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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología, y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

miércoles, 3 de julio de 2013

"El Alce" por Woody Allen.


          
Les voy a contar una historia que les parecerá increíble. Una vez cacé un alce. Me fuí de cacería a los bosques de Nueva York y cacé un alce. Así que lo aseguré sobre el parachoques de mi automóvil y emprendí el regreso a casa por la carretera oeste. Pero lo que yo no sabía era que la bala no le había penetrado en la cabeza; sólo le había rozado el cráneo y lo había dejado inconsciente.

Justo cuando estaba cruzando el túnel el alce se despertó. Así que estaba conduciendo con un alce vivo en el parachoques, y el alce hizo señal de girar. Y en el estado de New York hay una ley que prohíbe llevar un alce vivo en el parachoques los martes, jueves y sábados. Me entró un miedo tremendo…

De pronto recordé que unos amigos celebraban una fiesta de disfraces. Iré allí, me dije. Llevaré el alce y me desprenderé de él en la fiesta. Ya no sería responsabilidad mía. Así que me dirigí a la casa de la fiesta y llamé a la puerta.

El alce estaba tranquilo a mi lado. Cuando el anfitrión abrió lo saludé: “Hola, ya conoces a los Solomon”. Entramos. El alce se incorporó a la fiesta. Le fue muy bien. Ligó y todo. Otro tipo se pasó hora y media tratando de venderle un seguro.

Dieron las doce de la noche y empezaron a repartir los premios a los mejores disfraces. El primer premio fue para los Berkowitz, un matrimonio disfrazado de alce. El alce quedó segundo. ¡Eso le sentó fatal! El alce y los Berkowitz cruzaron sus astas en la sala de estar y quedaron todos inconscientes.

Yo me dije: Ésta es la mía. Me llevé al alce, lo até sobre el parachoques y salí rápidamente hacia el bosque. Pero… me había llevado a los Berkowitz. Así que estaba conduciendo con una pareja de judíos en el parachoques. Y en el estado de Nueva York hay una ley que los martes, los jueves y muy especialmente los sábados…

A la mañana siguiente, los Berkowitz despertaron en medio del bosque disfrazados de alce. Al señor Berkowitz lo cazaron, lo disecaron y lo colocaron como trofeo en el Jockey club de Nueva York. Pero les salió el tiro por la culata, porque es un club en donde no se admiten judíos.

Caricatura Woody Allen: Dominic Philibert


lunes, 1 de julio de 2013

Barcelona es como Manhattan, pero con más políticos.

 

Allen y la ministra
Allen y la Ministra
 
La ministra española de Cultura, Carmen Calvo, y tres consejeros de la Generalitat (gobierno autónomo catalán), los de Cultura, Innovación, Empresas y Universidades y Medio Ambiente, arroparon en la tarde de este lunes al guionista, realizador y actor Woody Allen en la presentación del rodaje de su nueva película, que tendrá como marco la ciudad de Barcelona, la cual espera describir a todo el mundo "de la misma forma que hice con Manhattan, a través de mi mirada", según dijo el genial artista neoyorquino.

En ausencia de sus estelares protagonistas, Scarlett Johansson, Javier Bardem y Penélope Cruz, y como suele ser frecuente aún sin título oficial, poco de nuevo se contó en torno a este guion, que costará 20 millones de euros en ser trasladado a imágenes, en parte aportados por las instituciones tan altamente representadas en el acto.

Allen, de 71 años y últimamente muy familiarizado con España a través de sus viajes a Oviedo (Donde recibió el Premio Príncipe de Asturias) y Barcelona (para promocionar sus películas, recibir un doctorado Honoris Causa y preparar esta filmación), explicó que la que se conoce como "Woody Allen Spanish Summer 07 Project" será "mi carta de amor a Barcelona, así como el de Barcelona al resto del mundo". Por ello, el autor de "Annie Hall" y "Scoop" confesó sentirse "muy excitado por hacer esto, especialmente en un país que no es el mío y con una lengua que desconozco".

En esta mezcla de rueda de prensa promocional y acto inaugural protocolario, aparte de Allen y el productor catalán Jaume Roures (MediaPro), hablaron la ministra de Cultura, Carmen Calvo, y tres consellers de la Generalitat de Cataluña, Joan Manuel Tresserras (Cultura), Josep Huguet (Innovación, Universidades y Empresas) y Francesc Baltasar (Medio Ambiente y Vivienda), quienes se felicitaron de la presencia del cineasta y del efecto que para la imagen de la ciudad condal tendrá la película en todo el mundo.

