpidos de no encontrarla. Pero la pobreza tiene solución, las dictaduras tienen solución y el sida tendrá solución algún día. En cambio, la muerte.
¿Los lugares donde rueda son intercambiables?
Mis películas podrían transcurrir en cualquier ciudad, siempre que sea sofisticada como Nueva York, Londres, París o Barcelona. Pero no podría hacer una película en Sudán o en el Amazonas. Cuando ruedo en una ciudad me mudo allí con mi familia durante tres meses, así que busco lugares cómodos y agradables. Y luego, claro, está la cuestión del dinero. Me marché a Londres porque era mucho más barato que Nueva York. Aunque el dinero no es lo único que cuenta. Nunca iría a rodar a Abu Dhabi, por muchas facilidades que me pusieran. Y nunca rodaría en el desierto, como hizo David Lean durante el rodaje de “Lawrence of Arabia”. ¿Se puede creer que se pasó dos años viviendo allí?
¿No tiene curiosidad por descubrir lugares desconocidos?
No soy una persona nada curiosa. He vivido toda mi vida a una hora de avión de Canadá, pero no fui hasta los 65 años. Y nunca he ido a México, que está a la vuelta de la esquina. Soy una persona con hábitos muy determinados. Siempre voy a los mismos restaurantes, hago los mismos paseos y veo los partidos de los mismos equipos. Cada día desayuno los mismos cereales Cheerios y una banana que corto inalterablemente en siete pedazos.
Pero sí tiene curiosidad por la vida humana.
Sí, pero tampoco hay que pasarse. No es como si me encantara conocer a decenas de personas nuevas ni que me pase horas escuchando historias sobre la vida de los demás. Nada de eso. Soy un tipo muy sencillo, que se pasa el día en casa vestido en camiseta y con una cerveza en la mano, viendo deportes en la tele y tocando el clarinete. No soy una persona que lea ni que se pase el día meditando sobre la vida.
¿Es usted un nostálgico?
Intento no serlo, porque la nostalgia es una trampa. Es muy fácil acomodarse en ese sentimiento tan maravilloso que, al mismo tiempo, resulta inútil y pegajoso. Es como acurrucarse en una silla recubierta de miel, que al cabo de poco te paraliza y te impide escapar. El pasado no sirve de nada.
En ese caso, sorprende que siga negándose a utilizar música actual en sus películas.
Me gusta la música antigua, porque es lo que escuchaba en la radio cuando era joven. Por ejemplo, Cole Porter, George Gershwin y Richard Rodgers. A partir de los cincuenta todo se volvió eléctrico y ruidoso. La cultura emprendió un giro radical, pero yo decidí quedarme donde estaba. Mis amigos me dicen que estoy ciego, que me estoy perdiendo cosas estupendas. Y seguro que tienen razón, pero me da un poco igual.
Cuando rodó en Barcelona le llovieron ciertas críticas acerca de los estereotipos. ¿Le dolió?
No, porque era justo lo que buscaba. Estaba mostrando la ciudad desde el punto de vista de dos turistas. ¿Qué quiere que vayan a ver, más que Gaudí? Hacen lo que haría todo visitante que nunca ha estado allí, que es exactamente lo mismo que hice yo cuando vine por primera vez. Es la Barcelona que quería proyectar, la ciudad observada a través de mi prisma. No tenía ninguna intención de ser realista. En todo caso, no me duelen las críticas, porque siempre me han dicho cosas así. Cuando rodé Manhattan, todo el mundo dijo que ese Nueva York no existía. Y tenían razón: Martin Scorsese y Spike Lee describen la ciudad de una forma mucho más precisa y fiel. Pero yo nunca he querido ser preciso o fiel, sino imaginativo. Y les advierto que con París sucederá exactamente lo mismo.
¿Cómo está transcurriendo el rodaje de “Midnight in Paris”?
Está siendo genial. París me gusta porque me recuerda a Nueva York. Tiene el mismo tráfico, el mismo ruido, la misma gente nerviosa y estresada, la misma acumulación de restaurantes, teatros y librerías. Pero encima es diez veces más bonita que Nueva York. Por eso, cuando estoy aquí, me entran ganas de volar.
El 24 de agosto de 2010 estará en Avilés para el estreno de “You will meet a tall dark stranger”. ¿Cómo se enamoró de Asturias?
(Se entusiasma) Por puro accidente. Llegué para recoger el Príncipe de Asturias sin esperar nada en particular, pero me acabé encontrando con un lugar absolutamente maravilloso. Me gustó todo: la gente, el clima, el paisaje y la comida. Es como un paraíso que no se ha echado a perder, pero que tampoco resulta primitivo. Es un lugar sofisticado y cultivado, donde todo resulta magnífico. Si tuviera que escaparme del mundo y escoger un refugio, ese lugar sería Asturias.
Si decide jubilarse, ¿le veremos allí?
Si me jubilo, creo que me quedaré en Nueva York, porque es donde tengo a todos mis amigos. Pero si tuviera que escapar de allí porque todo el mundo hubiera decidido odiarme, entonces mi plan B sería Asturias. Sin ninguna duda. Qué lugar tan maravilloso. A mi familia le encanta ir allí. Cuando supe que el estreno sería en Avilés me puse a dar saltos de alegría. Cualquier excusa es buena para volver.
¿Dónde le llevará su próxima película?
Todavía no lo sé. Tengo que hablarlo con mi mujer.


