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Nació en la ciudad de Lanús, Buenos Aires, Argentina, el 27 de junio de 1956. Desde muy pequeño concurrió al cine, descubriendo a Walt Disney en el viejo Cine Monumental de la ciudad de Bernal. Ya de grande, Román Polanski y su film, “Cul de Sac” fueron los movilizadores hacia el cine de culto. En los años ’70, estudió cine en la EDAC, (Escuela de arte cinematográfico) de la ciudad de Avellaneda. En los ’80 cursó en CECINEMA, (Centro de estudios cinematográficos) dirigido por José Santiso, y asistió al Seminario Introducción al lenguaje cinematográfico, dictado por Simón Feldman. Incursionó en el Cine de Súper 8 y 16 MM. Asociado a UNCIPAR (Unión cineistas en paso reducido), fue cofundador del Biógrafo de la Alondra. Es editor de El Revisionista, Series de antología, y el presente blog. Actualmente trabaja en su primer libro, “Los tiempos del cine”.

lunes, 3 de abril de 2017

¿Importa la moral del autor?





Polémica. La denuncia por abuso de la hija adoptiva de Woody Allen provocó un debate sin fin sobre las obras y autores acusados de maltratar a sus hijos.

Por Andres Hax

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La hija adoptiva de Woody Allen y Mia Farrow publicó una larga carta en un blog de The New York Times alegando que fue abusada sexualmente por el cineasta,  El relato de Dylan Farrow  ocurrió en 1992 cuando era una niña de ocho. En un placard del altillo, según cuenta el escalofriante relato, Woody la asaltó sexualmente mientras le hablaba con suavidad y le prometía llevarla a París y convertirla en estrella en una de sus películas. 


Se trata de un caso más complejo de lo que aparenta. Legalmente, Woody Allen fue absuelto por la investigación que se hizo en su momento y ahora mismo no está bajo sospecha legal. A los ojos de la ley, no es sospechoso. Sin embargo, es una verdad documentada (según una nota en Vanity Fair titulada 10 Undeniable Facts About the Woody Allen Sexual-Abuse Allegation ) que Woody había estado en terapia por su comportamiento inapropiado con su hija adoptiva. Además, el juez en el caso original dijo que la actitud de Allen hacia Dylan era “grotescamente inapropiada y que se tenían que tomar medidas para protegerla.” Allen, se sabe, salió a declarar su inocencia caracterizando la historia de su hija adoptiva como una fabricación de su ex pareja Mia Farrow. Otro hijo adoptivo de Allen y Farrow, Moses Allen, ha tomado la partida de su padre. El único hijo natural de Allen-Farrow, Ronan Seamus Farrow, está al lado de su madre.

La familia en cuestión es digna de una tragedia clásica. Tendríamos que resucitar a Sófocles para escribirla –también a Sigmund Freud. Woody Allen está casado con una mujer 35 años menor que él, la que fue, además, la hija adoptiva de Mia Farrow y el músico y compositor, Andre Previn. Woody y Soon-Yi tienen dos hijos adoptivos a su vez.

Se lo mire por donde se lo mire, en el peor de los casos se abre la posibilidad de incesto de padre a hija adoptiva (abuso de una menor agravado por el vínculo); en el mejor escenario, se trata de un desmadre doméstico, un embrollo de parentescos transgredidos.

Fíjense en el árbol genealógico y político. Ronan es el sobrino de Soon-Yi y, a la vez, su hermano. Woody Allen, al haber sido el padrastro (político) de Soon-Yi, es tanto el padre como el abuelo de sus hijos. Por su lado, en total, Mia Farrow tiene 15 hijos, cuatro biológicos: todo un clan. Entre los hijos naturales, el parentesco de uno está en duda. En 2013, en una entrevista con Vanity Fair , cuando le preguntaron directamente si Ronan era el hijo de Frank Sinatra, Mia contestó: “posiblemente”.

