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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología, y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

martes, 31 de agosto de 2021

Woody Allen. Un autorretrato en la era de la cancelación.

 

El cineasta estadounidense, siguiendo el tono satírico de Groucho Marx en sus memorias, da a conocer una autobiografía en la que indefectiblemente termina por cobrar protagonismo su defensa contra las acusaciones de abuso


Por Nicolás Mavrakis



Woody Allen sabe que su vida privada es la más perfecta de las tragicomedias escritas por él mismo. De hecho, esta es una percepción recurrente desde el principio de A propósito de nada, su flamante "polémica autobiografía". Aunque a los 84 años, podría tratarse del único desenlace sensato para una vida dedicada a reírse con inteligencia de las muchas contradicciones que lo más razonable, oportuno y discreto del espíritu debe aceptar cuando se somete a "lo que el corazón quiere", como dice citando al novelista Saul Bellow.

En todo caso, son sus películas las que muestran que en el mundo están quienes, llegado el momento, renuncian a lo que aman para hundirse en la angustia y la muerte, y quienes, en cambio, aceptan lo que aman para hundirse en la angustia y la vida.

De una u otra manera, en 1992, Woody Allen eligió a Soon-Yi, la hija adoptiva de veintidós años de quien era su pareja, Mia Farrow, y a pesar de las dificultades de público conocimiento, desde entonces sigue casado con ella (y respecto a esta notable perdurabilidad, remarca Allen, sería equivocado creer que Soon-Yi es algún tipo de cautiva: "Yo no duraría una semana en un campo de concentración sin mi esponja de baño; ella, por el contrario, en dos días tendría a la Gestapo llevándole el desayuno a la cama").




El detalle es que, durante esta peculiar historia de amor, Allen fue acusado de abusar sexualmente de Dylan, otra de las hijas adoptivas de la misma mujer (Mia Farrow) con la que mantuvo una de las relaciones laborales y afectivas más célebres en el star system de Hollywood. A partir de ahí, el director arrastra una nube amarillenta de conmoción moral y profesional cada vez que presenta un nuevo trabajo, circunstancia que se incrementó cuando, en pleno #MeToo, dos de los hijos de Farrow volvieron a acusarlo mediáticamente de lo mismo que su madre había hecho antes en una corte. Y aunque la justicia real de finales del siglo XX ya había comprobado que las acusaciones eran falsas (las dos instituciones más serias de investigación de crímenes sexuales en Nueva York concluyeron que el abuso nunca había ocurrido), la emergente cultura de la indignación y la censura del siglo XXI (también llamada, de un modo amable, "cultura de la cancelación") no dudó en declararlo culpable.

Es por esto que, mientras algunos insisten en renegar de haber trabajado con él, otros rechazan hacerlo y Amazon se niega a distribuir sus películas en los Estados Unidos, Allen decidió tomar la palabra. De lo contrario, remarca el director de Hannah y sus hermanas, "ciudadanos bienintencionados, rebosantes de indignación moral, están la mar de felices asumiendo noblemente una posición en un asunto del cual no tienen ningún conocimiento, de manera que teniendo en cuenta lo que todos estos cruzados saben realmente, yo podría ser tanto una víctima como Alfred Dreyfus como un asesino en serie".

Este es el trasfondo que se impone sobre casi todas las otras apariencias del libro, y también es el motivo por el cual, a pesar de presentarse como una autobiografía y admitir episodios en los que Allen relata eventos de su infancia y su carrera, A propósito de nada no es otra cosa que un ameno, reflexivo y valiente alegato autodefensivo con un objetivo: responder con una serie de hechos probados a las caóticas mentiras inventadas por Farrow (esa, insiste Allen, sería la "nada" sobre la que necesita escribir).




El libro, en este sentido, es menos una versión actualizada de Groucho y yo, las memorias en clave satírica que publicó en 1959 uno de sus mayores ídolos de la comedia, Groucho Marx, que una versión en tono humorístico de Toda la verdad, la autobiografía que el boxeador Mike Tyson publicó en 2013 para demostrar que la mujer y el jurado que lo enviaron a la cárcel por violación en 1992, en realidad, habían mentido y actuado en base a prejuicios.

Por supuesto, esto no impide que Allen pueda hacer chistes sobre su trato con las mujeres de su vida, como cuando, al recordar su matrimonio con Harlene Rosen, escribe que "me di cuenta de que me había metido en problemas cuando, durante un debate filosófico, Harlene logró probar que yo no existía", o cuando al mencionar su relación con Diane Keaton, de quien sigue siendo amigo, recuerda que "jamás vi a nadie, fuera de un campamento de leñadores, zamparse tanta comida como ella". La similitud con el estilo de Groucho es un homenaje constante, y para notarlo basta una línea cualquiera de Marx en su propia autobiografía: "No hay duda de que el sexo es la fuerza responsable de la perpetuación de la raza humana. Si no existiese, la vida desaparecería en pocas décadas, lo que tal vez no fuese mala idea".

