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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología, y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

martes, 18 de septiembre de 2018

Woody Allen, por Miles Palmer.

CAMPEON DE SU PROPIA CAUSA


Cuenta Woody que fue raptado de pequeño: entré en el auto. Me llevaron con ellos y enviaron a mis padres una nota solicitando rescate. Pero el punto fuerte de mi padre no era la lectura. Aquella noche se metió en la cama con la carta en sus manos. Leyó la mitad, tras lo cual sintió sueño y se quedó dormido. 

Entretanto a mi me llevaron a New Jersey atado y amordazado. Mis padres terminaron por comprender que yo había sido victima de un rapto y se pusieron de inmediato en acción. La nota decía que mi padre debía dejar mil dólares en un árbol hueco situado en Long Island. No tuvo mayores problemas en conseguir los mil dólares, pero enfermó de una hernia por cargar con el árbol hueco.






Para un comediante, erigirse un campeón de su propia causa entraña una faena temible.

Si uno es músico puede esconderse tras los timbales o las guitarras eléctricas; y hasta el boxeador puede esconderse, parte del tiempo al menos, haciendo fintas, esquivando y saltando. Y conviene no olvidar que hay tres hombres en el ring. El árbitro, a fin de cuentas, está ahí y puede detener el combate antes de que lo asesinen a uno.


Pero el comediante sale a luchar en solitario y sin contar con nada tras lo cual esconderse. Necesita aparentar frialdad y confianza. Por mucho que haya ensayado su papel y guarde en reserva infinidad de chistes buenísimos, sabe que en cualquier momento, cierta palabra mal dicha, una pausa equivocada o un mal movimiento de la mano pueden distraer a la audiencia y silenciar la risa, de modo que ha de aguantar a pie firme y hacer bromas con su propia vida o con aspectos imaginarios o exagerados de su vida privada y burlarse de las modas y las debilidades de los tiempos que le han tocado. Sabe donde están las carcajadas, o donde tendrían que estar. Cada vez que no resuenan siente deseos de morir. En una mala noche muere mil veces. Desea no haber nacido.








Es vulnerable. Hasta los cómicos más avanzados saben en todo momento que lo son, aunque es al principio de la actuación directa, Richard Pryor dice: "¡Espero ser gracioso!". La frase resume sus pensamientos con franqueza y laconismos perfectos. Se puede hablar en abundancia sobre nervios, incertidumbre y temor al público. Todo cabe en esa simple frase de tres palabras: Espero ser gracioso.


Entre los cómicos puramente verbales, Mort Sahl es uno de los más admirados por Woody. "Es un genio", afirma. "Es lo que Charlie Parker era al jazz. Posee una energía, una técnica y una convicción tales que si te encuentras con él en una habitación no puedes pensar en otra cosa". La carrera de muchos comediantes son a menudo cortas y hasta trágicas. La gente le dijo a Lenny Bruce que se había adelantado a sus tiempos y él se hizo drogadicto y terminó matándose como un kamikaze, como un mártir. Otros, de impulsos menos destructivos, se fueron de los clubes para hacer televisión que parece la tierra de los dólares fáciles y abundantes.


Pero la televisión es despiadada, quema y se muestra particularmente cruel con los cómicos. Es posible cantar la misma canción en diez espéctaculos diferentes; pero no lo es contar el mismo chiste. La televisión consume a los cómicos porque se apodera pronto del mejor material de que los cómicos disponen. El truco consiste en usarlo y no permitir que te use a tí. O bien dejar de ser un comediante para transformarse en estrella de la TV, que fue lo que hizo un pequeño grupo de inteligentes y afortunados animadores de los años cincuenta, transformados luego en anfitriones conversadores en espacios donde eran los demás quienes llevaban la responsabilidad mayor.






Resulta interesante constatar que los programas conversados ingleses y norteamericanos difieren porque son distintos los antecedentes de quienes los llevan. En el Reino Unido, personas como Michael Parkinson y Russell Harty son periodistas mientras que en los Estados Unidos los grandes de la tele-charla han sido hasta ahora casi siempre comediantes retirados, como Dick Cavett, Mery Griffin y el rey de todos ellos, Johnny Carson. Durante años éste comenzaba por un monólogo gracioso. Nunca faltaba el monólogo que abría el espacio cinco noches a la semana; pero luego se transformaba en intermediario, en intérprete, en personaje puente que compartía las luces del espectáculo con un grupo de invitados que él mismo acaudillaba y a quienes dejaba hablar sobre la última película, show, disco o libro que habían hecho.


El papel exige cierto grado de curiosidad que, sin ser del todo real, parezca serlo. El anfitrión ha de ser un actor versátil que ha de dejar caer algún toque de frivolidad mezclado con la exacta dosis de elegancia y de encanto casual que la circunstancia requiere. El asunto no es tan simple como, viendo a Carson, se podría pensar. Resulta claro que si Woody Allen se hubiese transformado en animador de esta clase nunca habría llegado a obtener el enorme éxito logrado por Carson, porque, simplemente, su aspecto es el de un animal completamente distinto.


Carson es confianza; Allen es ansiedad. Con su sano aspecto deportivo, el guapo de Johnny encarna a un tipo: el del hombre despreocupado, divertido, situado ante las puertas de la madurez. Un hombre de lengua de plata y plateados cabellos que juega fuerte y gana. Parece rodeado de un halo dinámico, atlético casi. A su lado Woody Allen parece un nervioso e impaciente dependiente de librería. Johnny parece un pintiparado ganador que goza de la vida, mientras que Woody es algo así como un renacuajo a quien se ignora, se ridiculiza y menosprecia. Pero hagamos a un lado la inútil especulación sobre cómo se habría desempeñado Woody en el papel de ingenioso entrevistador de la televisión ¿Cuál fue su labor cómica a mediados de la década del sesenta?



Quien coloca uno de sus discos hoy en día no sabe qué esperar de él. En la cubierta se ve una foto en la que parece ser muy joven. Por otra parte, el retoque le hace parecerse de alarmante manera a Elvis Costello, personaje que también usaba gafas y que fuera el enfant terrible de otra era.