En todo caso, tras la carta de Dylan en The New York Times (publicada por un periodista amigo de Mia), arrancó un debate mediático acerca de las películas de Woody Allen en vísperas del Oscar. ¿Podemos seguir viéndolas con la conciencia limpia? ¿La moral de un artista importa? ¿O hasta qué punto? ¿Es más sencillo soslayar el fascismo y las posiciones antipatrióticas de Ezra Pound, el antisemitismo de T. S. Eliot o el colaboracionismo de Heidegger? ¿El incesto no constituye en sí otra categoría aparte?

En defensa de Woody Allen, la prolífica novelista Joyce Carol Oates tuiteó el 8 de febrero: “Aunque Woody Allen ha sido muy denunciado, seguramente muchos de sus denunciantes tienen gran admiración por Lolita. ¿No es contradictorio?” Previamente, había tuiteado: “La predilección de hombres viejos (hasta ancianos) por mujeres jóvenes no es infrecuente en otras culturas”. Ver La casa de bellas durmientes de Kawabata; y también “lo que difiere en estas culturas es la norma legal/moral/ética de la sociedad: en algunas se tolera, en otras es tabú”. Agrega Oates, además, que en la cultura estadounidense las celebridades tienen licencia para cruzar el límite del tabú. Aclara que condenar las películas de Allen castiga a otros –actores– que nada tienen que ver con el caso.

La defensa más fuerte de Allen –y la explicación más efectiva de la ambigüedad del caso– podría ser el timeline de Oates. Evoca, por ejemplo, un caso de maestros acusados de pedofilia porque en su momento se creyó, sin cuestionamiento, el testimonio de la supuesta víctima. Y lo pone todo en perspectiva diciendo: “Ojalá hubiera tanto escándalo público por crímenes de guerra, por criminales de guerra, que causaron muertes, desfiguraciones de centenares de miles de vidas”.


En el nombre del padre

En el debate mediático del affaire y toma de posición sobre este árbol genealógico excéntrico de Allen-Farrow, consideramos que se ha soslayado una pregunta central, que lo excede. ¿La práctica del arte en su más alto nivel de compromiso es incompatible con la buena paternidad? ¿Se puede ser un gran cineasta, pintor, novelista o poeta y quedar con un resto emocional –y de tiempo– como para criar hijos de una manera atenta y bondadosa?

A primera vista, la respuesta pareciera ser que no es tan fácil. Si nos limitamos a la literatura podríamos confeccionar rápidamente una lista de padres y madres negligentes, hasta malignos: Ernest Hemingway, William Burroughs, John Cheever, Doris Lessing, Ted Hughes, Saul Bellow, Philip Dick, James Joyce, J. D. Salinger, Norman Mailer, William Faulkner, León Tolstoi, Charles Dickens...

Seguramente hay lectores en desacuerdo con uno o dos de los nombres de la lista. El tema es largamente discutible y además, es histórico, cambia a través del tiempo. ¿Doris Lessing fue una mala madre por abandonar a dos hijos en Sudáfrica y dejarlos con el padre, para ir a Londres y comenzar una nueva vida fuera de las restricciones machistas de su época y su país? ¿Carlos Fuentes –supuestamente, un padre abandónico de tres hijos– es responsable de la muerte dramática de su hija? Su cuerpo fue encontrado debajo de un puente, estaba embarazada de ocho meses de una criatura y era una adicta severa. ¿William Burroughs hizo bien o mal en dejar a su hijo con los abuelos, tras matar accidentalmente a su esposa? ¿Pablo Neruda es un cretino por haber abandonado, literalmente, a su única hija, que nació con macrocefalia y a quien ni siquiera solventó en sus necesidades básicas? ¿O Arthur Miller, que hizo lo mismo con su hijo con síndrome de Down, internándolo de por vida en un asilo y a quien no menciona ni siquiera en su larguísima autobiografía? ¿Cuánta responsabilidad tiene Ted Hughes en los suicidios de sus dos esposas? Y la primera, Sylvia Plath, ¿fue una mala madre por suicidarse una fría madrugada londinense tras servirles la leche a sus hijos que aún dormían en sus camas?

Sin embargo, acaso habría que acotar más la muestra y justificar a los elegidos para responder a la pregunta con mayor precisión. Quizá habría que encontrar una forma de atacar la pregunta –¿El arte es incompatible con la paternidad?– rigurosamente.