Por otro lado, quienes quieran conocer los verdaderos detalles sobre la larga vida y obra de Allen, acerca de lo cual su protagonista revela poco menos que el artículo con su nombre en Wikipedia (y pasa por alto cualquier comentario sobre quienes ya no ven nada nuevo en sus más recientes películas), están todavía a mano las excelentes biografías oficiales publicadas por Eric Lax, quien funciona desde hace mucho como el auténtico iluminador de una existencia huidiza a la mirada del gran público con Conversaciones con Woody Allen (2007) y Woody Allen. La biografía (1991). Allen lo sabe, y por eso resulta impactante su esfuerzo por defenderse y contar, al menos en sus términos, todo lo que solo él puede conocer sobre su relación con Mia Farrow y Soon-Yi, y que nadie se animaría a preguntar.

Sin margen para las bromas, es ahí cuando señala que, además de tener Mia Farrow un hermano condenado y en prisión por abuso de menores, de los siete hijos adoptivos de ella sometidos, según los testimonios judiciales de Soon-Yi y distintas mucamas, a distintos maltratos físicos y psicológicos, dos se suicidaron y otra murió abandonada en un hospital.

Si Maridos y esposas o Manhattan perdurarán cuando sea su cinematografía lo único que ofrezca un testimonio sobre el hombre que las hizo es algo que, por ahora, no le interesa resolver a Woody Allen. Lo urgente es saber si él mismo logrará ver cumplida su famosa máxima, que dice que la comedia es tragedia más tiempo.


Fuente: Lanacion.com.ar








lunes, 5 de julio de 2021

Woody Allen toma la palabra.

 



Publicada en medio de una polémica, la autobiografía del realizador neoyorquino narra algunas de las controversias que han rodeado su vida privada. 

La autobiografía de Woody AllenApropos of Nothing (A propósito de nada), es un testimonio divertidísimo que ofrece material de interés para distintos tipos de lectores. Se puede leer como el ameno retrato interior de los profesionales de la comedia norteamericana de la época gloriosa del stand-up, así como de los hacedores del cine estadounidense desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. También es, en tono de comedia de enredos y malos entendidos, el diario de un seductor, que estuvo envuelto sentimentalmente con tantas y tan bellas mujeres, entre las que se cuentan bellezas prístinas y locuaces de Hollywood, como Mía Farrow y Diane Keaton. También es un cuento de hadas con altas y bajas sobre el éxito, escrito por uno de los cineastas más prolíficos y premiados, por uno de los músicos de jazz menos dotados pero más persistentes, y por un mago en ciernes.

Creo que hay más ternura y amor en Apropos of Nothing de lo que se espera de un cómico cínico como Woody Allen. Entre ingeniosas bromas y juegos de ideas deslumbrantes, se agradece la escritura pulcra y refinada del testimonio generoso de un hombre que hoy, a sus 84 años de edad, se levanta todos los días para escribir y reescribir historias durante buena parte de las horas del día, tal como ha hecho desde que era un muchacho que buscaba, ante todo, divertirse.

Yo me acerqué a este libro pensando que Woody Allen sólo era un cineasta, y de los buenos, pero no podía haber estado más equivocado: sobre todas las cosas que Woody Allen ha anhelado ser, ha sido desde el principio un escritor perfeccionista de gran imaginación. Tal vez debí haberlo sospechado echando un ojo a los premios Oscar: de los cuatro que le han ofrecido (aunque nunca ha ido a recoger), tres de ellos han sido por mejor guion original: Annie Hall (1978), Hanna y sus hermanas (1987) y Medianoche en París (2012). Pero ha sido nominado en esa categoría 10 veces más.

No hay manera de explicarse por qué una empresa como Hachette, la editorial que poseía los derechos, decidió en el último momento no publicar este libro literaria y testimonialmente estupendo que, desde el punto de vista comercial, es oro puro. No me lo explico en términos legales y, mucho menos, morales. En todo caso, tras los alegatos que aluden comportamiento impropio en su vida personal, desde mi punto de vista, la inmoralidad fue de la editorial Hachette, ya que decidió censurarlo sin pruebas; mandarlo a la hoguera de la Inquisición de los libros prohibidos por el simple rumor de lo políticamente correcto.


El origen de las acusaciones

Para aquellos que no estén al tanto de los hechos, trataré de hacer una escueta síntesis: Mia Farrow (mujer culta y refinada, proveniente de la realeza hollywoodense, quien ya tenía siete hijos, tres biológicos y cuatro adoptados) y Woody Allen fueron pareja por 13 años (y 13 películas), aunque nunca vivieron juntos y nunca se casaron. Juntos adoptaron a una niña (Dylan) y concibieron un varón (Satchel).

Para 1992, cuando Dylan tenía casi siete años y Satchel casi cinco, la pareja se separó abruptamente debido a que Woody Allen comenzó una relación sentimental (que persiste al día de hoy) con la joven mayor de edad Soon-Yi, hija adoptiva de Mia Farrow y su pareja anterior, el director de orquesta André Previn. Fue entonces, durante el alegato de custodia de los dos menores, Dylan y Satchel, ante la Suprema Corte de Justicia de Nueva York, que Mia Farrow acusó a Woody Allen de haber abusado sexualmente de Dylan.