lunes, 9 de septiembre de 2013

Woody y la risa número 11.

Continuemos riéndonos con Woody...


 
 
Extraído de Woody Allen, un libro de humor, número 1, Editorial Nueva Imagen, Mexico 1980.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

"Bananas", el mal dictador.





¡Ah, Woody Allen! ¡Tan sabio y tan poco reivindicado cuando se desmadra! Mis queridos blogdecineastas me incorporo a este especial que inició el audaz y raudo Juan Luis Caviaro para daros mi versión del cine de Allen. Advierto, ya en este preciso instante que será complicado encontrar un tono realmente hostil con Allen.


La película sigue las aventuras de otro currante, como en su primera película, esta vez bajo el nombre de Fielding Mellish (Allen, quien sino) que se enamora, de manera no correspondida, de una bella mujer (Louise Lasser) dedicada al activismo social y para conseguirla termina metido en lo que podríamos llamar un buen embrollo revolucionario en el que terminará convertido en presidente.

¡Ah, Allen! ¿Qué voy a decir de esta película maravillosa que no sepáis ya? Lo primero es que nunca se recuerdan lo suficiente las primeras películas de Allen, aquellas en las que nos enseñaba como sobrevivir. Porque Woody Allen, como Philip Roth o Saul Bellow, es un remedio para el alma que hace de sus peculiaridades y sus localismos (sus historias casi siempre neoyorquinas, su humor inequívocamente judío, su mofa ya encontrable en los mentados escritores a costa de figuras intelectuales) algo no accesible sino, más importante, familiar.

Cuando Fielding Mellish, una prolongación nada disimulada del Virgil de ‘Robó, huyó y lo pescaron’ (Take the money and run, 1970), navega hacia una revolución de la que no entiende nada lo que pretende es conseguir a la chica y un destino alejado de una vida un tanto grisácea y naturalmente pobre en expectativas y oportunidades. La política, para Mellish, es un asunto puramente psicosexual.

Cuentan algunas anécdotas, que en los setenta, cuando su ascendencia se hizo imparable ya desde que empezó a brillar como escritor e intérprete de monólogos, se impuso la teoría de que Allen sería un nuevo modelo de sexualidad. Sus musas, aquí Lasser y muy pronto Diane Keaton, eran mucho más agraciadas que él, y su estilo de humor, nervioso, inseguro, autoparódico, iba a cambiar la historia de la sexualidad.

Lo que al final sucedió, dicen, es que solamente Allen fue ese icono y su revolución no fue más allá. Naturalmente, podemos buscar consecuencias de su estereotipo / revolución en otras muchas historias….del Cine. ‘Bananas’ (id, 1971) tiene a Carlos Montalban como el impetuoso caudillo revolucionario y a un breve Sylvester Stallone haciendo una aparición memorable como matón en el metro.