Emocionada y nerviosa, la ministra se fotografió con Allen y definió al realizador, guionista y actor como "uno de los grandes talentos de nuestra época, alguien que hace filosofía con el cine, regalando una verdadera reflexión sobre la vida". También citó su paralelismo con el español Pedro Almodóvar, ya que ambos "han realizado obras muy profundas, aunque puedan parecer ligeras".

Extraído de © abc guionistas, El portal del guión.

sábado, 15 de junio de 2013

Woody y la risa número 10.

Risas, risas, muchas risas.




Extraído de Woody Allen, un libro de humor, número 1, Editorial Nueva Imagen, Mexico 1980.


martes, 4 de junio de 2013

Tributo a Diane Keaton.




Film Society of Lincoln Center

Woody presentó a la genial Diane con estas palabras: “En todos los filmes que he hecho con Keaton, siempre he escrito todas las bromas y las partes buenas para mí… Pero cuándo la película está lista ella es la graciosa, ella recibe todos los elogios. Entonces, ustedes saben, es para ponerse furioso…”

Al evento asistieron Candice Bergen, Steve Martin, Meryl Streep, Sarah Jessica Parker, Lisa Kudrow, Martin Short y Nancy Meyers entre otros.




Allen también dijo a la audiencia que trató de que Keaton no fuera honrada tan públicamente: “¿Para qué quieres ser honrada?” El público presente estalló en risas. “Realmente no sé que más decir de ella, excepto que es puntual, nada complicada y tiene una hermosa escritura a mano. Ah sí, ella es una de las dos o tres más grandes comediantes que el mundo haya visto.”

Diane estuvo muy bien vestida con una larga falda negra y una blusa blanca y su rubor la hacía ver aún más bella. Dijo que su hijo de seis años le había dicho: “Realmente me gusta como tienes el pelo, mamá. Pero yo le digo eso a todas las chicas.”

Cuando le tocó el turno a la homenajeada improvisó una pequeña parte de “Seems like old times”, que interpretó en Annie Hall y se le escaparon unas lágrimas. “La parte maravillosa de actuar en el cine es que no lo tengo que hacer frente a una audiencia. -expresó luego- Lo puedo hacer en secreto con una pequeña familia llamada equipo. En nuestro mundo un logro es transformar un momento en el tiempo con la esperanza de que viva en el corazón y la mente de la gente. Eso es grandioso, ¿pero acaso no es parte de lo que es la actuación?”.

“Yo aún me siento como la pequeña Diane que quería ser una estrella de cine. Todavía soy esa niña de cara triste, toda tiesa y con lágrimas que corre del escenario para revivir el miedo de actuar, una y otra vez. Creo que la razón por la que lo sigo haciendo es que algunas veces después del miedo alcanzas un bello escenario… Descubres un momento que sientes vivirá por siempre.”

11 de abril de 2007

lunes, 20 de mayo de 2013

Si la cosa funciona, Allen como pez en el agua.






Ya decían mis compañeros Beatriz Maldivia y Juan Luis Caviaro en sus respectivas críticas sobre ‘Si la cosa funciona’, que todos los años es un verdadero placer asistir a la cita que nos propone desde hace mucho tiempo ese excelente director que es Woody Allen. Un ritual al que no puede faltar ningún cinéfilo, y que para muchos de nosotros se ha convertido en cita obligada. El director neoyorkino es como ese viejo amigo que regresa cada cierto tiempo para ponernos al día de todo, comprobando que a pesar del transcurso de los años, algunas cosas, las más importantes, siguen estando vigentes.

‘Si la cosa funciona’ —confusa traducción de ‘Whatever works‘— es la vuelta de nuestro querido Allen a territorios de sobra conocidos por los habituales de su cine, caminos ya recorridos por el cineasta en ocasiones anteriores, y no por ello menos geniales. Una gran sorpresa si tenemos en cuenta la enorme decepción sufrida con ese espanto titulado ‘Vicky Cristina Barcelona’, en la que Allen jugaba sin demasiado sentido a ser Eric Rhomer, mientras el sufrido espectador deseaba despertar de la pesadilla de ver como Allen era capaz de hacer no ya un film menor, sino uno deplorable.