Dos investigaciones especializadas (una de seis meses por parte de Yale-New Haven y otra de 14 meses de Servicios Sociales de NY) no encontraron pruebas al respecto. El juez Elliot Wilk determinó que no hubo abuso sexual a la menor, pero también que se le negaba de manera absoluta a Woody Allen cualquier contacto con Dylan y Satchel.

Instantes de la relación de Allen y Soon-Yi | 


Pasaron las décadas, y cuando el frío invierno neoyorquino parecía haber exterminado las uvas de la duda, una ramita de vid fortalecida surgió entre el hielo. El 1 de febrero de 2014, Nicholas Kristof publicó en su columna del diario The New York Times extractos de una carta en la que Dylan (ya una mujer de 28 años) relataba el supuesto abuso sufrido por parte de su padre adoptivo (con el que por cierto jamás volvió a tener contacto), basándose en los pocos recuerdos reales y aquellos construidos a lo largo de veinte años, como secuela de una investigación en extremo traumática para una niña. Una semana después, Woody Allen escribió su respuesta, puntualizando datos verificables en torno a su inocencia.

Al margen de esta historia, durante 2017, la revista The New Yorker y el diario New York Times publicaron una serie de reportajes en torno al abuso sexual de que habían sido objeto varias artistas de Hollywood por parte de productores y directores, lo cual abrió la puerta para que muchas mujeres, artistas de distintas disciplinas, se sintieran apoyadas para por primera vez confesar a través del hashtag #MeToo que también habían sido víctimas de abuso. Fue tan importante y original esta iniciativa, que el año siguiente uno de los premios Pulitzer de periodismo, el correspondiente al tema de “Servicio público”, fue otorgado de manera conjunta a estos dos medios informativos por su cobertura del tema, la cual derivó de manera indirecta en el juicio y la condena penal en contra del productor Harvey Weinstein. Los periodistas premiados fueron Jordi Kantor y Megan Twohey, por The New York Times, y Ronan Farrow, por The New Yorker.

Ronan Farrow es Satchel, ese hijo que Woody Allen no pudo volver a ver desde que tenía casi cinco años, cuyo segundo libro (Depredadores. El complot para silenciar a las víctimas de abuso) es editado por el grupo editorial Hachette. Fue gracias a la presión ejercida por Satchel, y a que los empleados de la editorial se manifestaron en contra de la publicación del libro de un supuesto abusador sexual, que se decidió no publicar Apropos of Nothing.

Estamos ante un caso de censura del arte bajo el amparo de lo políticamente correcto. Se han dicho infinidad de cosas horribles sobre Woody Allen desde que se desató este asunto, salpicadas de buenas intenciones, tramposas imprecisiones y francas mentiras. Si atendemos a los hechos verificables, de ser culpable, él ya estaría en la cárcel por haber cometido el que yo considero el más atroz de los crímenes: abusar de un menor, pero ni siquiera fueron suficientes las pruebas presentadas en el alegato de custodia de sus hijos para establecer contra él una acusación formal.

Mia Farrow, Woody Allen, Dylan y Ronan, en enero de 1988 | 



Woody Allen y las mujeres

Tras varias páginas de Apropos of Nothing explicando por qué Woody Allen no se considera a sí mismo un gran artista, en comparación con dos de sus mayores ídolos: el cineasta sueco Ingmar Bergman (con cuyo fotógrafo Sven Nykvisty trabajó en varias ocasiones) y el dramaturgo norteamericano Tennessee Williams (autor de la que para él es la más grande obra teatral jamás escrita: Un tranvía llamado deseo), Woody Allen hace un recuento de las mujeres que han colaborado en sus películas:

“Del lado positivo, entre la influencia de Bergman y Williams, he escrito muchos papeles femeninos, incluso algunos bastante jugosos. Para ser un tipo vapuleado por los fanáticos del #MeToo, mi récord con el sexo opuesto no está nada mal.

“Mi representante de prensa, Leslee Dart, un día me hizo notar que en cincuenta años de hacer cine, y trabajar con cientos de actrices, he propiciado 106 papeles de actriz principal con 62 nominaciones para las actrices, y jamás ha habido ninguna insinuación de comportamiento impropio por parte de ninguna de ellas. O de ninguna de las extras. O de ninguna de las dobles. Además, desde que somos independientes de los estudios, he dado empleo a 230 mujeres como jefes del equipo detrás de cámara, sin mencionar a mujeres editoras y productoras, y todas han sido remuneradas con el mismo sueldo que los hombres”.

Penélope Cruz escucha a Woody Allen durante la filmación de A Roma con amor  | 



Fin de la digresión

Cuando se anunció que el Apropos of Nothing no sería publicado, el célebre autor de best sellers de horror Stephen King declaró a través de Twitter:

“La decisión de Hachette de soltar el libro de Woody Allen me inquieta. No es por él; no me importa un comino el Sr. Allen. Es quién será el siguiente en ser amordazado lo que me preocupa”.