Una posibilidad es circunscribirnos a ese robusto género literario que combina biografía, psicología y autoconfesión. Me refiero a las memorias escritas por los hijos e hijas de grandes escritores. Una bibliografía inicial, pero suficiente como para armar un buen seminario, debería incluir: la muy reciente Saul Bellow’s heart (2013) de Greg Bellow, Papa: a personal memoir (1976) de Gregory Hemingway; Home before dark (1974) de Susan Cheever; My father is a book (2006) de Janna Malamud Smith; Dream catcher (2001) de Margaret A. Salinger; Correr el túpido velo (2010) de Pilar Donoso; Reading my father (2011) de Alexandra Styron; Townie (2011) de Andre Dubus III.

Hay una imagen que se repite en todas estas memorias y es la de la puerta cerrada. Greg, el hijo de Bellow, escribe: “La puerta de su estudio estaba firmemente cerrada todas las mañanas, un signo de la barrera que Saul erigió entre la escritura y la vida”. Alexandra, la hija del novelista William Styron escribe en su libro que la oficina donde escribía su padre era sacrosanta y allí no se podía entrar de ninguna manera. Sobre ella había un letrero de una sola palabla: Verboten (prohibido en alemán).

La puerta cerrada es una realidad y también un emblema del artista como madre o padre. La primera condición necesaria para escribir una obra es tiempo. Océanos de tiempo. Es famosa la anécdota de Gabriel García Márquez quien, al ocurrirsele la idea para Cien años de soledad , le dijo a su esposa que se ocupara de mantenerlo abastecido de cigarrillos y whisky hasta que saliera de su cuarto con la obra escrita. Entró y cerró la puerta. Se demoró más de un año en salir.

Hay una anécdota al comienzo de la memoria de la hija de Styron. Era una infante, de dos o tres años, y sus hermanos la dejaron sola por un rato en la cocina. Cuando volvieron, descubrieron que se había caído por las escaleras del sótano y estaba en el piso con la cabeza seriamente lastimada. Por no molestar a su padre, que estaba en plena composición de La decisión de Sophie , esperaron dos horas a la madre, para llevar al médico a la niña, en grave estado. 


Arte y responsabilidad

Aunque el nivel de abuso o negligencia de los padres, sujetos de estas biografías, varía considerablemente, la clave está ejemplificada en la desafiante pregunta que Gregory, el hijo de Ernest Hemingway, le hace a su padre: “¿Cuándo al fin todo está sumado, papá, la cuenta será así: escribió unos cuantos cuentos buenos, tuvo una manera novedosa de encarar la realidad, y habrá destruido a cinco personas –Hadley, Pauline, Marty, Patrick y posiblemente a mí mismo? (La lista son los cuatro hijos del escritor, más su tercera esposa, Martha Gelhorn). ¿Qué consideras que es más importante? Tu mierda egocéntrica, los cuentos o las personas?” Se nos agrega otra pregunta existencial para analizar este problema: ¿una obra brillante vale más que la felicidad de una persona? Un ejemplo concreto: la novela y los cuentos de Salinger han hecho a millones de personas profundamente felices. En una hipotética balanza moral, ¿eso pesará más o menos que la infancia miserable de su hija?

Sería incorrecto afirmar que este conjunto de memorias son categórica y exclusivamente despectivas hacia los padres involucrados. Lo que se aprende leyéndolas es el nivel de sacrificio necesario para lograr una obra brillante, o para intentar estar entre la primera fila de los creadores. Lleva mucho, mucho tiempo escribir (o hacer cine o matemática o poesía) y requiere una enorme concentración. Es un trabajo solitario, alejado de las rutinas de un oficinista, que puede sobrevivir a la jornada laboral por un esquema que comparte con otras compañeros y que, a cierta hora está liberado de la obligación diaria. Se corre el riesgo de no cumplir con expectativas propias y de terceros porque no hay garantía de que el capital de tiempo, solo en un cuarto, redundará en un producto que justifique el sacrificio. Esto aparece muchas veces en las memorias de los hijos.