‘Si la cosa funciona’ narra la triste o alegre —depende siempre de cómo se mire— existencia de un excéntrico y solitario hombre de Nueva York —Boris—, que odia prácticamente a todo el mundo, el cual no le ha dado más que decepciones. Aislado en un pequeño apartamento de Nueva York, intenta no tener lazos estrechos con nadie, hasta que conoce a una chica del sur, a partir de lo cual se sucederán una serie de situaciones comprometidas, en las que los sentimientos serán lo más importante. Una historia que Allen tenía escrita desde los años 70, década en la que estuvo a punto de realizar esta película con Zero Mostel, pero la muerte del actor hizo que Allen dejase apartada la historia, hasta recuperarla ahora, y haciéndole los oportunos cambios, ofreciendo el personaje central a Larry David, actor muy de moda gracias a la serie ‘Crumb Your Enthusiasm’, de la que servidor aún no ha visto ni un sólo episodio, pero ha oído verdaderas maravillas.

Woody Allen ha vuelto a su querida Nueva York, y con ello regresa también a ciertos temas de sobra conocidos en su extensa filmografía. Hasta cierto punto ‘Si la cosa funciona’ representa una especie de autohomenaje a sí mismo por parte de su director, una especie de resumen de su forma de ver la vida, tantas veces representada en films como ‘Annie Hall’ (1977), ‘Manhattan’ (1979), o en las muy parecidas a la presente ‘La rosa púrpura del Cairo’ (‘The Purple Rose of Cairo’, 1985)y ‘Todos dicen te quiero’ (‘Everyone Says I Love You’, 1996). De las primeras coge ese tipo de personajes tan conocidos en su cine, y de los que Boris Yelnikoff es una perfecta extensión de ellos. Del film protagonizado por Mia Farrow adopta el querer unir realidad y ficción, y en este caso la complicidad del público se ve apoyada por la insistencia de Boris en hacernos partícipes de su mundo, siendo algo más que meros testigos. Y de su musical hereda cierto punto de vista esperanzador sobre la amargura que suele vestir casi todas sus historias fuera del ámbito de la comedia. Y si hurgamos un poco más en el film, encontraremos sin duda más referencias a otros trabajos del cineasta. Haciendo un símil con otro veterano realizador, ‘Si la cosa funciona’ es en la carrera de Allen lo que ‘Gran Torino’ en la carrera de Clint Eastwood.



Por ese retorno a lugares familiares, creo que se ha tildado erróneamente a ‘Si la cosa funciona’ como un film menor dentro de la filmografía de Allen. ¿Cuál es el problema cuando un director sigue siendo fiel a sí mismo durante tanto tiempo, y lo hace tan estupendamente como hace años? El repetirse no tiene nada de malo, si Allen sigue mostrando una buena mano para la dirección de actores, para los diálogos ingeniosos y llenos de chispa, para el gag verbal, o para llegar hasta nuestro interior con la descripción de unos personajes tan odiosos algunos de ellos, como encantadores. A estas alturas, el director de ‘Bananas’ no necesita demostrar nada a nadie, es esa clase de director que se ha ganado su lugar en la historia del cine, y a pesar de sus altibajos, es un placer comprobar que no ha perdido nada de su ingenio. Eso sí, se nota esta vez una completa despreocupación por lo que cuenta, que parece simular una actitud de rebeldía ante el público, quien es muy libre de aceptar o no el juego propuesto por el cineasta.

Larry David aguanta a la perfección todo el peso de la película, sin que desmerezca ni uno sólo de sus compañeros de reparto, sobre todo una entregada Evan Rachel Wood —a la que también podemos ver encarnando a una peligrosa vampira en la delirante ‘True Blood‘—, en uno de esos personajes femeninos tan característicos del cine de Allen, y que recuerda, entre otros, a los de Mira Sorvino’ en ‘Poderosa Afrodita’ (‘Mighty Aphrodite’, 1995) o Samantha Morton en ‘Dulce y melancolico’ (‘Sweet and Lowdown’, 1999). Aún así, es David quien capta toda nuestra atención, y no precisamente por dirigirse a nosotros en un par de ocasiones, sino por la riqueza de un personaje al que parece que conocemos desde hace tiempo. Alter ego del propio director, con las manías que todos le conocemos, y que a lo largo de los años se ha encargado de recordarnos una y otra vez. Misántropo, harto del mundo y maleducado, representa ese yo que todos quisiéramos sacar a menudo. Al mismo tiempo le asigna cierta mirada esperanzadora en medio del caos existencial que baña el film. Al final, las cosas son mucho más sencillas de lo que parecen —y es que en ciertos temas el ser humano se complica demasiado la vida—, hay que agarrarse a cualquier oportunidad de ser feliz. ‘Si la cosa funciona’ funciona a la perfección, a pesar de poseer un guión algo basado en las coincidencias —prácticamente parece hecho adrede—, y es otra magnífica demostración del talento de un excelente director. Ni más ni menos.