Claramente Sthepen King, como autor, ve un peligro en la censura y el linchamiento de un libro tras el escudo de la ilusión de lo políticamente correcto sin pruebas. Algunas de las películas más recientes de Woody Allen, como Día lluvioso en Nueva York, actualmente no son distribuidas en Estados Unidos por este tema. “Fin de la digresión —como bien se apunta en el primer tercio de Apropos of Nothing—, y si no he perdido su interés por completo, volveré al tema principal de este libro: la búsqueda de dios por parte del hombre, en un inútil y violento universo”. Te recomendamos: El legado de Lee Miller Por fortuna lo que tenemos aquí es un gran libro que, página a página, habla por sí solo, revelando los secretos de un artista que nunca ha perdido el objetivo principal de disfrutar y divertirse con lo que hace más que cualquier otra cosa en el mundo. Cuando se enteró de que había sido elegido para recibir el premio Príncipe de Asturias, Woody Allen en un principio lo rechazó, tal como hizo cuando Federico Fellini, uno de los mayores genios del cine, le telefoneó a su habitación de hotel en Roma, porque pensó que se trataba de una broma. Cuando le llamó un funcionario de la realeza para decirle en tono de pánico que recibiría el Príncipe de Asturias en la misma ceremonia que Arthur Miller y Daniel Barenboim, dos gigantes de la cultura universal, la respuesta de Woody Allen no fue la de un monstruo sediento de gloria y poder: “Ve, le digo que debe tratarse de un error”. Los momentos más gloriosos de Woody Allen, los que narra en Apropos of Nothing con mayor elocuencia y placer, no son los premios ni las exitosas producciones de ganancias millonarias, sino las colaboraciones con amigos suyos, como Mickey Rose y Marshall Brickman. “Toma el dinero y corre —su segunda película, de 1969— fue un guion que escribí con mi viejo amigo de escuela y compañero de equipo de beisbol, Mickey Rose. Nuestra amistad se remonta a la secundaria Midwood, donde los dos soñábamos con jugar en las ligas mayores y salíamos al campo de beisbol en verano sin importar lo sofocante que estuviera el calor, a batear pelotas, torear elevados y fildear roletazos. Tan solo nos deteníamos cada pocas horas para correr a la tienda de la esquina por unas malteadas de chocolate. Mickey no tenía disciplina, pero sí un sentido del humor lunático, totalmente original. Su idea de una buena broma era ir por todas oficinas de los empresarios del espectáculo, agentes y gerentes, en Nueva York y siempre dejar por ahí una lata de atún sin que nadie lo notara. Podía provocarle una risa histérica imaginar a los empresarios reuniéndose para almorzar y que uno de ellos dijera: ‘Me pasó algo curioso el otro día: encontré una lata de atún en uno de los cajones de mi escritorio’. ‘Qué coincidencia’, diría un segundo empresario, ‘yo encontré una en mi silla’. ‘Yo también’, diría un tercero. Pero para entonces Mickey ya estaría revolcándose de risa en el suelo con lágrimas rodando sobre sus mejillas”. Evoqué claramente a este par cuando vi recientemente Toma el dinero y corre. Para salir de prisión, a Virgil, un maleante sin suerte ni vocación, le ofrecen probar en él una medicina nunca usada en humanos. Uno de los efectos secundarios que experimenta es convertirse momentáneamente en rabino. No pude evitar imaginar a Woody Allen y Mickey Rose sufriendo un ataque de risa incontrolable ante el absoluto desconcierto de todos los presentes. “He sido nominado a numerosos premios Oscar —recuerda Woody Allen en esta autobiografía—. La noche de la ceremonia yo estaba tocando jazz en Nueva York. Recuerdo haber interpretado Jackass Blues, una pieza que King Oliver hizo famosa. Utilicé esta presentación como una escusa, pero no habría ido de todas maneras. No me gusta la idea de los premios en aspectos artísticos. Las piezas de arte no fueron creadas con el propósito de competir, sino para expresar una comezón artística y, con suerte, entretener. No estoy interesado en el pronunciamiento de ningún grupo sobre cuál es la mejor película del año, o el mejor libro, o el artista más valioso. No quiero meterme en eso ni gastar en ello la cinta de mi máquina de escribir, porque entonces tendría que convencer a ese grupo, cambiarlo y alimentarlo. Es suficiente decir que la noche del Oscar toqué blues lo mejor que pude, me fui a casa, me metí en la cama y, a la mañana siguiente, en la primera página del Times me enteré que había obtenido cuatro premios Oscar, incluyendo el de mejor película (por Annie Hall). Reaccioné como cuando escuché la noticia del asesinato de Kennedy: pensé en ello por un minuto, luego me terminé mis Cheerios, me senté frente a la máquina de escribir y me puse a trabajar”. De manera personal, después de leer las 400 páginas del libro, suscribiría lo que declaró la editorial Arcade Publishing, cuando se apresuró a publicar Apropos of Nothing una vez que la había rechazado intempestivamente Hachette: “En estos tiempos extraños en que a menudo la verdad se califica de fake news, como editorial preferimos dar voz a un artista respetado en vez de hacerles caso a quienes intentan silenciarle”.