El disco lleva sello Golden Hour y se intitula Golden Hour presenta a Woody Allen. El oyente lo considera con sospecha; aquello ha de ser precavido, débil anacrónico. Habrá sido cómico en 1964, piensa, o tedioso, o chistoso a medias y hasta muy gracioso , a veces. Pero lo que por entonces fue no lo será dieciséis años más tarde. Digámoslo enseguida: el oyente se equivoca en sus presupuestos.


El disco es brillante. Lleno de dinamita, revela a Woody como un maestro de la palabra hablada que apenas sabe de redundancias ni de frases blandengues. Se integra con anécdotas de la vida diaria narradas con una gracia tal que el oyente no puede contener las carcajadas. La charla de Woody es extraordinariamente ocurrente y sus mejores momentos rayan a gran altura. No deja de mostrarse hábil e inventivo y despliega una personalidad cómica tan poderosa y atractiva como la de un Ernie Bilko. En cuanto al guión, resiste el cotejo con los mejores del género que ha conocido la televisión en toda su historia. No es peor que los de Monty Python.


Como era de esperar, algunos de los chistes del disco están hoy un poco pasados; y algunas alusiones podrán resultar algo esotéricas para algunas personas: Woody cuenta cómo se divirtió con una rubia especialista en intercambio de parejas que llevaba tatuadas en el interior de uno de sus muslos las palabras ¡EL PAJARO VIVE! A menos que el oyente sepa algo de la vida de aquella leyenda del jazz que fue Charlie Parker, la referencia no dice nada. Parker era un ejecutante de saxo de excepcional virtuosismo y tal vez el solista más importante de toda la historia del jazz. Tan aguda era su inspiración que su música parecía precipitarse sobre las cosas, salir disparada y volar. Por eso se le llamó "El pájaro". Figura legendaria, fue reverenciado con fervor casi religioso y al morir de treinta y cuatro años (era drogadicto) comenzaron a verse pintadas en los corredores del metro neoyorquino que decían:¡EL PAJARO VIVE!. No todo el mundo conoce el hecho hoy en día, de modo que el chiste resulta en cierto modo elitista.


Por otra parte, esto podría no haber constituído una fantástica invención de Woody. Es probable que algunos fanáticos y fanáticas del jazz se hubiesen hecho tatuar esas palabras y hasta que algunas de ellas hayan elegido la parte interior del muslo para que allí constaran. Los apasionados del jazz han dado a menudo que hablar por sus excentricidades.






En general puede decirse que el disco resulta claro y comprensible. A veces explora zonas que más tarde se convertirían en familiares para los aficionados a los films de Woody: la vida de una familia judía, la universidad, el psicoanálisis, el amor, el sexo, el matrimonio, el divorcio. Le encanta contar sus años primeros en un vecindario peligroso, en el que no era nada fácil para alguien con un poco de sensibilidad dirigirse a sus clases de violín mientras los demás chicos se dedicaban a robar accesorios de automóviles aunque éstos estuvieran en marcha. En general estamos ante un humor del débil y desafortunado, humor que Woody ha adoptado para transformarlo en cosa propia. Nos cuenta que su padre era caddie en un golf en miniatura, que no tenía dinero alguno y que él y su esposa veían siempre el show de Ed Sullivan. Ambos, agrega, tenían un sistema de valores arraigado en "Dios... y el alfombrado". Sus aventuras de niño tienen casi siempre que ver con abusos a que fuera sometido y con los golpes que le propinaran varios condiscípulos y gamberros.


Al grabar el disco Allen era ya un culto, un paladín, un ocurrente joven, rápido de boca y dotado de un gran sentido del humor que se deslizaba con inteligencia en torno a sus temas y rozaba al hacerlo muchas bases, para decirlo en términos de baseball. Apareaba frases relativas al judaísmo y a la muerte para luego hacerlo a un lado en un par de líneas mordaces.

Empuñando con orgullo un reloj de bolsillo de oro comenta:

Mi abuelo me vendió este reloj en su lecho de muerte. Era un hombre extraordinariamente insignificante. Cuando le llevaron a enterrar, su auto fúnebre siguió a los demás automóviles.


Sus preocupaciones eran las de casi todos los jóvenes adultos de su generación. La vida de la ciudad y del colegio le dan oportunidad de ventilar los aspectos académicos e intelectuales de su humorismo. Se ríe de la falsa sofisticación y de las tontas pretensiones. Con rápida estocada esboza y destruye los engreídos círculos en los que un conjunto de niñas falsamente bohemias y no menos falsamente interesadas en el arte, con el rostro maquillado de oscuro, enfundadas en leotardos negros y con las orejas agujereadas a punzón, se sientan en círculo... ¡para escuchar discos de Marcel 
Marceau!




Fuí a la Universidad de Nueva York resuelto a seguir cursos de filosofía. Me inscribí en todos los que tenían que ver con la filosofía abstracta, con los de Verdad y Belleza, perfeccionamiento sobre Verdad y Belleza, Verdad Intermedia e Introducción a Dios y a la Muerte 101.
Pero me expulsaron cuando aún no había completado el prime año. Me descubrieron haciendo trampa en un examen de Metafísica: se me acusó de interrogar el alma del que se sentaba a mi lado.
Estaba enamorado en aquellos días, pero no pude casarme con mi primer amor porque por entonces corrían tremendos conflictos religiosos. Ella era atea y yo agnóstico, de modo que no pudimos llegar a un acuerdo sobre dentro de qué religión no íbamos a educar a nuestros hijos.

En los últimos años la droga había llegado a transformarse en un negocio colosal en los Estados Unidos; se había creado una cultura dentro de la cultura. Y puesto que los estupefacientes se constituían en preminente rasgo de la vida americana, Woody se ocupó del tema, reservándole sus censuras. No estaba de acuerdo con su uso. A decir verdad, su toma de posición contra la droga es uno de los temas más persistentes y fáciles de identificar. Que Cheech and Chong y High Times y los Rolling Stones canten loas a la cultura de la droga, dice; yo creo que el asunto ya no puede tomarse en broma.