 
 
Fuente: Blog de cine.

sábado, 4 de mayo de 2013

De Roma con amor: un fallido Woody Allen.



Escrito por Perla Schwartz


Me considero fan de Woody Allen, mucho de su humor irónico me ha cimbrado, para mí son inolvidables películas como “Manhattan”, “Annie Hall”, “Zelig”, sin embargo de su más reciente trilogía dedicada a Europa, tan sólo me gusta la primera de ellas: “Vicky, Cristina, Barcelona”.



La segunda “Medianoche en París” aunque obtuvo el Óscar a mejor guión original, no me agradó, sentí muy superficial su pintura del París de los 20, y menos aún me convencieron el trazo de escritores como Fitzgerarld o Hemingway, entre otros. Tan sólo me gustó Kathy Bates como Gertrude Stein.


Y ahora, qué decepción con la tercera película “A Roma con amor”, no me importa que sea light, si critico que el cineasta neoyorkino busque hacer una película coral, y se queden tantos cabos sueltos en el guión de su autoría, además de que está llena de clisés.

Cómo que Allen ya agotó la maravillosa veta de su creatividad y se está repitiendo en exceso. “A Roma con amor”, que busca ser un homenaje a las cintas italianas de los 60 y 70, se centra en 4 historias que se tocan mínimamente, dos de norteamericanos; la primera de ellas, los padres de una chica (Woody Allen y Judy Davis) van a conocer al prometido de su hija a Roma; la segunda Alec Baldwin es un arquitecto que va a pasar sus vacaciones a la capital ítala.

Y las otras dos, habladas en gran parte en italiano, son las de Roberto Begnini (afortunadamente controlado por Allen) un Don Nadie que salta a la fama al ser confundido con un actor; y un matrimonio joven que se pierde y cada cual vivirá su aventura.

Como el lector se podrá dar cuenta se trata de historias un tanto convencionales y poco originales; si bien hay algunos gags divertidos, como el tenor que canta semidesnudo en una regadera, lo mejor de esta última entrega de Allen es la bella fotografía de Darus Khandji y por supuesto la selección musical, con canciones tan emblemáticas como “Volare”.

Tristemente este filme no pasa de ser “palomero”. Pero ni hablar.

“A Roma con amor”.
Estados Unidos, 2012.
Dirección y guión: Woody Allen.
Fotografía: Darus Khandji.
Intérpretes: Woody Allen, Jude Davis, Alec Baldwin, Jesse Einsenberg.
Duración: 100 minutos.,

http://www.cineforever.com/2012/06/02/de-roma-con-amor-un-fallido-woody-allen/

miércoles, 24 de abril de 2013

La vida entre Europa y Estados Unidos.


EXCLUSIVO WOODY ALLEN HABLA DE SU NUEVA PELICULA, “SCOOP”.

“Conseguí lo que soñé, ser un cineasta europeo”

El film protagonizado por Scarlett Johansson y Hugh Jackman es un retorno a la comedia disparatada, con un periodista que le hace una gambeta y el mismo Allen encarnando a un mago. Con sus 70 años, el legendario director parece cómodo tras romper con el mundo de Hollywood. Y aunque vuelve a caminar las calles de Manhattan, no duda en ver un panorama sombrío en su país: “Esta administración es una de las peores en la historia de EE.UU.”



Por Jesús Ruíz Mantilla *

Tenía que haber sido boticario: eso le decían sus padres. Una buena farmacia allí en Brooklyn, donde el muchacho, con ese aspecto enfermizo, dispensara medicinas, vendas y cepillos de dientes para todo el barrio sin meterse en líos. Pero su vida estuvo permanentemente desenfocada. Se empeñó en ser artista y de culto, se le metió en la cabeza escribir historias raras y jugar con los tabúes como quien hace malabares, cambiarse el nombre y elegir uno más en concordancia con su espíritu de clown que de rabino. Así fue como Allen Stewart Konigsberg pasó a ser Woody Allen, el icono que en lugar de calmar los males los evidencia, si no con un ataque de hipocondría histérico, desnudando las vergüenzas con retratos descarnados de la especie, con ese sistema milimétrico de trabajo que tiene y que alterna magistralmente el drama y la tragedia con su don innato para la comedia.