Fuente:  www.milenio.com/cultura/laberinto/woody-allen

 

Los colaboradores de Woody: Carlo Di Palma (1925-2004)



 Italia llora a Carlo di Palma, el famoso director de fotografía, fallecido en Roma a los 79 años de edad, que trabajó con grandes cineastas tanto italianos como de otras nacionalidades, entre ellos Roberto Rossellini, Bernardo Bertolucci, Michelangel Antonioni y Woody Allen.

"Carlo ha sido y será para siempre un gran artista. Con él se ha ido uno de los que han hecho grandes el cine italiano y nuestro país. Las luces de Di Palma han iluminado las películas de los más grandes maestros de la cinematografía. Le echaremos mucho en falta y será su trabajo y su arte el que nos hable y nos haga probar fuertes emociones", afirmó el alcalde de Roma, Walter Veltroni, en el entierro del artista.

Carlo di Palma falleció el 9 de julio a los 79 años en su casa de Roma y fue enterrado en la capital italiana tres días después, tras una ceremonia celebrada en la plaza de Campitelli, tradicional lugar de encuentro del mundo de la cultura y del espectáculo de la Ciudad Eterna.





Importantes directores de cine, como Ettore Scola y Gillo Pontecorvo, y destacadas personalidades del mundo del celuloide se dieron cita en el adiós a un hombre formado en la gran escuela de la cinematografía italiana posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Di Palma comenzó como asistente de Luchino Visconti en Obsesión (1943) -película que inspiró el posterior éxito del cine estadounidense El cartero siempre llama dos veces-, y después como director de fotografía de Rossellini en Roma cittá aperta (1945).

También trabajó en Kapo (1960), de Gillo Pontecorvo; Tiro al pichón (1961), de Giuliano Montaldo; La larga noche del 43 (1960), de Florestano Vancini; Divorcio a la italiana (1962), de Pietro Germin; La Armada Brancaleone (1966), de Mario Monicelli, y Amor mío ayúdame, (1969), de Alberto Sordi. Asimismo, en Drama de celos (1970), de Ettore Scola; La tragedia de un hombre ridículo (1981), de Bernardo Bertolucci, y El monstruo (1999), de Roberto Benigni. Además trabajó con Michelangelo Antonioni en Desierto rojo (1964), Blow Up (1966) e Identificación de una mujer (1982).

Como director de cine dirigió Teresa la ladrona, en 1973, con Monica Vitti, que fue su musa y a la que dirigió en otras tres películas, una de ellas junto a Claudia Cardinale, Ahora comienza la aventura, de 1975.

Durante 18 años colaboró con Woody Allen, con quien realizó, entre otras, Hannah y sus hermanas, de 1986; Sombras y nieblas, de 1992; Los secretos de Harry  (1977), y Todos dicen que te amo, de 1996.

Trabajador incansable, impartió clases en el Centro Experimental de Cine de Roma y actualmente se ocupaba de la iluminación de una serie de conciertos en las grandes basílicas de Roma.-




* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 14 de julio de 2004.

Fuente: El pais.Com

jueves, 15 de octubre de 2020

‘Día de lluvia en Nueva York’...

 

...cómo Woody Allen llevó a Holden Caulfield al siglo XXI


El romance neoyorquino de Woody Allen con Timothée Chalamet, Elle Fanning y Selena Gomez comparte ciertas similitudes con 'El guardián entre el centeno'.



Por 









Pagar una entrada de cine para ver una película de Woody Allen solo puede significar dos cosas: o bien no sabes dónde te has metido, o bien sabes que presenciarás al menos una hora y media de quejas existencialistas, chistes sobre comunistas y judíos y un ligero pero penetrante miedo a la muerte que se instaurará en ti irremediablemente al presenciar el efecto que causa esta idea de la nada -o el todo- en la gran mayoría de los personajes.

Nos hablara del amor y del sexo, de relaciones sociales y de poder. Seguro que también toca el tema del sentido de la vida y de la muerte; o el misterioso y desconcertante sexo femenino y, por el contrario, la simpleza del sexo masculino, también dos de sus temas favoritos. Despotricará contra su propia patria, contra la estupidez humana y el conformismo. Desgranará cada uno de los aspectos de la sociedad occidental y lo hará a través de personajes neuróticos, situaciones descabelladas o incluso ilusorias y con un ritmo narrativo de los acontecimientos muy similar al de las tragedias griegas.

Es por ello que, cuando Día de lluvia en Nueva York se estrenó fuimos a las salas de cine para presenciar otra tragicomedia basada en su querida Nueva York, con un reparto tan sublime como variopinto -formado por Timothée Chalamet, Elle Fanning, Selena Gomez, Jude Law o Diego Luna, entre otros tantos- y las expectativas de pasar una bonita, aunque frenética, tarde en la isla de Manhattan.