Pero en el año sesenta y cuatro, la droga no parecía ser más que otro capricho pasajero; un pasatiempo de moda, como aquello de hacer girar aros con el cuerpo o usar sombreros a lo David Crockett. A nadie se le ocurrió que la "love generation" (generación del amor) de los hippies transformaría a la distribución y venta de drogas ilegales en negocio infernal al que irían a parar miles de millones de dólares.



Al comenzar Woody a trabajar en los clubes nocturnos volvió a encontrar gente que conociera siendo más jóven. Nos cuenta que en cierta ocasión dió con un ex compañero de colegio que, para su sorpresa, había cambiado mucho: de chico que prometía triunfar se había transformado en un marchito esclavo del porro. "Ahora vive en el Village con una chica que conozco de las clases de administración de empresas y que también se droga. Me dice que van a casarse, de modo que me pregunto qué podría regalarles, porque no es fácil obsequiar algo a un par de aporreados que lo tienen todo. Pensé que a fin de cuentas; un juego de cubiertos sería lo más adecuado: un juego de cubiertos pero compuesto sólo de cucharillas".

Actualmente Woody no quiere despachar con una frase ligera el problema de las drogas "duras" y mortales. La heroína nada tiene de gracioso.

Primero y sobre todo, Woody es un ser que bracea por mantener la cabeza por encima del agua de la vida contemporánea. Y, teniendo en cuenta que hablamos de alguien profundamente inmerso en la actualidad, se diría que encuentra la lucha excepcionalmente dura. El hoy no se muestra de acuerdo con Woody, como queda demostrado en su encuentro con un gamberro parecido al hombre de Neanderthal en el hall de un hotel.

Precisamente aquella mañana había aprendido a andar derecho. Vino hasta mí y se puso a zapatear sobre mi gaznate. Yo recurrí de inmediato al viejo truco de los indios navajos, es decir, al chillido y a la súplica. Por fin llegó media docena de guindillas. Tomaron cuenta del caso y se pusieron del lado de él.

Y otro caso, relativo a un nuevo secador de pelo:

Era el cumpleaños de mi mujer y por entonces teníamos por costumbre intercambiar toda clase de regalitos. Le compré, pues, en una tienda de antiguedades de la Tercena Avenida, una silla eléctrica. Le dije que se trataba de un secador de pelo. Hizo saltar la instalación eléctrica de la casa; pero ella cogió un bronceado...

Que cada uno adivine si además el aparato le secó el pelo. Como en amores siempre sale perdiendo, Woody no puede incurrir en adulterio. Lo malo es que para solicitar el divorcio las normas del estado de Nueva York lo requieren. Woody pide a una chica que le haga el favor de dejarle que cometa adulterio con ella, pero ella rehusa, diciéndole: ¡Ni aunque con ello contribuyera al programa espacial!. Por fin su mujer consiente y Woody sueña con su retorno a la dorada soltería. Se imagina su vuelta a la gloria de la vida antes del matrimonio y pasa revista a sus anhelos: sus travesuras con apasionadas secretarias en los bien regados guateques de la oficina y el colmo de los colmos: el pisito de soltero cubierto de azafatas de pared a pared donde se vive día y noche de juerga. Aunque ha quedado algo mohoso por obra de sus años de austero matrimonio, está convencido de ser "básicamente un reproductor".

Su locuacidad va sin esfuerzo de un tema a otro, aunque constantemente se regodea con el menosprecio de sí mismo:No sé si alguno de ustedes ha advertido que no llevo maquillaje de esos que te hacen parecer tostado por el sol. Soy así: pelirrojo y blanquillo de piel. No tomo el sol; sólo me froto un poco la cara.

Allen siempre habla al azar sobre los aspectos más personales de su carácter y experiencia. Ni al trabajar de cómico en el teatro ni como actor de cine ha necesitado recurrir a su suegra para hacer reír: Woody Allen cuenta con Woody Allen.



Se me hizo el psicoanálisis. Quería que lo supiérais. Psicoanálisis de grupo, porque por entonces yo era muy joven y no podía pagar consultas privadas. Se me nombró capitán del equipo de paranoicos latentes en un campeonato de balonmano para neuróticos. Jugábamos los domingos por las mañanas con el mismo programa: comeuñas contra mojacamas.

Gran parte de la magía de Woody Allen radica en su sutileza; en su capacidad para comprender la clase de auditorio que todos nosotros integramos o que quisiéramos integrar: somos listos y creemos serlo aún más. Por eso nos mostramos dispuestos a hacer algún sacrificio a cambio de la risa. En ciertas ocasiones Woody colabora permitiéndonos crear nuestra propia frase para completar la suya:

En la clase de teatro representamos la obra de Paddy Chayevsky
llamada "Gideon". Yo desempeñaba el papel de Dios. Uno de esos que te queman la imagen. Se empleaba como método el de vivir el personaje en la vida real durante las dos semanas anteriores al estreno; y durante ellas conseguí ser realmente divino. Fabuloso. Me puse un traje azul. Cogí taxis para ir de un lado a otro de Nueva York y concedí propinas importantes, que es lo que él habría hecho. Un tío rozó uno de nuestros guardabarros y le dije: "Creced y multiplicaos..." aunque no con esas palabras.

Allen no es tan solo el cómico más intelectual, sino también el más literario. Luego de reirse del jazz y de la filosofía era de esperar que redujese a basura el mundo de los libros. En un monólogo devastador se mofa de los más legendarios novelistas norteamericanos, aunque resulta evidente que no ataca tanto sus lecturas como las reputaciones y los mitos que rodean a sus libros.