Lo que también tiene es uno de los trabajos de fotografía más descuidados del progresivamente pulido cineasta judío, con un Andrew M. Costikyan realizando un trabajo de iluminación anodino. Pero compensa Allen estas carencias de cineasta que estaba empezando con gags absolutamente hilarantes, como la idea de retransmitir el coito “frustrado” con comentaristas deportivos con toda la retórica de la hipérbole a la que están acostumbrados los espectadores estadounidenses. O una hilarante escena de ruptura, que se cuenta entre las mejor escritas del cineasta.

Woody Allen, claro está, nos promete un final agridulce: es muy posible que el insignificante logre a la chica, no sin antes volver a fracasar. Su cine nos recuerda que, en realidad, estamos pasando por la vida para chocar, una y otra vez, con nuestros sueños y con nuestras frustraciones, que la inconformidad es, irónicamente, lo que nos hace buscar la felicidad y lo que nos asegura la infelicidad.

Es tan sabio este director y es tan emocionante seguir viendo sus películas.



Fuente: Blog de cine.


domingo, 25 de agosto de 2013

Imperdible Woody Allen.






Citas

Es probable que ningún cómico, salvo Groucho, haya sido tan citado como Woody Allen. Graham McCann



Soy lo suficientemente feo y lo suficientemente bajo como para triunfar por mí mismo.

¡Qué equivocada estaba Emily Dickinson!. La esperanza no es esa cosa con plumas. La cosa con plumas ha resultado ser mi sobrino. Tengo que llevarle a un especialista en Zurich. (Sin plumas)

El sexo entre dos personas es una cosa hermosa; entre cinco es fantástico...

Sólo se vive una vez, pero una vez es más que suficiente si se hace bien.

Mis padres no solían pegarme; lo hicieron sólo una vez: empezaron en Febrero de 1940 y terminaron en Mayo del 43.

Hay dos tipos de personas: los buenos y los malos. Los buenos duermen bien, pero los malos parece que se lo pasan mejor cuando están despiertos.

Nietzsche dice que nosotros viviremos la misma vida nuevamente. Dios!, yo tendré que ver de nuevo a mi agente de seguros.

Puede el hombre conocer el universo?, Dios santo, no perderse en Chinatown ya es bastante difícil.

Trabajo de psiquiatra: actualmente estoy tratando a dos parejas de hermanos siameses que sufren de doble personalidad. Me pagan ocho personas. (Zelig)

El hombre consta de mente y cuerpo, pero el cuerpo es el único que se divierte. (La última noche de Boris Grouchenko)

El sexo es lo más divertido que he hecho sin sonreir. (Annie Hall)

El dinero no lo es todo, pero es mejor que la salud. A fin de cuentas, no se puede ir a la carnicería y decirle al carnicero: -Mira que moreno estoy, y además no me resfrío nunca; y suponer que va a regalarte su mercancía (A menos que el carnicero sea un idiota). (Sin plumas)

Me gusta leer pornografía en Braile. (Bananas)

Para tí soy ateo. Para Dios, soy la fiel oposición. (Recuerdos)

Téngase presente también que para el amante la amada es siempre el más bello objeto imaginable, si bien para un extraño resultará indistinguible de cualquier variedad de salmónidos. (Sin plumas)

Cuando escucho a Wagner durante más de media hora me entran unas ganas de invadir Polonia. (Misterioso asesinato en Manhattan)

Tú usas el sexo para expresar cualquier emoción menos amor. (Maridos y mujeres)

Métodos de desobedencia cívica:

Huelga de Hambre: en ella los oprimidos renuncian al alimento mientras no sean satisfechas sus exigencias. Los políticos solapados acostumbran a ponerles bizcochos al alcance de la mano o tal vez queso de cabra, pero hay que resistir. El problema que plantea la huelga de hambre es que al cabo de unos ciertos días se puede estar francamente hambriento, sobre todo cuando camiones con altavoces han sido pagados para desfilar anunciando -Um... que pollo!-. Una variante para aquellos cuyas convicciones políticas no sean tan radicales, es dejar de comer cebollinos.