Aparte del sello personal de Allen, encontramos ciertas similitudes con un libro escrito en los años 50 por un americano que también idolatraba Nueva York, aborrecía la falsedad de la sociedad y cuestionaba todo acto y pensamiento humano: J. D. Salinger (1919-2010), y más concretamente, su novela El guardián entre el centeno.

Esta, publicada en 1951, narra los sucesos ocurridos en un período de 4 o 5 días a un joven de 16 años al que acaban de expulsar de un colegio privado de Pensilvania. El joven, de nombre Holden Caufield, icónico personaje masculino de la literatura contemporánea por su representación del estado anímico del adolescente promedio y su afilado e ingenioso sarcasmo, deambula por la ciudad de Nueva York en busca de algo que lo mantenga cuerdo, evitando hundirse en el pozo de depresión en el que desde hace ya tiempo está inmerso.

68 años más tarde nos encontramos con Gatsby Welles (Timothée Chalamet), pintoresca mezcla entre Jay Gatsby (protagonista de El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald) y Orson Welles, un joven neoyorkino estudiante de una prestigiosa y costosa universidad de las afueras de la ciudad. Tan perdido en cuestiones del futuro a corto plazo como Holden Caulfield, se prepara para pasar un romántico fin de semana junto a su novia, Ashleigh Enright (Elle Fanning), una inocente e impresionable estudiante de periodismo, quien debe ir a la ciudad para realizar una entrevista a un famoso director de cine (Liev Schreiber).



Con este tablero como punto de partida, los esfuerzos y planes de Gatsby por enseñar cada rincón de Manhattan a Ashleigh comenzarán a desmoronarse debido a los contratiempos ocasionados por las personas con las que la joven periodista se mezclará. Es por ello que la historia se bifurca en dos viajes.

El de Ashleigh hacia la jet set neoyorquina, que le hará asistir a fiestas y conocer a actores y representantes, terminando por resultar una experiencia aislada y superficial de la vida de una joven veinteañera de Tucson, Alabama. Y por otro lado el de Gatsby, quien precisamente intentará evitar a esa beautiful people con la que ha crecido y por la que experimenta un evidente desprecio dada su fingida naturaleza y comportamiento.

A diferencia de su novia, este buscará experimentar la esencia de una ciudad que añora e idolatra, con su lluvia, sus pubs de jazz, sus grandes hoteles y avenidas y ese encanto otoñal con el que nos deleita Allen en cada plano de la película, como ha hecho con tantas otras localidades a lo largo de su filmografía.

La conexión entre ‘Día de lluvia en Nueva York’ y ‘El guardián entre el centeno’ Es precisamente este Gatsby el que nos transporta al Holden de El guardián entre el centeno. Un protagonista masculino joven y de rumbo difuso, incomprendido por su familia, su novia y parte de sus amistades, que vaga por la ciudad tratando de descifrar el enigma de su presente, sumiéndose cada vez más en una desesperación y tristeza que lo empujarán a encontrar ciertas respuestas.

A su vez, Holden Caulfield dejaba Pencey Prep (la escuela de donde le expulsan) en mitad de la noche para adentrarse en una Nueva York siniestra y adulta, lejana a esos mundos adolescentes del extrarradio que no hacen más que acrecentar su soledad y su depresión. La ciudad se les presenta a ambos como una oportunidad para resolver ciertas cuestiones existenciales, como quiénes son, qué hacen allí y hacia dónde se dirigen, entre otras tantas.

Tanto el Holden de la novela como el Gatsby de la película se apoyarán, llegados a un punto de la trama, en relaciones pasadas. Holden quedará con una antigua novia con la que solía salir años atrás, así como con un compañero del colegio, y todas esas interacciones con el exterior solo le servirán para acrecentar su tristeza y confirmar la pérdida de la fe en lo auténtico y espontáneo de las relaciones humanas.

Aprovechará cada ocasión en la novela para destacar lo falso que le parece absolutamente todo. Parecido a Gatsby, aunque este se reencontrará con la hermana pequeña (Selena Gomez) de una antigua novia del colegio, con quien pasará parte del día visitando museos, compartiendo taxis o caminando bajo la lluvia neoyoquina, logrando ser capaz de encontrar en la relación que ambos desarrollan esa autenticidad que busca en cada rincón de su ciudad natal.

Otra de las grandes similitudes que tienen la película y el libro es el encuentro que ambos protagonistas tienen con una prostituta. Llegados a un punto de la novela, a Holden se le ofrece la compañía de una mujer en su habitación de hotel, mientras que Gatsby se encontrará con Terry (Kelly Rohrbach) en un piano bar que solía frecuentar antes de asistir a la universidad.



Esta escena nos transporta directamente a la novela, ya que Holden frecuentará diversos cafés y bares de música en los que ahogar su depresión en alcohol. O al menos intentarlo, ya que ninguno de estos le permite pedir bebidas con alcohol en vista de su joven apariencia.

