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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

lunes, 22 de agosto de 2016

Por Woody Allen.


Sigo fantaseando con los millones de historias interesantes que ocurren en esos departamentos de la Quinta Avenida y en las casas con frente de ladrillo de Bank Street o Central Park West. Es algo tan vibrante que nunca he sentido merma alguna en la intensidad de la ciudad.
 
 
 
 

Siempre me arrepentí de haber nacido después de los años 20 y los 30, porque una vez iniciada la guerra, Nueva York empezó a degenerarse. Muchos lugares cerraron, la ciudad empezó a inundarse lentamente de gigantescas dificultades en el pago de los servicios sociales; los problemas de delincuencia crecieron como hongos; la televisión indujo a la gente a quedarse en casa y la ciudad perdió la vitalidad que solía tener cuando había tantos shows de Broadway y clubes nocturnos a donde ir.
 
Cuando era cómico de clubs iba al Blue Ángel. Había varios de ese tipo: el Bon Soir en el Village, el Upstairs, el Basin East Street durante algún tiempo y el Copa, por supuesto. Recorrías el circuito, y el último show era a las 12.30 pm, de modo que te encontrabas en medio de la calle a las 1.30 de la mañana y siempre había un lugar a donde ir. Salía mucho más cuando era joven.  Primero porque todavía había tipos vivos que tocaban la música que más me gustaba. Podía ir a escuchar la Wilbur De Paris Band en la calle 52; vi a Sidney Bechet, a Louis Armstrong muchas veces, a Jack Teargarden, la banda de Nueva Orléans de George Lewis, los músicos de Birdland, a Miles Davis y John Coltrane, que me encantaba. Pero muchas de esa gente murió, y con la música sucedió lo que sucedió con la pintura: se volvió cada vez más abstracta, más interesante y exigente para los músicos pero menos accesible para el público, por lo que comenzó a perder su audiencia.

 Me gusta mostrarle la ciudad a la gente a través de mis ojos, que no son realistas sino altamente románticos. Nueva York siempre fue el gran objeto de mis fantasías. Cuando era chico vivía en Brooklyn y luego caminaba hasta Times Square, y mirara adonde mirara veía marquesinas de cines iluminadas. Crecí en un barrio donde los cines abundaban, pero en mi vida había visto algo parecido a lo que se veía cuando llegaba a la calle 42 y Broadway. Un cine atrás de otro, todos iluminados, algunos con shows, y las calles repletas de soldados y marineros, por la guerra. Era lo que un coreógrafo elegiría para exagerar si tuviera que crear un ballet sobre Nueva York: los tipos con las muñecas aparentemente sin hilos que intentaban vender, los marineros encontrándose con las chicas en los puestos de papayas. Algo impresionante. Muchos años después filmé Un misterioso asesinato en Manhattan, y la película sigue abriéndose con planos de Nueva York tomados desde un helicóptero.
 
Es siempre Manhattan, esa pequeña isla compacta donde sucede todo. Los cosméticos han cambiado. Ahora es un mundo de computadoras, las terminologías cambian, los estilos de psicoterapia se han modificado un poco y los protocolos de las relaciones están de moda hasta que pasan. Pero lo fundamental nunca cambia.

Extraído de la Revista Pagina 30.