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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología, y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Woody y Mauricio.


Por Quintin

La semana pasada hice dos cosas inusuales. Fui a ver la última película de Woody Allen y voté por Macri. Creo que ambos actos están relacionados de algún modo. Yo antes era progresista y también era un crítico hard. Por lo tanto, no se suponía que viera a Woody Allen ni que votara por Macri. Pero los Kirchner han logrado despegarme del progresismo y una larga abstinencia del cine comercial me hizo darle una oportunidad a Allen y rever la decisión de no ver más películas suyas.



Mauricio Macri
Después de cometer esos actos que mi yo anterior juzgaría como imposibles o vergonzosos, se me ocurrió que hay algunas cosas en común entre Medianoche en París y la campaña del PRO. Ambas son ligeras, coloridas, optimistas, simplificadoras y nadie se las toma en serio. En particular los globos, los bailecitos de los candidatos, los llamados del PRO al diálogo y la tolerancia no significan mucho; apenas llenan un vacío como la música de los ascensores: elegidos y electores aceptan la convención de que algo hay que decir aunque sea hueco. Pero aunque uno no le crea al PRO ni al FpV, la pronunciada preferencia del primero por lo superfluo contrasta con la carga dramática de la propaganda kirchnerista, sustentada en la agresividad y el culto de los muertos. El PRO, en cambio, hace campaña en tono de comedia.


Woody Allen también hace comedias. Y ni siquiera hace comedias serias. Si alguna vez intentó ser el Bergman neoyorquino, hoy se conforma con ilustrar tarjetas postales. Medianoche en París es posiblemente una de sus películas más ñoñas, más decorativas. Owen Wilson (un actor que imita al Woody Allen joven) es un guionista de cine exitoso que viaja a París con su novia y sus futuros suegros, una insoportable familia de millonarios. Pero Owen (como Macri, tal vez) se aburre un poco de los millonarios y entra sin querer en otro juego: cada noche se transporta mágicamente a la década del veinte y allí se encuentra con artistas famosos como Hemingway, Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Picasso, Matisse, Dalí, Buñuel, Cole Porter... Las palabras de esos maestros, especialmente las de Hemingway (su Duran Barba), lo terminan convenciendo de que debe mudarse a París, buscarse otra novia y dedicarse a la ambiciosa disciplina de escribir novelas antes que a proveer a Hollywood de materiales descartables (nótese la similitud con Macri, quien harto de Boca Juniors y de su familia se dedica a la política).
Woody Allen

La idea del cine de Woody Allen no es como la de Pino Solanas: nunca se le ocurriría hacer un cine militante. Ni tampoco es como Glauber Rocha (ver nota de tapa), tan rico, tan experimental, tan cargado de contradicciones. El de Allen es un cine en el que las ideas son sencillas, se expresan en tono amable, mediante frases trilladas y de efecto seguro. Y las contradicciones se disuelven en una ligera nostalgia que nunca empaña del todo la aceptación del mundo como es. En todo caso, su destreza consiste en hacer creíble esa mirada simplificadora, en volver verosímiles escenas absurdas como aquellas en las que el protagonista dice por enésima vez: “¡Oh, pero si es T.S. Eliot, no puedo creerlo!”. Pero tampoco se trata exactamente de credibilidad: el realizador y los espectadores saben que todo es falso y un poco tonto. Pero a los dos les gusta compartir el juego, simular que el cine no da para apuestas más arriesgadas y disfrutar de las fotos de París, de las chicas lindas y del arte como un capital que puede proveer una compañía más duradera que las joyas.

Pero, ¿qué otra cosa es la política del PRO sino esa complicidad que ha logrado Macri con sus votantes, la de convencernos de que no nos va a molestar si no le conviene, que no nos va a tratar de asquerosos y tenderos, que no nos va a agredir en nombre de supuestas revoluciones?


Fuente: Diario Perfil. 
http://www.perfil.com/ediciones/2011/8/edicion_597/contenidos/noticia_0018.html