También muchas veces se vislumbra un gesto de rechazo a la familia que viene, irónicamente, desde el amor. En su memoria sobre William Styron, Alexandra cuenta una carta que el novelista Irwin Shaw le escribió a su amigo para felicitarlo por el nacimiento de su primer hijo: “Aprende de mí y no te intereses demasiado en tu hijo. Desde que nació el mío apenas he escrito una palabra, ya que es mucho más interesante mirar todas las sutiles y complejas corrientes que fluyen de un ser humano complejo, que batallar con el material inerte y chato del arte. Préstale atención en dosis medidas a la criatura, por el bien de tu carrera”.

Una cosa más sobre las memorias de los hijos de los escritores: no son libros excepcionalmente buenos. En si mismos no suben a la categoría de Literatura. Son intrigantes por sus contenidos y por lo que puden aportar sobre la comprensión de los procesos creativos. Pero pasa algo fascinante entre líneas. El sujeto –hijo o hija– al enfrentarse con el problema de escribir un libro, entra en el problema básico de su padre y comienza a aprender, de primera mano, las dificultades reales que implicaba su vocación. Allí, invariablemente, nace el perdón o una aproximación al perdón. Sí, sus infancias fueron complejas, pero al fin, sus padres dejaron algo. La mayor parte de la humanidad ha tenido pésimas infancias y, llegados a la adultez, han comprobado que sus padres dejaron una obra. La excepción es Pilar, la hija adoptiva del chileno Donoso. En la dedicatoria de su libro confiesa: “Escribir este libro tuvo grandes consecuencias para mí, pérdidas irreparables y, seguramente, habrá más...” Pilar se suicidó, dejando atrás a tres hijos.

William Faukner, en su entrevista con The Paris Review en 1956, dijo: “La única responsabilidad del artista es su arte. El será completamente despiadado si es uno bueno. Tiene un sueño. Le angustia tanto que se tiene que deshacer de él. Hasta entonces no tiene paz. Todo queda relegado: honor, orgullo, decencia, seguridad, felicidad, todo, para lograr que el libro se escriba. Si un escritor tiene que robarle a su madre, no dudará. Un poema de Keats vale cualquier cantidad de viejas.”

Extraído de Revista "Ñ".



jueves, 9 de marzo de 2017

Autobiografía en 35 milimetros.

El cineasta con más de 60 películas, una docena de libros y cientos de conciertos de jazz en su haber

Por  ÁLVARO P. RUIZ DE ELVIRA

"Él era tan duro y romántico como la ciudad que amaba. Tras sus gafas de montura negra se agazapaba el vibrante poder sexual de un jaguar. Nueva York era su ciudad y siempre lo sería". Isaac (Woody Allen), en Manhattan
 
Woody Allen nació un 1 de diciembre de hace 75 años en Brooklyn. En la mitad del otoño, su estación favorita para rodar películas por sus cielos nublados y hojas naranjas, por su niebla misteriosa y la luz especial que alumbra Manhattan. Pero no nació con el nombre que todo el mundo conoce. Lo hizo como Allan Stewart Königsberg. No fue hasta 1952, 17 años después, que se transformó en Woody Allen sobre un escenario. Humorista casi desde que llegó al mundo, escritor, universitario de un solo semestre, actor, dramaturgo, adicto al psiquiatra antes de llegar a los 30, músico, director... el legado de Allen en estos tres cuartos de siglo es inconmensurable. En su faceta más conocida, la de cineasta, ha participado hasta la fecha en 60 películas, de las cuales ha dirigido 46. Y pretende seguir con su terapia de una película anual hasta que no pueda más.

 "Yo era un niño pasablemente feliz, ¿saben? Me criaron en Brooklyn durante la Segunda Guerra Mundial. Mi analista insiste en que mis recuerdos de infancia son exagerados, pero les juro que me criaron bajo una montaña rusa de Coney Island, en Brooklyn". Alvy Singer (Woody Allen), en Annie Hall.

