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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

domingo, 26 de junio de 2016

Woody Allen, por Miles Palmer.


Prefacio

Escena: A las siete de la mañana, la conciencia cómica de los Estados Unidos deja la cama en su ático de la Quinta Avenida, cuyos balcones dominan los lagos y árboles del Central Park. Se pone las mismas ropas que llevará en Annie Hall, escribe todo el día y por fin sale a cenar, tarde ya, en Elaine's con diferentes compañeros o amigos: su colaborador Marshall Brickman, el actor Michael Murphy, el productor de Saturday Night Live, Jean Doumanian. Vuelve a su casa. Desde la terraza de ésta filmó muchos de los paisajes urbanos que sirvieron para el montaje de las primeras secuencias de su obra maestra. Pasea sus ojos por Manhattan. 

Nueva York es su ciudad. Para siempre.




 
Introducción

Woody Allen es único.

En la década de los cincuenta escribía chistes y en la de los sesenta fue actor de comedias. En los setenta dirigió películas. Al iniciarse sabía como hacer reír pero no cómo hacer cine, lo cual era una desventaja. Cuando uno se dispone a realizar algo técnicamente tan complejo como un film, y también algo tan caro, la experiencia o, al menos, cierto adiestramiento pueden servir de ayuda. Clint Eastwood se pasó siete años en Rawhide viendo cómo se adiestraban los caballos. Polanski estudió durante cuatro años en cierta escuela de cine polaca que a la sazón era la mejor del mundo. Filmar películas con protagonistas de importancia es el pasatiempo más costoso que existe; y cuando se han gastado cifras astronómicas, no viene mal saber que diablos está uno haciendo. Como ha dicho Orson Welles, este es el tren más ostentoso del mundo.

Al principio sólo fue cosa de tomar una filmación y recorrer Puerto Rico y Hungría, tratando de aprender a costa de pruebas y errores. Sus primeras películas resultaron creativamente caóticas. Eran gags, diálogos y monólogos con unos cuerpos al servicio de ellos. Bananas fue esencialmente un film para un solo actor, como es asimismo el caso de El dormilón (Sleeper). Annie Hall fue un dúo. El sofisticado Manhattan mostró a varios personajes interrelacionados de manera divertida y eficaz de acuerdo con los cánones de la comedia elegante y disciplinada.

Hoy cuida más el argumento. Su estilo de director es fluido y personal; su trabajo de actor logra ser excepcionalmente sutil y su chispeante humorismo es tan agudo como siempre.

En los últimos once años, su maduración artística ha sido fenomenal. Se ha ganado el éxito. Woody Allen es un hombrecillo que no ha logrado crecer en altura, pero sí en grandeza.


Extraído de Woody Allen, biografía ilustrada, por Miles Palmer, Los libros de Plon, Barcelona, Septiembre 1981.