Sentada: se efectúa el traslado al lugar previsto y se procede a sentarse, pero hay que estar sentado todo el tiempo. De otro modo, como se estaría es en cuclillas, postura que carece de significado político.

Manifestaciones: el aspecto clave de una manifestación es que tiene que ser visible. Si una persona se manifiesta con carácter privado en su domicilio no constituye técnicamente una manifestación, sino meramente una acción estúpida o comportarse como un asno. (Sin plumas)


Me divorcié de mi mujer porque me dejó por otra mujer. (Manhattan)

No creo en una vida posterior, pero por si acaso me he cambiado de ropa interior. (Sin plumas)

La diferencia entre la muerte y el sexo es que la muerte es algo que puede hacer uno solo y sin que nadie se ría después de tí.

Yo no quiero casarme, sólo quiero divorciarme. (La última noche de Boris Grouchenko)

La CIA no se la juega, parte de sus hombres luchan con el presidente y otros luchan contra él. (Bananas)

Para el ejército me declararon inutilísimo. Si hubiera una guerra yo sólo serviría de rehén. (Annie Hall)

El león y la gacela yacerán juntos, pero la gacela no dormirá muy bien. (Sin plumas)

Acabo de conocer a un hombre maravilloso; es de ficción, pero no se puede tener todo. (La rosa púrpura de El Cairo)

En Beverly Hills no tiran la basura, la convierten en televisión. (Annie Hall)

El dinero es mejor que la pobreza, aunque sólo sea por razones económicas.

No es que tenga miedo a morirme, es tan solo que no quiero estar allí cuando suceda. (Sin plumas)

Una relación es como un tiburón; tiene que estar continuamente avanzando o se muere. Y me parece que lo que aquí tenemos es un tiburón muerto. (Annie Hall)

Nunca debes matar a un hombre, sobre todo si eso significa quitarle la vida. (La última noche de Boris Grouchenko)

Hoy vi un crepúsculo rojo y gualda y pensé ¡Qué insignificante soy!. Naturalmente, también pensé eso ayer, y llovió. Me sentí asaltado por el odio hacia mí mismo, y proyecté de nuevo suicidarme... esta vez aspirando hondo cerca de un vendedor de seguros. (Sin plumas)

Él era tan duro y romántico como la ciudad que amaba. Tras sus gafas de montura negra se agazapaba el vibrante poder sexual de un jaguar. Nueva York era su ciudad y siempre lo sería. (Manhattan)

Lo asombroso de cuando uno está enamorado es que experimenta un impulso de cantar. Hay que resistirlo a toda costa, y debe procurarse también que el macho ardiente no recite las letras de las canciones. (Sin plumas)

Yo intento hacer con las mujeres lo que Einsenhover ha estado haciendo al país. (Annie Hall)

Nunca he tenido un orgasmo no adecuado. El peor orgasmo que tuve fue uno que me costó dinero. (Manhattan)

La última vez que estuve dentro de una mujer fue cuando visité la estatua de la Libertad. (Delitos y faltas)

Se suicidó, era el mayor intelectual que he conocido, y dejó una nota que decía "salgo por la ventana".

El aspecto positivo de la muerte es que es una de las pocas cosas que pueden efectuarse estando cómodamente tumbado. (Sin plumas)

Nunca había sido capaz de enamorarme, no había encontrado a la mujer perfecta; siempre había algo malo. Y entonces conocí a Doris, una mujer maravillosa, con una gran personalidad. Pero por alguna razón, no me atraía sexualmente, no me preguntes por qué. Luego conocí a Rita, un animal, indecente, problemática. Me encantaba irme a la cama con ella, pero después siempre deseaba volver con Doris. Entonces, pensé, si pudiera poner el cerebro de Doris en el cuerpo de Rita sería maravilloso. Y pensé, por qué no?. Así que preparé la operación y todo fue perfectamente, cambié las personalidades e hice a Rita una mujer ardiente, dulce, sexy, maravillosa, madura... Y me enamoré de Doris. (Recuerdos)

El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores.

Yo fui expulsado del colegio por copiar en el examen de metafísica; miré en el alma del muchacho que se sentaba al lado de mí.