Inquieto, delgado, bajito (no pasa de 1,65), tímido, con gafas, don Juan de Manhattan, pero, sobretodo, ateo judío poco ortodoxo. Así se ha representado Allen a lo largo de una filmografía que bien podría ser una autobiografía en 35 milímetros. Sobre su infancia, creemos saberlo todo tras ver al pequeño Alvy Singer en Annie Hall, al jovencito Sandy Bates en Recuerdos o al trasto de Joe en Días de Radio aprendiendo sobre la vida en un barrio de clase media baja en Brooklyn. De esta última, el cineasta siempre ha reconocido que todo está inspirado, aunque un poco exagerado a modo de cómic, en su infancia.

Dios mío, este infeliz es patético[....] Si yo tuviera valor para salir a contar mis chistes yo mismo. Alvy Singer (Woody Allen), en Annie Hall (1977).

La carrera humorística de Allen comenzó en los años 50 en los cabarets que luego plasmaría en Broadway Danny Rose y como escritor de chistes para otros cómicos. De ahí pasó a la televisión donde colaboró como guionista y como humorista en programas como el de Johnny Carson o el Ed Sullivan Show. En la que se puede considerar su trilogía de películas más memorables, Annie Hall, Manhattan y Hannah y sus hermanas el cómico hace un ejercicio autobiográfico con sendos personajes que se dedican a la escritura y producción de humor.

"Y si llega a decir algo mas sobre Ingmar Bergman le salto de un puñetazo las lentillas de contacto" Isaac Davis (Woody Allen), en Manhattan (1979).

Es en el cine y no en la televisión donde Allen ha depositado siempre su corazón. Desde que tuvo uso de esa razón tan humorístico-analítica tan personal, Allen ha disfrutado con las grandes películas de la historia del cine. De Chaplin a Scorsese pasando por Minelli, Bergman, Wilder, Kurosawa, Fellini o Hitchcock. Allen, miembro de la última gran generación del cine, la de Scorsese, Coppola, Spielberg, Mallick..., ha podido absorber de los maestros en las salas de cine.

Son constantes sus homenajes a los clásicos del cine estadounidense, japonés y europeo. En su obra de teatro y guión de cine Sueños de un seductor, Allen habla directamente en sus ensoñaciones con el Humphrey Bogart de Casablanca. Escenas de Annie Hall, Robó, huyó y lo pescaron o Todos dicen te quiero le sirven para homenajear a Groucho Marx, su cómico de cabecera. El expresionismo alemán está presente en Sombras y niebla. Como recalca Jorge Fonte en su libro Woody Allen (Cátedra), Manhattan le debe mucho a Vincent Minelli o a Billy Wilder. Y en casi todos sus trabajos, Bergman y Fellini son una constante.


En 1969 Allen rodó su primera película como director, Robó, huyó y lo pescaron, una historia de ladrones cómicamente desgraciados rodada a modo de falso documental (formato que repetiría en 1983 con Zelig). Fue un éxito de taquilla que le abrió las puertas en la industria para poder rodar una serie de comedias gamberras que funcionaron mejor o peor como Bananas (1971), Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar (1972), El dormilón (1973) y La última noche de Boris Grushenko (1975).

Fue en los años 70 del siglo pasado cuando Allen alcanzó la mayoría de edad cinematográfica con Annie Hall (1977), Interiores (1978) y Manhattan (1979). Películas ambientadas en Nueva York, la ciudad que prácticamente no abandonaría como escenarios de sus conversaciones y obsesiones hasta 2006, cuando comenzó su viaje europeo por Inglaterra, Francia y España. Allen consiguió lo que nadie en Hollywood consigue jamás: ser el dueño de sus historias, desde que las concebía anotándolas en un trozo de papel hasta el montaje final, sin interferencias de los estudios o de los productores. Durante su época dorada a lo largo de los 70, 80 y 90 rodó también, entre otras, Broadway Danny Rose (1984), La rosa púrpura del Cairo (1985), Hannah y sus hermanas (1986), Días de radio (1987), Crimenes y pecados (1989), Misterioso asesinato en Manhattan (1993), Poderosa Afrodita (1995) o Los secretos de Harry (1997).

Mi psicoanalista me advirtió que no saliera contigo, pero eras tan guapa que cambié de psicoanalista. Isaac Davis (Woody Allen), en Manhattan.