He dicho antes que he estado en Europa. No es la primera vez que voy. Fuimos cierta vez con Ernest Hemingway, quien acababa de terminar su primera novela. Gertrude Stein y yo la leímos y le dijimos que se trataba de una buena novela, aunque no de primer orden; que necesitaba ser trabajada un poco más y que entonces tal vez llegara a convertirse en un buen libro. Reímos mucho y Hemingway me dió un puñetazo en la boca.

Recuerdo que Scott y Zelda Fitzgerald volvieron a casa una vez terminada la loca fiesta de año nuevo. Corría el mes de abril y Scott acababa de terminar "Grandes esperanzas". 
Gertrude Stein y yo la leímos y le dijimos que se trataba de un buen libro, aunque no había necesidad de escribirlo, puesto que Charles Dickens ya lo había hecho. Reímos mucho y Hemingway me dió un puñetazo en la boca.

Aquel invierno fuimos a España. Queríamos ver lidiar a Manolete. Me pareció que tenía dieciocho años pero Gertrude dijo que no, que tenía diecinueve mientras que otras, uno de diecinueve sólo parece tener dieciocho. Así son las cosas cuando te topas con un buen español. Reímos mucho y Gertrude Stein me dió un puñetazo en la boca. Entonces vino la guerra. Hemingway se fue a Africa a escribir un libro y Gertrude Stein se fue a vivir con Alice Toklas. Yo me vine a Nueva York, a ver a mi traumatólogo.

El material de Woody no ha sido concebido como prosa escrita, sino como conversación. La palabra hablada parece mucho más clara y espontánea; más real. Contiene más matización y peculiaridad, en especial cuando Woody parece divagar, meterse en derivaciones, interrumpirse, agregar palabras como si quisiera borrar las primeras y volver ocasionalmente a una divertida línea cómica anterior. Su palabrerío suena libre e improvisado. Parece brotar al azar, como si le saliera así de la cabeza. Lo suyo es en definitiva el parloteo; pero se trata del más extraordinariamente "exacto" de los parloteos jamás proferidos por comediante alguno porque ha sido estructurado con gran ingenio, de modo tal que sus chistes puedan encadenarse con precisión, crecer, acumularse y explotar. Su charla está escrita con más cuidado que mucha de la prosa que por ahí corre. Por lo demás, Woody es un maestro en el arte de imprimir ritmo a la exposición y de enfatizar las frases realmente cómicas.

Ahora voy a contarles una historia de amor. Ocurrió antes de casarme, hace ya mucho tiempo, en Manhattanm, en City Center, hace ya muchos años. Yo estaba entre los espectadores de un espectáculo de ballet en el City Center. No soy en absoluto aficionado al ballet, pero aquel día ofrecían "La muerte del cisne" y corría el rumor de que algunos apostadores habían acudido a la ciudad para atender las cotizaciones. Según parece había mucha pasta a favor de que el cisne no iba a morir.
Y entonces miro hacia el palco y veo a una muchacha. Mi punto flojo son las mujeres. Siempre he pensado que un día me organizarán una fiesta de cumpleaños y que me regalarán una enorme tarta y que una gigantesca mujer desnuda saltará de su interior, me aporreará y se volverá a meter en la tarta de un brinco. Bueno, pues cuando ví a aquella mujer me trastorné. Era una hembra brillante; una hembra de Bennington, de esas que estudian en Bennington para ser enfermeras, cursos de cuatro años en los que se incluyen trabajos teóricos, como la creciente incidencia de la heterosexualidad entre los homosexuales.

En cualquier época, monólogos así son muy eficaces. Ya en 1964, Woody Allen era un artista consumado. Dejando los chistes que escribía, redactaba ahora pequeños cuentos que contenían ingeniosas seríes de gags relacionados entre sí. Uno de las más recordados es el del alce, pensado con infinita sagacidad.

Cierta vez le disparé a un alce, cuando cazaba al norte de Nueva York. Le disparé y luego lo até al parachoques de mi coche. De inmediato me dirigí a mi casa por la West Side Highway, sin reparar que la bala no había penetrado en el cuerpo del alce, sino que apenas le había rozado la cabeza, desvaneciéndole. Cuando atravesaba el Holland Tunnel, el alce volvió a la vida. Y yo conducía llevando un alce vivo en mi parachoques... y el alce emite señales... y resulta que existe una ley en Nueva York que te prohibe llevar alces vivos en los parachoques... los martes, los jueves y los sábados... y me entra un miedo horrible... Entonces lo recuerdo: unos amigos organizan un baile de disfraces, iré y llevaré al alce. 
Allí lo soltaré, librándome de toda responsabilidad.
De modo que me dirigí a la casa donde se celebra la fiesta. Golpeé a la puerta, con el alce junto a mí, y el dueño de casa sale. Le digo "¡Hola! ¿Reconoce usted a los Salomón?". Entramos. El alce se confunde de maravilla con los demás invitados. Con decirles a ustedes que un tío procuró venderle un seguro de vida y se pasó en eso algo así como hora y media... Suenan las doce y empiezan a repartir premios a los mejores disfraces de la velada. El primero se le concede al matrimonio Berkowitz, que está vestido de alce.

El monólogo de Woody gana a esta altura rapidez. Excitado, con acento inquieto sigue contando:

¡Al alce le dan el segundo premio y se pone furioso! Entre él y los Berkowitz se entabla una batalla de cuernos en pleno salón de la casa. Se dan hasta quedar inconscientes. Me digo que esta es mi oportunidad. Salto hacia el alce, lo ato a mi parachoques y salgo disparado hacia el bosque. Pero... ¡me he equivocado y me llevo a los Berkowitz! De modo que conduzco con dos judíos en el parachoques... Y exista una ley en Nueva York... Martes, jueves y especialmente los sábados... A la mañana siguiente los Berkowitz se despierta en pleno bosque vestidos a la manera de los alces. Le disparan al señor Berkowitz, lo empajan y lo colocan en la sede del New York Athletic Club. Lo paradójico del asunto es que a ese club no puede entrar cualquiera. ¡Se reservan el derecho de admisión! (1)


(1) Alusión a la política de algunos clubes, que no permiten a judíos entre sus miembros.