Por eso y, según el jurado, “por ser un hombre clave en el último tercio de la historia del cine, y porque su ejemplar independencia y su agudo sentido crítico lo perfilan como un ciudadano del mundo anclado en Nueva York”, fue por lo que le dieron un Príncipe de Asturias de las Artes hace ya cuatro años, en 2002, un premio que él recogió como perdido en uno de sus sueños. “Cuando me lo dijeron, yo creía que había sido un error de algún funcionario. Y cuando fui y me vi rodeado de toda esa gente, de Daniel Barenboim y Edward Said; de Arthur Miller, que lo recogió el mismo año que yo; de los científicos, los médicos, pensé que en cualquier momento aparecería alguien para aclarar que lo mío había sido un error. Pero nadie se dio cuenta”, asegura.



No sabe cuál será su próximo guión. Está deshojando la margarita entre dos historias ya escritas. Lo que sí sabe es que su próxima película la rodará en Barcelona. “Será con dos estrellas norteamericanas y otros dos actores españoles, aunque no elegimos todavía”, cuenta Allen. “Habrá que ver quién está libre para esas fechas”, dice, lamentándose, como si fuera el último de la fila de los castings cuando hay varias estrellas que darían un brazo por trabajar con él. Lo cuenta en la sala de proyección de su estudio en Manhattan, el mismo sitio donde vio todas esas películas rodeado de sus vinilos de jazz y otros géneros, que guarda como tesoros. Dos asistentes lo ayudan en ese escondrijo inadvertido en mitad del centro del mundo. Es el lugar donde ultima los detalles de preproducción de su nueva película, donde monta su última obra rodada en Londres, El sueño de Cassandra, mientras todavía medio mundo no vio Scoop, la comedia disparatada que sigue a Match point, esa obra maestra digna de un alumno aventajado de Shakespeare. “En las tragedias Shakespeare me parece genial, aunque en las comedias no me gusta tanto”, apunta Allen, que durante toda su vida se sintió preso por otro aspecto de su vida desenfocada que tiene que ver con ese dilema. “Me encanta la tragedia, y cuando se me ocurre alguna idea, la desarrollo y la hago; pero mi don natural es cómico”, confiesa.

Por ambos caminos, por el trágico y el cómico, Allen consiguió su sueño, aunque éste delate un aspecto más de su estado de traspié permanente: “Por fin soy un cineasta europeo”. Sus tres últimos títulos componen la etapa londinense. En Match point y en El sueño de Cassandra, desarrolló la tragedia de aroma shakespereano, mientras que en Scoop dio rienda suelta a su vena cómica para contar la historia de un periodista que hace un alto en el camino en su viaje al otro mundo y le hace una gambeta a la muerte para dar una exclusiva a una joven colega que debe aprovecharla. En la refrescante Scoop, todo un catálogo satírico sobre los tics británicos, vuelve a aparecer Allen como actor –interpretando a un mago– junto a la bellísima Scarlett Johansson y Hugh Jackman. La actriz, en pleno auge de su carrera, le tomó el gusto al estilo Allen y repite con el director después de su arrebatadora aparición en Match point. Ambos se entienden bien. “Quería hacer una comedia con Scarlett”, asegura el cineasta.