En todas estas obras los temas fetiche de Allen aparecen sin descanso: las mujeres, las relaciones (siempre trabajó con sus parejas que eran actrices: Diane Keaton, Mia Farrow, Louise Lasser...), las infidelidades, el poder de la conversación, la muerte, la religión judía, el cine, el jazz, la magia, el psicoanálisis y el sexo. Ya estamos esperando su próximo trabajo, que llegará en 2011: Medianoche en París, con presencia de Carla Bruni - Sarkozy incluida.

Fuente: Diario El Pais, http://cultura.elpais.com/cultura/2010/12/01/actualidad/1291158001_850215.html

miércoles, 8 de febrero de 2017

Primeras revisiones sobre Crisis en seis escenas.

 
 
 

Crisis en seis escenas es la primera serie escrita y dirigida por Woody Allen. ¡Estará disponible exclusivamente en Amazon el 30 de septiembre! Y tenemos las primeras revisiones (con algunos detalles más de la trama) y un montón de nuevas imágenes.
 
Por ejemplo, resulta que el personaje de Miley Cyrusse llamada Lennie. Hasta ahora la gente se enganchaba en su actuación como punto culminante, otro hilo común parece ser sobre todo una película completa dividida en seis.


 
 
 
También aprendemos del personaje de Elaine May que se llama Kay. John Magaro parece ser el suplente de Woody Allen. Y es comparado con comedias de Allen pre-Annie Hall. Las comparaciones con películas como  La ultima noche de Boris Grushenko  y Los hermanos Marx.
 
 
SFChronicle la  llama divertida, pero le falta el peso de dramas de Allen. 'Inspirada tontería'.
Allen está trabajando en territorio familiar aquí, evitando la clase de complejidad del personaje que marca sus mejores películas recientes como "Blue Jazmine" y "Vicky Christina Barcelona." La televisión puede admitir caracteres más complicados estos días. Allen podría reflexionar para futuros proyectos de TV, pero mientras tanto, felizmente a revolcarse en la inspirada tontería de "Crisis".
 
Los E.e.u.u. hoy llama luz divertida. También comparan Cyrus a Diane Keaton.
Crisis no es Allen en su mejor momento, ni en su forma más grave y contemplativa como artista. La crisis es un adorno, una comedia ligera que comienza muy lentamente y construye una conclusión divertida.
 
Indiewire  la tiene a Elaine May como un punto culminante, pero la serie no se eleva por encima de
Allen. Wody siempre ha escrito para las mujeres, como lo demuestra en las 13 nominaciones a los Oscar (y cuatro victorias) para sus protagonistas femeninas. Yo no sería opuesto a la audición de Elaine May llamada para los premios Emmy el año que viene, pero ella tendrá que superar una serie mediocre agresivamente para hacerlo.
 
Sin duda vendrán más comentarios.


 




 

martes, 13 de diciembre de 2016

El nuevo film de Woody.

“Cafe Society”: lo nuevo de Woody Allen con Stewart y Eisenberg

La pareja de actores que protagoniza esta nueva película de Woody Allen. Imagen: woodyallenpages.com 

La pareja de actores que protagoniza esta nueva película de Woody Allen. 

La película más reciente de Woody Allen, "Cafe Society", inaugurará este año el Festival de Cine de Cannes.
Los organizadores dijeron que la película protagonizada por Kristen Stewart y Jesse Eisenberg tendrá su estreno con alfombra roja en el festival de la Riviera Francesa el 11 de mayo.
Blake Lively, Parker Posey y Steve Carrell son actores de reparto en el filme, ambientado en el Hollywood de los años 30.



El anuncio reafirma el viejo amor del cine francés por el director estadounidense de 81. Es la tercera vez que una película de Allen inaugura el festival, después de “Hollywood Ending” en 2002 y “Midnight in Paris” en 2011.

“Cafe Society” no competirá por la Palma de Oro ni los demás premios a ser otorgados por un jurado que preside el director de “Mad Max”, George Miller.
La 69na edición del festival se realizará del 11 al 22 de mayo.