Extraído de Woody Allen, biografía ilustrada, por Miles Palmer, Los libros de Plon, Barcelona, Septiembre 1981.

martes, 4 de septiembre de 2018

Los actores de Woody: Tim Roth.

Timothy Simon Smith (nació en  DulwichLondresInglaterra14 de mayo de 1961) es un actor y director británico de cine. Es conocido por sus actuaciones en películas como Reservoir DogsFour RoomsLa leyenda del pianista en el océanoRob RoyThe Incredible HulkPulp FictionThe Hateful Eight y por su papel protagonista como el Dr. Cal Lightman en la serie televisiva Lie to Me. Debutó como director con el filme The War Zone.






Primeros años

Nació en el seno de una familia de clase media alta, hijo de la pintora Anne Roth y del periodista Ernie Smith. De niño, Tim quería ser escultor y estudió en la Camberwell College of Arts, un instituto de arte de Londres.


Carrera

Hizo su debut a los veintiún años haciendo el papel de un skinhead racista en el telefilme Made in Britain. Sus primeros papeles tanto en televisión como en el cine estuvieron relacionados con tipos duros, como por ejemplo en Made in Britain y Meantime. En 1984 se produjo su paso a la gran pantalla con la cinta La venganza. Un año más tarde participó en el musical Return to Waterloo (1985), donde fue dirigido por el líder del grupo The Kinks, Ray Davies.
También formó parte del reparto de los films Vincent y Theo (1990), donde Roth actuó como el pintor holandés Vincent van Gogh, y Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1990). Más tarde fue seleccionado para interpretar a Mr. Orange en Reservoir Dogs (1992) y a un ladrón en Pulp Fiction (1994).
Roth debutó como director de cine en el año 1999 con el filme The War Zone, la cual obtuvo muy buenas críticas y diversos galardones cinematográficos.
Su primera nominación al Óscar la obtuvo con la película Rob Roy (1995).


Vida personal

Tuvo un hijo en 1984 con Lori Baker, llamado Jack Roth, quien también se dedica a la actuación. Roth está casado con Nikki Butler desde 1993 y tienen dos hijos: Hunter (n. 1995) y Cormac (n. 1996).



TARANTINO TUVO QUE EMBORRACHAR A TIM ROTH PARA QUE ACEPTASE 'RESERVOIR DOGS'


¿cuál es el mejor truco de un director novel para hacerse con el actor que ha seleccionado para su película? A día de hoy es fácil. Manager llama a agente, agente contesta a manager y el trato se cierra. Pero los 90 eran otra época, y Tarantino lo sabía.






Cada director tiene su propia metodología, sus manías y sus trucos para llevar a cabo la realización de su película. Y Quentin Tarantino, que es un cineasta de método, no iba a ser menos. Tal y como ha revelado el actor Tim Roth, el truco del cine tarantiniano reside en emborrachar a sus actores antes de que acepten el papel. O al menos así fue su caso a la hora de aceptar ser el Señor Naranja en 'Reservoir Dogs'.
En una entrevista con Entertainment Weekly para promocionar su próxima serie de Amazon 'Tin Star', Roth recordó cómo fue el momento exacto de involucrarse en el debut como director de Tarantino. "Leí tan sólo 20 páginas y dije 'Oh, yo quiero formar parte de esto'. Estaba tan bellamente escrito... Era agudo a la par que inteligente. Y sobre todo muy divertido", explicó sobre el guión que le propusieron.
En ese momento, Roth accedió a reunirse con Tarantino y con Harvey Keitel, que ya estaba dentro del film como actor y coproductor. Y pese a los esfuerzos de ambos cineastas, Roth se negó en rotundo a audicionar para el Señor Naranja, diciendo que su personaje era "el más mierda" durante la prueba de casting. Pronto Keitel se tuvo que ir, y el director y el actor se fueron a tomar unas copas a un pub.
De ahí pasaron a una licorería, donde el de Knoxville compró más cerveza para seguir emborrachando a su futuro actor, que en ese momento ya estaba atrapado en sus taimadas redes. "Entonces procedió a leerme el guión completo... cada una de sus partes en torno a unas 10 veces, porque ya íbamos bastante cocidos para entonces. Y así es como conseguí el trabajo", recordó divertido el actor en la entrevista.
Y así comenzó una bonita relación que ha dado algunas de las mejores películas de los últimos años, como 'Four Rooms', 'Los odiosos ocho' o la inigualable 'Pulp Fiction', en la que Roth interpreta al desquiciado atracador de la secuencia inicial. Y todo comenzó con una gran melopea.