Mi psicoanalista me advirtió que no saliera contigo, pero eras tan guapa que cambié de psicoanalista. (Manhattan)

No quiero alcanzar la inmortalidad mediante mi trabajo, sino simplemente no muriendo.(La última noche de Boris Grouchenko)

La mayoría del tiempo no me divierto mucho. El resto del tiempo no proporciono ninguna diversión a los demás.

Las mujeres más lindas resultan casi siempre las más aburridas, y ese es el por qué de que ciertas personas no crean en Dios. (Sin plumas)

Todos los hombres son mortales. Sócrates era mortal. Por lo tanto, todos los hombres son Sócrates. Lo que significa que todos los hombres son homosexuales. (La última noche de Boris Grouchenko)

Un vendedor ambulante sigue su camino calle abajo vendiendo bollos calientes. Le atacan unos perros y se sube a un árbol. Para su desgracia, hay más perros en la copa del árbol. (Cómo acabar de una vez por todas con la cultura)

Te quiero contar una historia tremenda acerca de la anticoncepción oral: le dije a esa chica que si quería hacer el amor conmigo y me dijo que no.

Mi cerebro es mi segundo órgano favorito. (El dormilón)

Si Dios me hiciera una señal, como abrirme una buena cuenta en un banco suizo. ( La última noche de Boris Grouchenko)

Hay peores cosas en la vida que en la muerte. Si has pasado una tarde con un vendedor de seguros sabes a lo que me refiero.

Los estudiantes que logran la unidad no podrán luego salir por la puerta de clase.

No creo en las relaciones extramatrimoniales. La gente debería aparearse para siempre, como las palomas, o los católicos. (Manhattan)

Hoy soy una estrella. ¿Qué seré mañana? ¿Un agujero negro?.

¡Señor, Señor! ¿Qué has estado haciendo tú últimamente?. (Sin plumas)

No te metas con la masturbación. Es hacer el amor con alguien a quien yo quiero. - Audio (Annie Hall)

Yo sufría de incontinencia cuando era pequeño, y como solía dormir con una manta eléctrica, estaba continuamente electrocutándome. (Bananas)

¿Es sucio el sexo?. Únicamente si se hace bien.

 
 
Fuente: http://letrasyalgomas.foroes.net/t3027-imperdible-woody-allen
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martes, 30 de julio de 2013

Allen habla de Medianoche en París.