Extraído del Diario Hoy de Paraguay, http://www.hoy.com.py/espectaculos/cafe-society-lo-nuevo-de-woody-allen-con-stewart-y-eisenberg

jueves, 17 de noviembre de 2016

Mis tres peliculas favoritas.

Woody Allen escribe y dirige. No para de trabajar desde hace años. Nos ha entregado películas mejores que otras, pero siempre es un placer tenerlo. Con sus reflexiones acerca del matrimonio, el sexo, la religión, la terapia, el amor... Todo depende de la suerte, nos ha dicho en casi todas sus películas, el pesimista nato.

La rosa purpura de El Cairo

Woody Allen ha hecho tantas películas (y aún me quedan tantas por ver, y eso que he visto más de 15 de sus películas) que es difícil elegir una como preferida. Aún así, mi corazoncito se inclina por "The Purple Rose of Cairo", porque no sólo nos habla del amor por el cine, de lo importante de trasladarnos a esos mundos, sino también se torna más realista en un final agridulce donde su protagonista (Mia Farrow, siempre divina) termina engañada y triste, pero se encierra en una sala de cine y vuelve a sonreír.

Los secretos de Harry

Otra película que me gusta mucho de Woody Allen es "Deconstructing Harry". Siento que es la película en la que Woody Allen es más Woody Allen que nunca. Es un escritor, al que le cuestan las relaciones, se interponen la fantasía y la realidad, y es tan neurótico como siempre.

Crimenes y pecados

Difícil dejar afuera otras películas, pero mi tercer lugar se la dejo a "Crimes and Misdemeanors", aquel drama (que también tiene su parte de comedia) del que luego se copió a sí mismo un poco para "Match Point", en el que el protagonista, un brillante Martin Landau, batalla contra su conciencia tras las decisiones tomadas. "Somos la suma de las decisiones morales que tomamos en la vida".



Extraído del blog Enjoylandia.blogspot.com 
http://enjoylandia.blogspot.com.ar/2012/09/mis-tres-peliculas-preferidas-de-woody.html

Inspiración de la película A Roma con amor.


Abr 09th, 2013 - por 
A Roma con amor - el intercambio de casas¿Qué tal un paseo cinematográfico en las preciosas calles de Roma? De Woody Allen, A Roma con amor , trae la ciudad italiana como uno de sus principales localizaciones, como lo hizo previamente con París, en Medianoche en París y Barcelona, Vicky Cristina Barcelona .Compruebe algunos de los lugares imperdibles de la película para conseguir algo de inspiración en el  intercambio de apartamentos en Roma a medida que se enamoran de la ciudad también.
Fuente de Trevi: situada en la plaza de Trevi, la plaza es el lugar donde un turista estadounidense, Hayley, se encuentra con el Michelangelo italiano, mientras que busca de la fuente de Trevi. La pieza central de la plaza se encuentra el monumento a Víctor Manuel II, que a menudo se llama el "pastel de bodas" o "máquina de escribir de Mussolini" debido a su tamaño y forma llamativa. Sí, es el escenario perfecto para que caigan en el amor, y SPOILER ALERT, lo hacen.
La Garbatella: el encantador barrio de la Garbatella es un secreto que Woody Allen le dio distancia en la película. Completamente fuera de la mayoría de los radares de turismo, es fácil llegar en metro y es perfecto para parar para un bocado: que sin duda desea probar uno de los restaurantes en los alrededores.
Plaza de España: éste no es un lugar de sólo-personas-locales-saber oculto, pero ha sido la inspiración para artistas y músicos durante siglos y es definitivamente algo que debe ir en Roma. Plaza de España está conectado a Trinità dei Monti en la colina arriba, por la escalera más ancha de Europa, la  Scalinata della Trinità dei Monti , conocido por los extranjeros como la Plaza de España.
Villa dei Quintili: una antigua villa fuera de los límites tradicionales de Roma, que fue construido en el transcurso de la 2do. siglo. El antiguo espacio de lujo todavía ha de baño bien conservado con una piscina, caldarium (sala caliente) y frigidarium(sala fría). Las ruinas forman una increíble vista y también puede ser el lugar para diálogos profundos, al igual que los de la película.