Filmografia
Cine
AñoPelículaPersonajeNotas
1982Made in BritainTrevor
1983MeantimeColin
1984The HitMyron
1985Murder with MirrorsEdgar LawsonTelefilm
1985Return to WaterlooBoy Punk
1987MetamorphosisGregor Samsa
1988A World ApartHarold
1988Conspiración para matar a un curaFeliks
1988Twice Upon a Time
1989El cocinero, el ladrón, su mujer y su amanteMitchel
1990Vincent y TheoVincent van Gogh
1990FarendjAnton
1991Rosencrantz y Guildenstern han muertoGuildenstern
1991BackslidingTom Whitton
1992Reservoir DogsMr. Orange/Freddy Newandyke
1992Jumpin' at the BoneyardManny
1993Bodies, Rest & MotionNick
1993El marido perfectoMilan
1993Heart of DarknessMarlow
1994Captives (Captives)Philip Chaney
1994Little Odessa (Cuestión de sangre)Joshua Shapira
1994Pulp Fiction"Pumpkin" o "Ringo"
1995Rob RoyArchibald Cunningham
1995Four RoomsTed
1996No Way HomeJoey
1996Todos dicen te quieroCharles Ferry
1997Mocking the CosmosMyrodemnon/Myron
1997Gridlock'dAlexander "Stretch" Rawland
1997HoodlumDutch Schultz
1997Deceiver (El impostor)James Walter Wayland
1998La leyenda del pianista en el océanoDanny Boodman TD Lemon 1900
1998Animals with the TollkeeperHenry
1999War Zone
2000The Million Dollar HotelIzzy Goldkiss
2000VatelMarqués de Lauzun
2000Lucky NumbersGig
2001El planeta de los simiosThade
2001InvencibleHersche Steinschneider / Erik Jan Hanussen
2001The MusketeerFebre
2002Emmett's MarkJohn Harrett / Frank Dwyer
2003To Kill a KingOliver Cromwell
2004Nouvelle-FranceWilliam Pitt
2004Un lugar maravillosoCapitán Oh
2004With It"Chicken Louis" Farnatelli
2004Silver CityMitch Paine
2005Don’t Come KnockingSutter
2005Dark WaterJeff Platzer
2005The Last SignJeremy
2006Even MoneyVictor
2007Youth Without YouthDominic
2007Aprendiz de caballeroGerbino
2008Funny Games U.S.George
2008The Incredible HulkAbominación
2009King ConquerorRey Pedro II de Aragón
2009SkelligSkellig
2010Pete Smalls Is DeadPete Smalls
2012ArbitrageDetective Michael Bryer
2012BrokenArchie
2013MöbiusRostovski
2013The LiabilityRoy
2014Grace of MonacoPríncipe Raniero III de Mónaco
2014United Passions
2014Selma
2015A Fall from GraceDetective Tabb
2015The Hateful EightOswaldo Mobray
2015ChronicDavid
2015Mr. RightHopper
2015600 MilesHank Harris

Televisión


Tim Roth en 2008
  • Twin Peaks: The Return (2017) (TV) ... Hutch
  • Lie to Me (2009-2011) (TV) ... Dr. Cal Lightman
  • Klondike (2014) (Miniserie, cinco episodios) ... El conde
  • Tsunami: The Aftermath (2006) (TV) ... Nick Fraser
  • Even Money (2006/I) ... Victor
  • Late Night Shorts (2004) (TV) ... Presentador
  • Heart of Darkness (1994) (TV) ... Marlow
  • Murder in the Heartland (1993) (TV) ... Charles Starkweather
  • Common Pursuit (1992) (TV) ... Nick Finchley

Premios

Óscar

AñoCategoríaPelículaResultado
1995Mejor actor de repartoRob RoyNominado

Globos de Oro

AñoCategoríaPelículaResultado
1996Mejor actor de repartoRob RoyNominado

Premios BAFTA

AñoCategoríaPelículaResultado
1995Mejor actor de repartoRob RoyGanador

Ariel

AñoCategoríaPelículaResultado
2016Mejor actor600 millasNominado​


Fuente: es.wikipedia.org/wiki/Tim_Roth
www.fotogramas.es/noticias-cine

miércoles, 22 de agosto de 2018

Buscando a Woody.

Buscando a Woody, un repaso al cine de Woody Allen

Por Rocío Rebollo Pérez





Lo reconozco, tengo una debilidad. Es escuchar la inconfundible música de los créditos iniciales de sus películas y experimentar esa sensación punzante en el pecho: la flecha del amor que te atraviesa como la primera vez. Siempre la misma sobriedad en la tipografía, blanca sobre fondo negro, unos créditos premeditadamente largos para hacer de la espera no un momento de tedio, sino un verdadero placer porque uno sabe que esos minutos, esos deliciosos minutos, provocan en el espectador la certeza de no ser sino el preludio de que algo bueno, inolvidable diría yo, va a suceder a continuación. Y entonces los créditos desvelan el misterio para los que aún no lo hubiesen adivinado: Escrita y dirigida por Woody Allen.

Woody Allen

Mi historia de amor con Woody Allen se remonta a comienzos de los 2000 cuando una tarde cualquiera pasé de ver Coyote Ugly repetidas veces en VHS a encender un DVD recientemente adquirido para ver Hannah and her sisters (1986) en V.O.S. Y entonces ocurrió. Woody (permitidme que le tutee) se convirtió en mi referente del buen cine, en una puerta de entrada hacia algunas de las mejores películas que la historia del cine nos ha dado a través de sus recurrentes referencias intertextuales, así como un acceso directo a otras cinematografías imprescindibles, como la sueca, gracias a su profunda admiración por Ingmar Bergman y a películas como Interiors(1978), que da comienzo a una serie de filmes que siguen la estela dramática bergmaniana y abandonan la comedia absurda de sus inicios.

Un cine reflexivo y singular

El cine de Allen es un reflexión sobre el cine en sí mismo desde una perspectiva de la problemática humana, en ocasiones abordada a través del humor más hilarante y en otras a través de diálogos que no sólo quedan en la memoria, sino que expresan una faceta del ser humano que otras cinematografías ocultan con el objetivo de no incomodar al espectador. Allen tiene la habilidad de llevar a cabo esta tarea de disección del alma humana que puede resultar ardua y difícil de digerir sin por ello evitar que de nuestra boca escapen, en los mejores casos, estruendosas carcajadas.

Mi debilidad por Woody Allen está estrechamente ligada a mi fascinación y profundo respeto por la singularidad de su cine. Y, por favor, si hay alguien en la sala que no reconozca una película de Woody Allen únicamente a través de sus créditos iniciales o tomando una escena de cualquiera de sus filmes al azar, que no se moleste siquiera en alzar la mano: abandone la sala de inmediato y permanezca en cuarentena hasta estar curado de su desconocimiento de este gran genio viendo más Woody Allen (empezando por Annie Hall (1977) y Manhattan (1979), si se me permite la recomendación).




Woody Allen y Diane Keaton en Annie Hall (1977)

Annie Hall supone un punto y aparte en su extensa filmografía, ya que se acerca al cine dramático que Allen siempre había admirado sin que por ello desaparezca la chispa que brilla en sus magníficas e hilarantes primeras comedias inspiradas en el humor absurdo de Chaplin, Buster Keaton, los Hermanos Marx o Harold Lloyd, tales como Take the money and run (1969) o Sleeper (1973). En 1979 se estrenó Manhattan, que recupera el tono de Annie Hall y logra convertirse por méritos propios (únicamente sus créditos iniciales son una verdadera obra de arte) en uno de los hitos cinematográficos de la historia.