Igualmente, no será la primera vez que Allen utiliza un personaje como el de la prostituta para definir la ética de sus personajes en base a sus acciones para con esta. Veremos situaciones parecidas en Café Society (2016) o A Roma con amor (2012), entre otras.

Sin embargo, en Día de lluvia en Nueva York, Gatsby requerirá los servicios de Terry como acompañante en una fiesta organizada por su propia madre, a quien intentará engañar haciéndole creer que esta es su novia Ashleigh. Fiesta de la que Gatsby tratará de librarse por todos los medios, ya que es el germen de todo lo que desprecia. Una esfera social de la que huye al sentir, una vez más, que todo su alrededor, por muy cultivado y decente que intente aparentar ser, es tan falso como siempre ha sentido.

 

El carrusel de Central Park

Finalmente, tras las idas y venidas de ambos protagonistas, Gatsby comprenderá que Ashleigh y él no están hechos el uno para el otro, por lo que decide no solo romper con ella, sino también dejar el campus de Yardley y regresar a su querida Nueva York. Caminará hacia el reloj de Delacorte de Central Park, un emblemático punto de la ciudad que abre camino al Zoo del propio parque, donde al dar las 18h los animales del reloj, virando en una especie de carrusel, comienzan a dar vueltas.

Es en este preciso momento cuando Shannon (Selena Gomez) aparece y deciden darse una oportunidad, poniendo punto y final a la película. Esta escena, guarda un parecido muy semejante a la escena del carrusel de El guardián entre el centeno, donde mientras la hermana de Holden, Phoebe, da vueltas subida a uno de los animales de la atracción, Holden experimenta por primera vez en la novela un pensamiento positivo de felicidad y bienestar, al igual que Gatsby.



Es en ese punto del libro en el que el protagonista decide quedarse en la ciudad y mejorar, haciéndose cargo de su estado mental. Gatsby tomará la misma dirección, quien tras un fatídico pero revelador fin de semana, decide apostar por sí mismo e intentar perseguir aquello que le hace feliz. Por supuesto, en Nueva York.

Extraido de cinemania.20minutos.es/noticias/woody-allen-guardian-centeno-dia-lluvia-nueva-york/










jueves, 27 de agosto de 2020

La escalera real de Woody Allen

 A sus 84 años, el cineasta ha decidido que "el sentido común" no se va a imponer solo y hace pública su versión de los hechos en A propósito de nada

  • Igual que el aficionado al cine encontrará también un decálogo de consejos, el fetichista recogerá un puñado de curiosidades que probablemente ya conozca.

Cuando Woody Allen relata el momento en que le pidió matrimonio a Soon-Yi, aprovecha para anunciarle al lector que abordará más adelante su historia con Mia Farrow, "y sí, hay algo que contar al respecto". Estamos en la página 219, más o menos en la mitad del volumen autobiográfico A propósito de nada, publicado en español por Alianza Editorial. "Y espero que no sea la razón por la que habéis comprado este libro", añade el cineasta, alimentando la intriga. Desde luego, Allen tiene claro que precisamente lo que quiere contar, más que ninguna otra cosa, es que su fama de abusador de niñas no tiene fundamento real, se cimenta en esa "nada" del título: "¿Por qué no me otorgaron el beneficio de la duda ante una muy cuestionable acusación que iba en contra del sentido común? Nunca he conseguido entender exactamente qué he hecho para acumular toda esta mala voluntad hacia mí, pero ya sabemos que un perro no ve su propia cola".



Al final Allen cumple su palabra y pone sobre el tapete todas sus cartas, que son fundamentalmente datos contundentes, sellados con agradecimientos a los que le han apoyado e incomprensión hacia los que lo han atacado, a quienes acusa de haberse dejado llevar por la corriente sin molestarse en leer las evidencias. Incluye en este capítulo al New York Times que leía todas las mañanas. Lo hace con una cortesía que a menudo suena protocolaria, y lo hace contando historias, que es su fuerte. Al fin y al cabo, él se considera, sobre todo, escritor, "y esto es una bendición, porque un escritor nunca depende de que lo contraten para trabajar, sino que genera su propio trabajo y elige su horario". Hacer cine viene a ser una prolongación de ese oficio, según Woody Allen, que repite lo que él mismo ha dicho ya otras veces, y quizás hemos oído a otros cineastas, que "es mucho más difícil escribir que dirigir; un director mediocre puede realizar una película buena a partir de un guion bien escrito, pero un gran director nunca podrá convertir un guion flojo en una película buena".A sus 84 años, Woody Allen ha decidido que "el sentido común" no se va a imponer por sí solo y hace pública su versión de los hechos: "Es como estar jugando al póker con una escalera real en la mano. Te mueres de ganas de que todos hagan sus apuestas y de que muestren sus cartas. Pero ¿y si la oportunidad de jugar mis propias cartas no llega nunca? ¿y si desaparezco antes de que pueda recoger las ganancias?". En contra de lo que podíamos esperar, el cineasta no entra a saco, se muestra prudente y respetuoso, da rodeos, se autoinculpa de no haber hecho caso de los indicios que apuntaban a que profundizar en su relación con Mia Farrow era meterse en la boca del lobo: "¿Debería haber percibido alguna señal de alarma? Supongo que sí, pero si uno está saliendo con una mujer de ensueño, aunque vea esas señales de alarma, mira para otro lado. Y recordad que yo no era el tipo más avispado del barrio, en especial en los asuntos relacionados con Cupido".