Extraído del portal Knok.com 
http://www.knok.com/knoleskine/2013/04/09/movie-inspiration-to-rome-with-love/

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Oh, Diane, Diane, al fin solos


Por José Antonio del Pozo



     
   Siempre me gustó mucho Diane Keaton, porque la encontré adorable en Annie Hall –éramos tan jóvenes-, porque estaba, y muy bien, en El Padrino, porque me la reencontré en ese golpe bajo que es Baby, tú vales mucho, porque el reencuentro fue ya toda una celebración en Misterioso asesinato en Manhattan, sobre todo porque es una actriz que sabe sonreír  sólo con los ojos, sin mover los labios. Esos ojos en almendra que se encendieran desde adentro.

   Entonces cayó en mis manos hará un par de meses el libro de sus memorias, “Ahora y siempre”. Lo picoteé un poco por la mitad, con intención sobre todo de ver los santos y… del todo me atrapó. Me dije, alto, alto, esto merece ir despacio y con buena letra lectora. Lo saboreé entonces de principio a fin, sin prisas, como deben hacerse las cosas que merecen la pena.
    
    Bueno, lo encuentro un libro maravilloso, y esto dicho de un libro de memorias, mayor mérito aún resulta. Escrito a raíz de la muerte de la madre, es en efecto un repaso de su vida y de su carrera pero llevado a cabo con una agilidad y con una destreza literaria más que cautivadora y repleta de logros narrativos y expresivos.

   Es fantástico el tono desenvuelto y en apariencia liviano con que Keaton retrata –siempre en acción- las figuras de sus íntimos (familiares, pero también entre otros W Allen, Al Pacino, Warren Beatty, Jack Nicholson) así como su propia peripecia: sus inseguridades, la bulimia, la autocrítica, la maternidad tardía y bajo adopción, el dolor por la enfermedad y muerte de los padres, la vida). Siempre encuentra Keaton un recurso expresivo vívisimo y nada grandilocuente para trasladarnos con eficacia literaria esa emoción, esa reflexión.
    
    No sé, para mí alguien que escribe de su hijo, “me encantan tus ojos color chocolate, de alegría impenetrable, sólo tienes que entornarlos al sonreír para que el mundo parezca un buen lugar” o “los recuerdos son sólo momentos que se niegan a ser ordinarios” o ante la manta azul marino que cubre el cuerpo muerto de su padre “al menos estaba envuelto en el color del mar al atardecer” –hay decenas de fragmentos así de inspirados-  es una persona que posee un don singular.

    Tan bien escrito está el libro que, quizás al principio por pura envidia, llegó a escamarme tanta pericia. Una persona que escribe con esa maestría  ha desperdiciado su vida si –y de nada de eso se hablaba allí-, siéndole del todo factible como lo sería en su caso tras el éxito profesional, no ha desarrollado ese enorme talento en al menos un puñado más de obras.  Además, que si Diane Keaton, sobre las cualidades interpretativas que ya le adornaban, atesoraba también ese consumado dominio escritor, empezaba a cobrar para mí el perfil de una diosa demasiado perfecta para estos tiempos tan descreídos.  

   Encontré, tanto en la dedicatoria como en los agradecimientos, dos nombres repetidos (David Ebershoff , Bill Clegg), que por el Internet se sabe que corresponden a dos reputados escritores a quienes quizás haya que felicitar por haber puesto todo su arte al servicio de lo que Diane les iba contando. Las vivencias, los sentimientos, la vida que en el libro brotan, discurren y palpitan son los de Diane, y  fueron ellos quienes supieron darle esa forma tan artística. Me alegré en el fondo de  que fuera así, paladeé el libro como la extraordinaria obra literaria que para mí es,  pues hallaron ambos la fórmula mágica para tras las páginas hacerme a la vez partícipe de la intensa sensación de hallarnos allí  Annie Hall y yo al fin solos, y tan divinamente, oiga. 

Extraído de El blog de Jose Antonio del Pozo, http://elblogdejoseantoniodelpozo.blogspot.com.ar/2012/07/oh-diane-diane-al-fin-solos.html