Cartel de The purple rose of Cairo (1985)Las dos décadas que siguen al estreno de sus mayores obras de arte están protagonizadas por filmes que juegan al despiste entre el drama y la comedia. Películas inolvidables como The purple rose of Cairo (1985) o Hannah and her sisters hacen de los últimos años de la década de los 80 una nueva época dorada en la filmografía alleniana, que continúa produciendo películas de gran calidad hasta comienzos de los 2000 cuando, con el estreno de Anything else (2003) se presagia la tragedia: además del enorme error de casting que puso al frente del film a Jason Biggs, el cine de Woody Allen, con las excepciones de Melinda and Melinda(2004) y Match Point (2005) – aunque en este último caso tenga mis reservas –, se convierte en un cine insulso y que carece de la calidad propia de su artífice. El cine de Allen se caracteriza por ser un cine profundo y a la vez ligero, pero sobre todo por ser un cine capaz de mantener su sello de identidad inconfundible sin caer jamás en la repetición. Así que, a pesar de que los últimos 10 años de su carrera han sido un intento en vano por permanecer fiel a su estilo y ofrecernos la maravillosa cita anual a la que nos tenía acostumbrados, el cine de Woody Allen supera con creces en cuanto a guión y realización a gran parte de las películas que cada año se estrenan procedentes de los Estados Unidos.




Una visión particular del ser humano

La obra de Woody Allen esconde, especialmente a partir de Annie Hall, además de escenas cómicas inolvidables, una visión única del mundo actual, un retrato repleto de matices del hombre contemporáneo. Especialmente en la época de máximo esplendor de su genio artístico, el cine de Allen nos lleva sin ninguna clase de esfuerzo al análisis y la reflexión a través de su complejo relato de la sociedad del s. XX y comienzos del XXI, que alaba sus virtudes y condena sus defectos en clave cómica. Las relaciones interpersonales, el sexo, la cultura y la muerte se convierten en los temas fundamentales de sus películas.

Sin embargo, y aunque no puedo sino reconocer en Allen la visión de un verdadero genio de innegable talento e inagotables ideas, mi cita anual con Woody va ocupando cada año un lugar de menor importancia en mi agenda: su cine ya no me sorprende. Muy a pesar de sus ideas formidables, el cine de Allen es cada vez más predecible y ha perdido el brillo que se reflejaba en la mirada del espectador de películas como Manhattan. Seguro que hay quien difiere de mi visión, y bienvenidos serán en los comentarios, pero el Woody Allen del que yo me enamoré en mi adolescencia murió a comienzos del s. XXI. Con Anything else (2003), Allen dejó de ser Allen para convertirse en un tal Woody que hace películas anuales que a ratos hacen reír, pero que al abandonar la sala de cine se evaporan de la mente del espectador sin dejar huella alguna.

El Allen que enamora es el que deja imágenes grabadas en la retina. El de una bellísima Diane Keaton y un jovencísimo Woody Allen bebiendo vino en la terraza mientras sus subconscientes subtitulan a su insulsa conversación en Annie Hall, el de Manhattan y ese elogio romántico a la ciudad de Nueva York a medianoche de Isaac y Mary frente al puente de Brooklyn, o el de un Jeff Daniels saliendo de la pantalla al encuentro de su amada Mia Farrow en The purple rose of Cairo (1985). O incluso el disparatado del Woody Allen de Everything You Always Wanted to Know About Sex (But You Were Afraid to Ask) (1972) manteniendo una conversación de vida o muerte con un puñado de espermatozoides. Llamadme purista, pero ese es para mí el verdadero Woody Allen.


Fuente: extracine.com/2013/02/el-cine-de-woody-allen

Imagen de Woody.






Un poco más adelante, en la calle Milicias Nacionales, del centro de Oviedo, te topas con la escultura de Woody Allen, obra en bronce de Vicente Martínez-Santarúa Prendes, más conocido por Santarúa (Candás, 1936). De sobras es conocido el cariño que le tiene a la ciudad el famoso actor, guionista y director estadounidense, de la que dijo: "Oviedo es una ciudad deliciosa, exótica, bella, limpia, agradable, tranquila y peatonalizada; es como si no perteneciera a este mundo, como si no existiera… Oviedo es como un cuento de hadas", y en agradecimiento la ciudad le dedicó esta escultura. Santarúa es un escultor y pintor asturiano, que ha sabido plasmar perfectamente la esencia del actor. Por desgracia las gafas ya casi han desaparecido y habitualmente es objeto de vandalismo, pobre Woody.



Fuente: davidaldia.blogspot.com/2012/10/oviedo-bronceada.html



miércoles, 15 de agosto de 2018

Risas número 23

Sigamos con más risas...





Extraído de Woody Allen 1
Un libro de humor
Editorial Nueva imagen, 1980

miércoles, 8 de agosto de 2018

Todos somos Jasmine.

BLUE JASMINE

POR MARCO ANTONIO NÚÑEZ



Siendo muy ambiciosos podríamos afirmar que Woody Allen cambió a Freud por Marx hace ya algunas fechas. Las tradicionales inquietudes por el autoanálisis, el sentido de las relaciones interpersonales y su papel en la felicidad humana, los interrogantes vitales o sus incursiones de los 90 en el fracaso vital del artista, en el nuevo milenio, han virado hacia amables sainetes costumbristas donde resuenan ecos de una lucha de clases descafeinada.

A partir del universo amoral de Patricia Highsmith recreado en Match Point (2005), Allen abordaba el envilecimiento y la corrupción que aparejan las aspiraciones de prosperidad económica a cualquier precio. Tomando el testigo de Buñuel o Antonioni (por buscar dos referentes temáticos, no establecer similitudes artísticas), se aventura en el tedio, la vacuidad y el lujo de la alta burguesía. Se prodigan diálogos anodinos, clases de tenis a niñas de papá y visitas a joyerías o museos. El mundo de la belleza se degrada en mercadeo desde el momento en que valor y precio se confunden.