De este modo, Allen va dejando aquí y allá afirmaciones sobre el séptimo arte que no se proponen ser definitivas. Las expone con una modestia rutinaria: son fruto de las enseñanzas que recibió en sus primeros años, de la experiencia acumulada en las más de 50 películas que ha realizado, y a veces de su peculiar carácter: "No soy una persona paciente en lo que respecta a las exigencias de los ensayos. Esa es la razón por la que, con los años, ruedo planos largos y no filmo planos-recurso ni tomas extra. No soporto tener que repetir las mismas escenas una y otra vez. A mí me gusta rodar, irme a casa y ver un partido de baloncesto".

Igual que el aficionado al cine encontrará un decálogo de consejos diseminados en el libro, el fetichista recogerá un puñado de curiosidades que probablemente ya conozca, pero que aquí vienen contadas por el personaje Allen, en su rol de monologuista de largo recorrido, y envueltas en unas tapas negras de best-seller. Hablo de anécdotas, como por qué decidió adoptar el nombre de Woody Allen, si su nombre originario era Allan Stewart Konisgberg, o cómo eran sus padres, a los que caricaturiza un poco y maltrata bastante, o cómo lo engañó su primer agente, o de qué forma casi surrealista se libró del servicio militar, o de las filtraciones que sufría en su ático, situado en una planta 20 de Manhattan frente a Central Park. Algunas de las historias resultan casi fantásticas, y sin embargo sabemos que a veces la realidad es más fantástica que la ficción, por lo que nos conjuramos a creerle.


Extraido www.infolibre.es/noticias




lunes, 17 de agosto de 2020

Las actrices de Woody: Mary Beth Hurt.



Mary Beth Supinger (n. 26 de septiembre de 1946) ​más conocida como Mary Beth Hurt, es una actriz de cine y teatro estadounidense.



Biografía

Nació en 1946 en Marshalltown, Iowa, como Mary Beth Supinger, hija de Delores Lenore (nombre de soltera, Andre) y Forrest Clayton Supinger.​ Durante su infancia, tuvo por niñera a la actriz Jean Seberg, también natural de Marshalltown. Estudió arte dramático en la Universidad de Iowa y en la Escuela Tisch de Artes de la Universidad de Nueva York.

Estuvo casada con el actor William Hurt durante 10 años (entre 1971 y 1981). Tras el divorcio de ambos, en 1983 se casó nuevamente con el director y escritor Paul Schrader, con quien tuvo un hijo y una hija.



Carrera

Teatro

Hurt hizo su debut teatral en Nueva York, en 1974. Estuvo nominada a tres Premios Tony por sus interpretaciones en Broadway de Trelawny of the 'Wells' (obra de Beth Henley ganadora de un Premio Pulitzer, en la que representaba el papel de Meg), Crimes of the Heart (por la que ganó un Premio Obie) y Benefactors.

Cine

Debutó en el cine en la película de Woody Allen Interiores, interpretando el papel de Joey, la mediana de tres hermanas que ha de lidiar con las consecuencias emocionales de la desintegración familiar y el padecimiento de su madre de una enfermedad mental. Otros trabajos incluyen el de Laura en Chilly Scenes of Winter; Helen Holm Garp en The World According to Garp; y Regina Beaufort en el filme de Martin Scorsese La edad de la inocencia.



Doblaje

Hurt interpretó a Jean Seberg, en voz en off, en el documental de 1995 de Mark Rappaport From the Journals of Jean Seberg.

Filmografía

  • Interiores (1978)
  • Chilly Scenes of Winter (1979)
  • The Five Forty-Eight (1979)
  • A Change of Seasons) (1980)
  • El mundo segun Garp (1982)
  • D.A.R.Y.L. (1985)
  • Compromising Positions (1985)
  • Parents (1989)
  • Esclavos de Nueva York (1989)
  • Light Sleeper (1992)
  • Seis grados de separación (1993)
  • My Boyfriend's Back (1993)
  • La edad de la inocencia (1993)
  • Boys Life 2 (1997)
  • Affliction (1997)
  • Al límite (1999)
  • Otoño en New York (2000)
  • The Family Man (2000)
  • El dragón rojo (2002)
  • El exorcismo de Emily Rose (2005)
  • Lady in the Water (2006)
  • The Dead Girl (2006)
  • Untraceable (2008)


Extraido de es.wikipedia.org/wiki/Mary_Beth_Hurt