Por Yenny Nun
Después de su mentada separación de Mia Farrow en 1992 y posterior matrimonio en 1997 con la hija de la actriz, Soon Yi Previn, 36 años menor que él, a Woody Allen le costó conseguir financiamiento para sus películas en Estados Unidos. Acostumbrado a ambientar sus historias en Nueva York, el genio cómico –quien cumple 76 este 2011–, debió cambiar de rumbo para seguir dirigiendo una película por año.
Woody dirige a Owen Wilson.
El primer puerto fue Londres, donde hizo cuatro filmes, incluyendo la celebrada “Match point” junto a su nueva musa, Scarlett Johansson y “Cassandra’s dream” junto a Ewan McGregor y Colin Farrell. Luego enfiló a España, triunfando con “Vicky Cristina Barcelona”. Ahora aterrizó en la capital francesa escribiéndole una “oda de amor”, titulada “Midnight in Paris” y logró reunir un elenco integrado por Owen Wilson, Marion Cotillard, Rachel McAdams, Michael Sheen, Kathy Bates, Adrien Brody y Carla Bruni. La historia gira en torno a dos estadounidenses que viajan a París antes de casarse y se dan cuenta de que no están hechos “el uno para el otro”. El personaje encarnado por Owen Wilson se traslada mágicamente a la Belle Epoque de París, donde encuentra muchas respuestas conversando con los grandes artistas de ese período.
Aunque años atrás al director le era casi imposible viajar por sus muchas fobias que incluyen aracnofobia, cinofobia –miedo a los perros–, acrofobia –a las alturas– y agorafobia –temor a los espacios abiertos–, hoy Woody Allen se traslada sin problemas siempre acompañado de la fiel Soon Yi, “la mejor relación que he tenido en mi vida”. También viajan con ellos los dos hijos adoptados de la pareja Bechet Dumaine y Manzie Tio, de 12 y 11 años, ambos con nombres de famosos músicos de jazz que Allen admira.
¿Cómo creó la trama de “Midnight in Paris”?
Cuando acepté filmar en Francia, no tenía idea de la historia. Finalmente decidí que sería una cinta romántica con el título “Midnight in Paris”; pero durante los meses siguientes no sabía qué hacer. Hasta que se me ocurrió que el protagonista va caminando por la noche, un auto se detiene frente a él, alguien le dice “sube”, y el automóvil lo lleva a esta aventura. Personalmente, nunca me subiría al vehículo, porque me daría miedo terminar en un sótano en Darfur (risas). No soy aventurero, pero cuando escribo me atrevo a todo.
¿Cuál es su lugar favorito en París?
Las calles. No soy alguien al que le guste llegar a una ciudad en el extranjero e ir a los museos a ver pinturas. Prefiero pasear por las calles y, en París, ver las casas y conocer los boulevards. Para mí son verdaderas obras de arte.
¿Por qué contrató a Owen Wilson?
Escribí el personaje para alguien muy parecido a mí. Un hombre de la Costa Este de Estados Unidos, un intelectual. Pero no se me ocurría quién podría interpretarlo (risas). Entonces mi directora de casting, Juliet Taylor, me propuso a Owen Wilson y le contesté: “Owen Wilson  es un típico chico de la playa con su tabla de surf al hombro”. Pero luego lo medité, reescribí el rol, lo hice oriundo de California y le di problemas de la Costa Oeste. Owen es un actor muy talentoso y divertido. Le envié el libreto y aceptó. El no es como yo, es muy relajado, muy californiano. Pero su parte funcionó muy bien.
¿Escribe comedias románticas para escapar de la realidad?
Totalmente. Siempre he sido un opositor a la realidad. Creo que vivimos una existencia muy terrible y cruel, ¡por lo que estoy a favor de cualquier oportunidad de escapar! Pero es muy difícil lograrlo. En “The purple rose of Cairo” a Mia Farrow se le presenta una oportunidad para escapar, pero si uno sigue ese camino, encuentra la locura. Por eso, si estamos obligados a seguir en la realidad, lo mejor es distraerse.
La película transcurre en parte en los años 20 durante la “Belle Epoque” de París, ¿le habría gustado vivir en esa época?
Uno cree que le gustaría retroceder en el tiempo, porque idealiza la situación. Cuando piensa en la Belle Epoque, se imagina carruajes, caballos y hermosas mujeres. Pero ni se nos ocurre que cuando la gente tenía hora al dentista, no existía la novocaína ni el aire acondicionado ni los antibióticos. Para mí, habría sido una pesadilla vivir en esos años. Me gustaría regresar por un día o dos, una visita corta y listo.
De todos los personajes que presenta, ¿a quién le habría gustado conocer?
No a Hemingway. He leído mucho acerca de él y era un hombre muy difícil. Picasso también era demasiado complejo, usaba a las mujeres sólo para sexo o para pintarlas. Creo que probablemente habría disfrutado conversando con Buñuel, a quien considero un genio. Scott Fitzgerald era un poco loco y su mujer era loca total. Por lo que me quedaría con Buñuel o con Cole Porter, ambos eran muy creativos y sanos mentalmente.