Y también le gustó filmar en Londres: “Rodamos allí en verano; no hay mucha gente, el clima es mucho más suave que en Manhattan, los actores ingleses son una maravilla...”. Fue una etapa cubierta por la necesidad, pero Allen no parece guardar rencor a nadie. “Sencillamente, en Estados Unidos no conseguía dinero para mis películas y me tuve que ir”, confiesa. Con ello consumó una de sus grandes traiciones: ¡Tres películas seguidas fuera de Manhattan! A quien se le hubiese ocurrido hace diez años lo habrían tachado de loco. Más cuando, en su etapa anterior, Allen había conquistado a los productores de Hollywood y se alió con Dreamworks para hacer Ladrones de medio pelo, La maldición del escorpión de jade y La mirada de los otros. Pero sólo tres asaltos aguantó Allen con los ejecutivos californianos. Aunque quien viera La mirada... comprendería fácilmente qué corte de mangas les hacía a los capos de la industria. Cuando se le pregunta, ríe maliciosamente. Pero aquella historia sobre un director de cine que se queda ciego mientras rueda una película representó el no va más con los grandes estudios. ¿Por qué? “Tuve mucha suerte cuando empecé a hacer cine. Me encontré con Arthur Crim y me lo dio todo, pero en los últimos años se produjo un cambio muy grande en la industria”, asegura Allen. “Las productoras descubrieron que pueden ganar 400 millones de dólares con una película. Que la estrenan un viernes, y un lunes ya tienen 50 millones en el bolsillo. Si pierden 100 millones con una, lo ganan con otra”, analiza el cineasta. “Conmigo no invertían más de 15 millones de dólares, pero querían saber todo.” Empezaron a meterse con diplomacia, pero antes de que se colaran hasta la cocina, el cineasta, un maniático de la libertad creativa, les paró los pies. “Me empezaron a decir que era un placer hacer películas conmigo, pero que por qué no les dejaba ver el guión, no los dejaba aconsejarme en el reparto...” No se esperaban la respuesta de Allen. “Me decían que no querían ser solamente un banco, y yo les contesté: ‘¡Pero si eso es lo que son! ¡Y lo hacen muy bien!’. Intenté convencerlos de que con eso me bastaba y que de todo lo creativo ya me ocupaba yo. Así que rompimos amistosamente.”

Antes de comenzar su etapa londinense, Allen hizo dos películas más con productores independientes en EE.UU. Melinda y Melinda fue una vuelta de tuerca en su carrera. La historia de dos mujeres idénticas, una muy feliz y otra tremendamente desgraciada, representaba un desnudo creativo arriesgado, un experimento del que está orgulloso y que presagiaba la obra posterior, Match point. Otra etapa, otro camino que además lo saca de donde no había salido en décadas. “Melinda y Melinda lleva dentro lo que para mí es una batalla creativa constante entre la comedia y la tragedia”, dice. Pero no es la única dicotomía que todavía no resolvió. Otra es su identidad. Quizá por eso, su fascinación va en aumento, porque a los 70 años sigue sin encontrar respuestas. “Decía que conseguí lo que soñé, ser un cineasta europeo. Pero yo me siento al tiempo muy norteamericano. Me gustan los Hermanos Marx, el béisbol, el básquet y el jazz.”Esa contradicción lo convierte en una especie de marciano que observa y retrata al género humano con precisión de rayo, a la altura de genios que él admira y persigue, como Fellini, Ingmar Bergman (en Scoop hay un homenaje a El séptimo sello, cuando un muerto quiere sobornar a la dama de la guadaña) o Luis Buñuel. “Los admiro porque su arte es universal. La gente es la gente, y puedes hacer Match point en Nueva York, en Londres y en París. Al fin y al cabo, las personas de hoy no son tan diferentes; sobre todo en las grandes ciudades, que tienen teatros, restaurantes, museos, donde viven a toda velocidad, son cosmopolitas, sofisticadas. Por eso intento que mis historias cuadren en todas partes.”Los grandes honores, los reconocimientos no alteran mucho la forma de vida tranquila que lleva Allen en Manhattan, esa isla que retrató como un pintor expresionista y un poeta, como un escritor y un psicoanalista con habilidades para las descripciones sutiles, convirtiendo su ciudad en un fetiche. Le cuesta vivir sin sus templos favoritos: “El Madison Square Garden donde voy a ver básquet, Central Park, el West Village (donde de joven se ganaba la vida como cómico en los bares), la avenida Madison...”. Sea como fuere, en Nueva York y fuera de allí, él siempre se sintió borroso, como el personaje de Robin Williams en Los secretos de Harry, fuera de lugar y como de otra época, fantasmal. “Todo el mundo desea haber vivido en otro tiempo y ser otra cosa de la que realmente es. Yo ahora pienso que hubiera sido un gran novelista en otro siglo”, dice, sin que parezca que le preocupe mucho.