Su fin último, no obstante, no será explorar las contradicciones morales de una clase social que se libró de tales rémoras sobornando al último reducto de resistencia ilustrada. Allen prefiere en cambio mostrar los efectos colaterales que ejercen el brillo de los diamantes en los advenedizos y/o aspirantes. Análisis al que subyace un profundo conservadurismo toda vez que los condena por ansiar lo que otros poseen. Pero no condena la posesión en sí.

En Conocerás al hombre de tus sueños (You Will Meet a Tall Dark Stranger, 2010) o Medianoche en París (Midnight in Paris) (2011), explicitaba un conflicto burdo y maniqueo entre el hombres de letras emparejados con consumistas neuróticas, ávidas de lujos y fiestas en las que el deseo material era proporcional a su pobreza intelectual.




La crisis, concluye Allen, fue consecuencia de un gran fraude urdido por los especuladores financieros a mayor gloria de sus santas esposas y múltiples amantes, con el concurso de una complicidad unánime que se tradujo en la alegría con la que el ciudadano de pie solicitaba créditos para financiarse unas vacaciones en la Rivera Maya y jugar a sí a ser rico.




Por un momento, todos jugaron a ser Jasmine. ¿Cómo condenar una debilidad unánime?



Jasmine (Cate Blanchett) se muda a San Francisco con su hermana Ginger (Sally Hawkins) después de haber perdido toda su fortuna como resultado de las actividades delictivas de su marido Hal (Alec Baldwin). Sin embargo, lejos de aspirar a rehacer su vida con nuevos mimbres a partir del trabajo, escarmentada y con humildad, su objetivo será conseguir un nuevo marido que la devuelva a la jaula de oro.

Hal aparece convertido en el prototipo de especulador criminal que dilapida el dinero ajeno en inversiones temerarias y empresas fraudulentas. Jasmine fue la perfecta mujer florero que no quiso saber de los negocios del marido porque no convenía mientras duraba el cuento de hadas. ¿Les suena?




Si algo no ha perdido Allen es el oficio para estructurar bien una historia. Aunque desde el principio sabemos que su situación menesterosa es consecuencia de problemas con la justicia, desconocemos los detalles. La información será hábilmente dosificada hasta domiciliar la plena responsabilidad del infortunio en la propia Jasmine.

Ginger es el error de Allen. Su arrebato marxista y la tentación de fabular. Ginger fue ya víctima de Jasmine en el pasado. Los consejos de su hermana para que invirtiera un capital ganado a la lotería, le costó el matrimonio y, a la postre, seguir militando en la clase humilde. Ginger acepta que su situación social como fruto de la genética, nació para ser pobre. Ahora de nuevo Jasmine tratará de hacer a su hermana partícipe de las mismas altas aspiraciones que la animan, pero Ginger reparará en su error y lo subsana a tiempo. Ginger ha tomado buena nota.

La hermana obrera acaba feliz con su pareja obrera comiendo pizza en el sofá mientras ven la tele. Todo muy clase obrera. La forma grosera con la que Allen retrata a la clase trabajadora a partir de clichés (la jerga, los hábitos alimenticios o gustos televisivos), así como lo burdo de su discurso, hacen de su planteamiento dialéctico una broma de mal gusto que se vuelve contra él. Sugiere que el trabajador se conforme disfrutando del lujo por delegación. Sugiere aceptar. Poco revolucionarios estamos Woody.

Al final, Jasmine fracasa una vez más cuando parecía haber alcanzado su objetivo, y sucumbe al síndrome de Madame Bovary sola en un banco del parque y sin palomas que le arrullen la pena. Abdica de la realidad pedestre y se exilia en un delirio que mitiga la tristeza de no ser rica, y saca relumbres diamantinos a su vaso de vodka.




El filme transcurre en San Francisco, siendo Nueva York el escenario de los recuerdos en azul de Jasmine, su arcadia inalcanzable. Desde el 11-S Allen ha frecuentado poco Manhattan. No faltan los motivos financieros a su ausencia, pero tampoco podemos dejar de apuntar cierto desencanto hacia una ciudad que perdió en su perfil los ritmos de Gershwin. Incluso cuando regresa en Si la cosa funciona (2009) adopta el punto de vista del turista cretino que busca la foto.

Desde que Easton Ellis certificó la defunción de la moraleja en el contexto del mundo surgido del capitalismo financiero, las fábulas urbanas se contagian de un lúcido pesimismo. Jasmine somos todos los que desearíamos pasar el puente en un spa o comprar un BMW. Jasmine no ha aprendido nada de su desventura. Suscribiendo la filosofía del débil mental actual, podemos animarla a levantarse con citas de Bucay o Cohelo. A pescar un buen marido que la libere de la humillación de tener que trabajar de recepcionista y vivir en un apartamento. A completar su formación de perfecta esposa estudiando decoración. Y encomendarla a la suerte. Todo queda a su merced. La suerte, esa abstracción, justa por arbitraria, que no premia ni castiga, porque es ciega, libra al sujeto de toda responsabilidad en su destino. Si es propicia, tendré vacaciones en Roma, si no, otro verano sirviendo mesas.

Los objetivos permanecen inalterables, esos valores que expresan tan bien un adagio que todos entienden y suscriben, y recientemente encabezaba un anuncio publicitario, “¿y a quién no le gusta vivir bien?” Pues eso.

Todos somos Jamine con la mirada perdida en un banco de cualquier parque, rememorando la luna de miel en Egipto o enumerando las característica de la tablet, dialogando con nuestro propio vacío, planificando el verano o la lista de regalos navideños, rotos por la melancolía ante lo inalcanzable, el Ferrari de Ronaldo, la nueva casa de Messi, el collar de Angelina.