¿Quién es su ídolo?
Groucho Marx era una persona a quien yo había encumbrado durante muchos años, lo amaba. Pero cuando lo conocí, me recordó a uno de mis tíos chistosos, de ésos que hacen bromas en los matrimonios. Luego de esta experiencia, nunca más quise conocer a nadie a quien admiro; porque no quiero que mis ídolos se conviertan en gente común y corriente que se aburre, tiene hambre y le da dolor de cabeza.
¿Por qué ya no trabaja en Nueva York?
Es una ciudad donde es muy caro filmar una película y mi presupuesto no alcanza. Dispongo de cantidades limitadas de dinero que me permiten filmar en Europa, pero no en Nueva York.
Su próxima película será en Roma…
Es una comedia muy divertida, la mitad de la cinta será en inglés y la otra en italiano. Me inspiré en el cine que me fascinaba de joven: Antonioni, De Sica y Fellini.
Usted actuará después de algunos años. ¿Qué lo decidió a volver?
Que hay un rol para mí. No podría haber interpretado el rol de Owen Wilson porque ya no soy joven. Pero Jerry tiene mi edad, comparte mi sensibilidad; por eso tomé el papel y no se lo mandé a otro actor.
¿Echa de menos la actuación?
Estoy feliz cuando aparezco en mis películas y feliz cuando no lo hago. Ahora estoy pensando que cuando filmemos en Roma será verano y hará mucho calor. Y deberé levantarme temprano por las mañanas, afeitarme y colocarme la ropa de mi personaje. Entonces me preguntaré, ¿para qué hice esto? Pero el rol era demasiado bueno para no interpretarlo.
Sus películas son intelectuales y en esta última usted revive a Luis Buñuel, Gertrude Stein y otros artistas. ¿Cree que el público en general los conoce?
Mis películas siempre han tenido un público limitado. Siempre he hecho cine para personas cultas. Siento que mi público sabe lo mismo que yo; pero no soy un intelectual. No terminé la universidad. Asumo que existen millones de personas en el mundo que son educadas y desean entretención que no apele al más bajo común denominador; que no quiere choques de automóviles ni bromas de baño, que existe un público que desea algo más sofisticado.
¿Qué siente cuando lo critican?
No escucho a las personas que me critican ni tampoco a las que me dicen que soy un genio cómico. No me preocupa hacerme rico ni lo que dice la gente. Me enfoco en mi trabajo de la misma manera que un fundamentalista musulmán se enfoca en la religión. Si tuviera que darle consejo a los jóvenes, les diría que no escuchen nada ni lean lo que escriben de ellos, enfóquense sólo en su trabajo.
¿Sus hijos comparten sus ideas?
No, soy un fracaso. Trato de que escuchen música de Cole Porter y jazz de Charlie Parker, pero no quieren. Prefieren a Justin Bieber y a Lady Gaga. Sienten que soy antiguo, que no sé nada y los avergüenzo como papá. No hay nada que pueda hacer. Tengo amigos que escuchan música clásica en sus casas para influir a sus hijos, pero nada. A ellos les gusta lo que les gusta, lo que les agrada a sus amigos. No importa, yo soy el que está pasado de moda.
El mayor auge de sus películas en Estados Unidos fue en la década del 70…
Porque las compañías de cine aunque eran codiciosas y filisteas, permitían hacer un par de películas de cierta calidad al año, para salvar su propia conciencia y sus egos. Por eso financiaban algunas buenas cintas y se mostraban contentos con tener ganancias pequeñas. Si ganaban entre cinco, 10 y 15 millones, estaban felices. Ahora si ganan menos de 70, se desilusionan. Yo tuve mucha suerte. Trabajaba para Artistas Unidos quienes apoyaban mis filmes sin leer mis guiones ni hacer preguntas. Tenía corte final en todos mis proyectos.
¿Y ahora?
La dinámica es muy diferente, porque las compañías de cine descubrieron que pueden gastar 100 millones de dólares en una película para ganar 300 millones. Apuestan por lo grande y les importa un bledo hacer películas de calidad, sólo les interesan las ganancias. Por supuesto mi cine queda fuera; pero los europeos tienen otra visión y me las financian.
¿Le afecta el paso de los años?
No hay nada bueno con envejecer, nada. Se gana un par de cosas, algo de sabiduría en los fracasos amorosos y otras desilusiones. Pero lo que se pierde es catastrófico por donde se lo mire.
¿Qué lo impulsa a escribir?
Es algo que siempre he hecho, comencé a escribir antes de aprender a leer. Desde niño, era capaz de crear historias y escribirlas. Es como tener buen oído. Y cuando se tiene la habilidad para hacer algo, es necesario expresarlo. Si nadie me contratara y tuviese que lavar platos para ganarme la vida, volvería a mi casa en la noche y escribiría, porque me produce placer. Es mi hobby. Es algo muy natural.

Fuente: Portal Woody Allen Web, http://woodyallenweb.wordpress.com/declaraciones/