Si triunfa en Europa no cautiva en EE.UU. Como él mismo dice en Wild man blues a sus padres cuando le insisten con que tenía que haber abierto una farmacia: “A lo mejor tienen razón y habría entrado más gente a la farmacia que a ver mis películas”. Pero lo tiene asumido y le resbala que alguien constate que vio Scoop en el único cine en que la exhiben en Nueva York, con sólo cinco personas entre las butacas. Su estilo no es de esta época tampoco. Su cine hay que verlo más de una vez. “Asumo que mis películas son muy densas. Tienen mucho diálogo, los personajes son neuróticos, las relaciones son muy complicadas”, afirma. Es algo que tuvo presente y lo marcó desde siempre, desde que pasó de sus hilarantes películas de gags, Robó, huyó y lo pescaron, Bananas, El dormilón o La última noche de Boris Grushenko, hasta la segunda etapa de su carrera, con Dos extraños amantes y Manhattan, junto a películas de sombra oscura como Interiores, Septiembre y La otra mujer, y aquellas en las que alcanza el clímax de su estilo, como en Hannah y sus hermanas o Maridos y esposas, para después renegar un poco de sí mismo y buscar algo más en la mezcla de géneros, algo en lo que fascina con Disparos sobre Broadway, la tiernísima Poderosa Afrodita, donde juega con el teatro griego, o la adaptación de su estilo al mundo del musical, en Todos dicen te quiero.

Allen se mueve por los alrededores de Park Avenue como una criatura sin rumbo. Baja con miedo a que alguien lo reconozca y tenga que despachar a sus fans en una situación incómoda. Aunque sabe que se encuentra a salvo de los cazadores de autógrafos. En la ciudad más cosmopolita de EE.UU. todo el mundo pasa inadvertido. Allí es donde se siente seguro, y de no ser porque a Soon Yi le encanta viajar, no se movería de Manhattan. Aunque esa vida nómada les dio a su cine y a su estilo cierto optimismo. “Si viajo y me muevo es por mi mujer. Lo hago por complacerla, disfruta, y yo ahora soy muy feliz también”, dice. A su forma positiva de ver las cosas no contribuye el gobierno de su país: “En eso soy muy pesimista. Esta administración es una de las peores en la historia de EE.UU., el liderazgo es tan pobre que no puedo imaginar algo peor”, afirma.La música también lo salva. “Viajé mucho también por las giras de nuestra banda en Europa. Ahora vamos a Nueva Orleans a tocar para las víctimas del Katrina.” Todos los lunes, la Eddy Daves New Orleans Jazz Band se reúne en el hotel Carlyle, en cuyo bar Woody y su grupo especializado en el sonido de Nueva Orleans –“el más puro, el más auténtico y el que más nos gusta”– tocan ragtime, música para desfiles y melodías del Mississippi, para un público selecto que tiene que pagar 90 dólares sólo por entrar, aparte de lo que coman o beban. Es el día grande del local: se dejan caer admiradores de todo el mundo que reservaron con mucha antelación. En este hotel de lujo, a todo aquel que llega sin reserva le piden en la barra la tarjeta de crédito, que queda automáticamente secuestrada por los camareros, por si las moscas. Hay fotógrafos de todo el mundo, parejas de recién casados y algunos americanos chics de esa clase media alta que él retrata tan bien en sus películas.


El público lo contempla a menos de seis o siete metros, la distancia máxima que puede haber entre el escenario y el fondo. Woody rara vez mira a la cara a sus fans durante la actuación; lleva el ritmo con las piernas cruzadas, y cuando no sopla el clarinete mira a un punto fijo en el suelo. A veces se anima a cantar, pero trata de esconderse entre la multitud, aunque quede a la vista de todo el mundo. Entra por la puerta de atrás, saca el instrumento y lo monta en la mesa que le tiene apartada su amigo John Doumanian, quien, junto con la hermana del artista, Letty Aronson, son dos de las personas de más confianza. Al terminar sus casi dos horas de actuación, Doumanian lo acompaña y trata de abrirse paso entre los admiradores. Todo muy sonriente y con excelentes formas, las mismas que despliega Allen en el vestíbulo del hotel, donde nadie se va sin un saludo, una foto, un autógrafo o una sonrisa tímida pero auténtica. Ahí es donde se comprueba por qué Woody sabe retratar tan bien a todos, con sus grandezas y miserias. Su actitud lo delata: simplemente le gusta hacer feliz a la gente, aunque para ello tenga muchas veces que recurrir a la tragedia y, de paso, desenfocar también un poco a todos.

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.


Fuente: http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/espectaculos/5-4159-2006-10-15.html